Subcultura y cultura underground a go-gó

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Debo encontrar una verdad
que sea verdadera para mí,
la idea por la que pueda
vivir o morir.

Søren Kierkegaard

1. Existencialismo 101

No existe sentido ulterior de la vida. Todo sentido que podamos encontrarlo debe darse aquí y ahora, durante la vida, interpretando aquello que habitamos como si fuera texto; cualquier pretensión de encontrar una verdad que emane de forma externa a nosotros, dotando de sentido último a la vida al cual aferrarnos, sería nuestro fracaso como personas: cuando Friedrich Nietzsche habla de la muerte de Dios no está fundando el principio del nihilismo o del pesimismo, sino el principio de la mayoría de edad kantiano: el universo está lleno de posibilidades y nuestro destino no está escrito, nuestro deber es fundar nuestra propia razón para existir. No se vive en la muerte, sino para la muerte. Lo que propone es la necesidad de dar muerte a todo metarrelato, no sólo el cristiano, como construcción existencial humana —Dios es también Dios Dinero del metarrelato capitalista, que crea la condición existencial de «El hombre hecho a sí mismo»; Dios es también Dios Nada del metarrelato nihilista, que crea la condición existencial de «La ausencia de todo sentido en orden esencial»— para buscar el sentido de la existencia no en sentido universal, sino personal. La existencia no tiene sentido natural, sino que cada individuo debe descubrir el significado particular que tiene para sí mismo.

Sólo partiendo de esta idea podemos comprender qué hay detrás de True Detective: existencialismo; ni nihilismo, ni cosmicismo. O no exactamente.

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1. Introducción

Si existe actualmente un caldo de cultivo perfecto para la superioridad moral más allá de cualquier connotación religiosa, ya que ésta está demasiado explotada en la historia para aquellos que quieren imponerse como ejemplos de virtud presente, ese es el vegetarianismo y la defensa de los derechos de los animales. Lo que a priori debería ser una preferencia alimentaria más basada en una dimensión ética personal perfectamente razonable, como de hecho es para la mayoría de vegetarianos, en manos de unos pocos se convierte en arma arrojadiza que sirve sólo como excusa para recriminar la amoral conducta que sostiene el resto de la humanidad al permitirse el disfrutar de una alimentación omnívora; lo problemático no es el vegetarianismo en sí, pues es perfectamente respetable y lógica en su dimensión ético-dietética, sino que lo es el vegetarianismo cuando se convierte en fundamentación moral: ya no es una elección basada en una perspectiva del mundo, sino la reducción implacable de una verdad (histórica y, por tanto, discutible, polimorfa, cambiante) en una verdad absoluta; cuando el vegetarianismo se convierte en una moral, en una ideología, es cuando se convierte en un hecho problemático en sí mismo. Lo que pretenden hacer los vegetarianos radicales es reducir la existencia humana a la de homo natura, o ser que vive en armonía con la naturaleza, refiriendo así su condición moralizante, porque el que come animales no puede ser un humano pleno.

Con la intención de demostrar como éste vegetarianismo radical es una condición moral que no soporta un análisis riguroso —y, reiterando en ello, refiriéndonos única y exclusivamente a la imposición moral del vegeterianismo como único modus vivendi realmente humano— analizaré los grandes argumentos sostenidos por los adeptos de esta causa para defender el por qué lo natural en el ser humano sería sólo comer vegetales. Para ello categorizaré tales argumentos en dos niveles de índole metafísica: el ser humano como sujeto entre objetos, lo cual presupone que el único ser auténtico es el ser humano; y el ser humano como objeto entre objetos, lo cual presupone que el ser humano es un ser entre seres. A través del análisis desde estas dos perspectivas caerán por sí mismas ambas perspectivas ya que, en tanto ideológicas, se sostienen en un reduccionismo interesado que no permite forma alguna de pensamiento crítico.

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Looper, de Rian Johnson

Uno de los lugares comunes que desato ese mal pensamiento conocido como existencialismo es la idea de que toda persona es exclusivamente aquello que elige ser: yo soy mi existencia, todo aquello que vivo sin mayor intermediación esencial de ninguna lo que supone en último término ser un ser humano. El problema es que esta cándida visión de la existencia no se sostiene por sí misma. A pesar de que quizás no estemos mediados por formas esenciales —lo cual ya es de por sí dudoso en tanto, si bien podemos no estar condicionados en tanto humanos, si estamos condicionados genética y biológicamente—, nuestra existencia no se despliega nunca como algo claro y evidente a través de lo cual podemos transitar con normalidad; no toda vivencia marca nuestra existencia, del mismo modo que no todo accidente geográfico de lo real se plasma en su mapa: sólo lo más importante, aquello que tiene una importancia significativa para concebir su exploración, es aquello que deja huella en su cartografía. ¿Por qué es así? Porque nuestra existencia no nos es revelada de forma absoluta y constante, principalmente, porque nuestra memoria es limitada y nuestra visión de los hechos siempre parcial. Sólo recordamos las cosas más importantes de nuestra vida, del mismo modo que las interpretamos y reconstruimos desde un punto de vista subjetivo; yo no soy aquello que vivo, soy aquello que recuerdo haber vivido.

