
En lo kawaii, en la fantasía, siempre se encuentra un carácter de búsqueda de la representación a través de la estética amable. Cuando estos códigos se subvierten hacia términos oscuros sólo queda el extrañamiento que siempre estuvo ahí; la realidad oscura latente en la monstruosidad de lo adorable. Este reverso que es lo siniestro, aquello que no puede ser pensado, se articula como figuración que sostiene la belleza de lo que le es propio a lo kawaii; lo mono o, para ser más exactos, lo sublime. Ya que una versión más extendida de esta problemática principal ya ha sido profusamente ilustrada nos encargaremos de la rara avis que supone Kyary Pamyu Pamyu con su single PONPONPON.
La joven Kyary de apenas 18 años es una famosa blogger de moda que dio el salto para convertirse en modelo, talento en televisión y ahora cantante de la mano del hiperactivo Yasutaka Nakata. ¿Sus valores para tanta popularidad? Ser extremadamente kawaii. Su aspecto infantil, su afinado sentido de la moda ‑lo cual se demuestra en las devastadoras críticas que se oyen desde occidente, los mismos que dentro de 5 años vestirán como ahora dictan desde Tokyo- y, quizás lo más peculiar, su cara elástica. Debido a su capacidad de poner mil y una gestos adustos en su dulce cara, a cada cual más aberrante, ha conseguido un particular aprecio por parte de los medios y el público; lo siniestro de su kawaiicidad la ha hecho avatar de Lo Kawaii. Su mayor mérito es conseguir hacer de sí misma la mejor marca.
En tanto animales los seres humanos nos movemos por pasiones que caen con asiduidad en una connotación cultural de violencia. Aun cuando hemos ritualizado estos aspectos para convertirlos en hechos más admisibles ‑véase por ejemplo la mayoría de deportes con especial hincapié en el futbol como ritualización del combate- están siempre presentes en nuestra vida cotidiana en la esfera de lo simbólico; aun cuando somos animales esencialmente culturales no podemos escapar de nuestra realidad instintiva siempre presente. De este modo no debería extrañarnos la proliferación de los AV, o Adult Videos, en los cuales se mezcla el sexo con la violencia pandillera con una absoluta normalidad. Algo que añadirían AV Okubo en sus música complementar esta, violenta y con un punto descerebrado, con unas letras recién salidas de cualquier producción casposa hongkonesa para mayores de edad. Entre lo pornográfico, lo salvaje y lo naïf se sitúan en la posición que parece que parecía que sólo puede asumir un japonés a la hora de hacer arte: la absoluta paradoja de términos coherente con respecto de sí.