Esto en Looper se nos muestra como motor central de los acontecimientos en tanto todo lo que acontece lo hace, precisamente, por la sucesión de los hechos específicos que se dan en la memoria. Esto es así incluso en la premisa básica de la película, un grupo criminal que manda a sus víctimas al pasado para que los maten asesinos del pasado, ya que parte de la connivencia de la memoria: si nadie recuerda al sujeto muerto, principalmente porque no existe aun, sus restos en el pasado-presente carecen de sentido (él está vivo o aun no existe siquiera) y en el futuro-presente se convierten en disonantes (su muerte se dataría como anterior a su desaparición o, si supieran de los viajes en el tiempo, su asesino quizás ni esté vivo ya). Partiendo de esto, la película de Rian Johnson hace malabarismos no tanto con un juego cíclico de viajes en el tiempo, los cuales son el mcguffin para hablar de otras cosas, como con un ritornello desquiciado de formas memorísticas en danza que producen una constante mutación de lo real. Si a través del montaje se confunden en la película de forma reiterativa lo que ocurre y lo que se recuerda es sólo en tanto su forma sostiene su contenido, su montaje es una reconstrucción particular de una memoria: subjetiva, interesada, incompleta.

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El extranjero, de Albert Camus

Hoy, mama ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: <<Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame>>. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer. No se puede aceptar de otro modo la muerte de alguien cercano, querido incluso, por lejano que este sea. La fría perplejidad del que no sabe que hacer, del que no entiende que quiere decir lo que se le comunica, es la única posible respuesta hacia el sin sentido esencial de la vida. Porque, si de algo trata la muerte, es del absurdo supremo coronado por la muerte: nacemos para morir, nada quiere decir. Es por ello que El extranjero es un tremendo mazazo hacia todo aquello que constituye el pensamiento del ciudadano medio -cristiano, kantiano y crítico, no de pensamiento pero sí de acto- deshaciéndolo hasta sus mismas cenizas. No hay nada en el mundo más lejos que una razón esencial para vivir, salvo quizás el cinismo humano.

La vida carece de un sentido ulterior, absoluto, el cual alcanzar para Meursault. Esta visión horripilante para el común de los mortales, basada en el pánico de que sólo exista cuanto nos acontece, es sin embargo bastante gozosa para éste: aun cuando su vida es, básicamente, rutinaria puede considerarse feliz. Él tiene un trabajo que le satisface lo suficiente para no considerarse una tortura, perpetra una serie de amistades quizás no muy aconsejables pero con un sentido de la lealtad encomiable y se ve con una chica a la que quizás no ame, no lo sabe, pero desde luego es capaz de hacerle inmensamente feliz. Pero sabe que no hay nada más allá de éste instante; todo cuanto existe indeterminado (para el Yo) es el presente. ¿Cómo vivir con el sentimiento trágico de la vida? Aunque Unamuno propondrían la necesidad de un dios, aunque este fuera personal, lo único que puede aceptar nuestro héroe es la necesidad de amar la vida sobre todas las cosas; el amor por la existencia es el único puente que nos permite dotar de sentido a la vida.

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La existencia es una carrera, nuestro camino por la carretera es lo importante, no el cuando o como llegaremos a nuestro destino. Esto es lo debe pensar el gran Monte Hellman, pues es ni más ni menos lo que vemos en el zeitgeist del principio de los 70's que es Two-Lane Blacktop.

El conductor y el mecánico conducen por todo el país retando a carreras a cuantos pilotos creen que pueden derrotar. Un día la chica aparece y se queda con ellos viajando en busca de nuevas carreras. Un día conocen a un hombre al cual retan a una carrera, le dejan decidir a este el destino y deciden ir a Washington, D.C.., quien gane se lleva el coche del otro. El Chevy 150 contra el Pontiac GTO. Una carrera de honor donde todos se paran a charlar y cenar juntos, no son enemigos, son aliados en una carrera donde solo uno puede vencer. Todo se vuelve circular. La chica va del Chevy al Pontiac una y otra vez, para acabar yéndose sin ninguno. El conductor solo ama a su coche, o lo aceptas o te vas. El Pontiac va recogiendo autoestopistas en una cíclica consecución de mentiras, historias y personas que buscan llegar a su destino.

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