Autor: Álvaro Arbonés

  • Un sí de razones equivocadas se desvela constante como un gran no

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    Los Inmortales: En bus­ca de la ven­gan­za, de Yoshiaki Kawajiri

    La pe­cu­lia­ri­dad par­ti­cu­lar de Nietzsche es la que­ren­cia que to­dos sien­ten por él pe­ro el po­co res­pe­to que se le pres­ta al ahon­dar con au­tén­ti­ca pro­fun­di­dad en su pen­sa­mien­to; la com­ple­ji­dad del ale­mán es tal que pa­re­ce sen­ci­llo de en­ten­der, de aprehen­der en su to­ta­li­dad, cuan­do ca­si en ca­da ora­ción po­de­mos no­tar un clic dia­bó­li­co con el cual ha re­tra­ta­do un pro­ble­ma par­ti­cu­lar al res­pec­to de la si­tua­ción del hom­bre de su tiem­po: to­do cuan­to con­tie­ne den­tro de sí es bri­llan­te en un sen­ti­do má­gi­co, co­mo si las ideas mu­ta­ran so­las más allá de lo que en teo­ría po­dría de­cir­se con las pa­la­bras. Es por ello que siem­pre que acu­di­mos a Nietzsche, y en la cul­tu­ra eu­ro­pea eso ocu­rre una vez ca­da tres mi­nu­tos apro­xi­ma­da­men­te, de­be­mos ha­cer­lo con la pre­cau­ción de sa­ber­nos le­yen­do no a un fi­ló­so­fo aca­dé­mi­co, sino a un es­cri­tor que ha­ce fi­lo­so­fía —que se­ría la ca­rac­te­rís­ti­ca esen­cial, en ma­yor o me­nor gra­do, de to­do buen fi­ló­so­fo: no se cons­tri­ñe (ab­so­lu­ta­men­te) a lo for­mal, sino que ex­plo­ra su pro­pia li­te­ra­tu­ri­za­ción del mundo.

    La idea del eterno re­torno del epí­gono po­pu­lar de las for­mas más alo­ca­das de la es­cri­tu­ra co­mo pen­sa­mien­to del XIX se­ría uno de esos con­cep­tos que no por su­ges­ti­vos se han en­ten­di­do, ca­si en su to­ta­li­dad, al re­vés. Lejos de ser una con­di­ción reite­ra­ti­va de la his­to­ria, pues no re­fie­re en ca­so al­guno que la his­to­ria sea re­pe­ti­ción de cual­quier cla­se, ni mu­cho me­nos lec­tu­ra mís­ti­ca al res­pec­to de una suer­te de so­lip­sis­mo auto-replicante, aun­que la me­tá­fo­ra di­go eso li­te­ral­men­te, de lo que nos ha­bla con es­te con­cep­to tan di­fu­so co­mo fas­ci­nan­te es pre­ci­sa­men­te de un pro­ce­so de rei­vin­di­ca­ción de la vi­da: el eterno re­torno es el mo­men­to en que se de­ci­de dar el gran sí a la vi­da, el re­pe­tir cons­tan­te­men­te la mis­ma vi­da sin cam­biar una so­la co­ma, pre­ci­sa­men­te en tan­to to­do el do­lor que pue­da ha­ber­nos si­do sus­ci­ta­do se com­pen­sa por to­do lo bueno que ha ha­bi­do en ella. Esta re­fle­xión pro­fun­da­men­te vi­ta­lis­ta con­sis­ti­ría en ese gran sí, en acep­tar la vi­da de una ma­ne­ra tan ro­tun­da y pro­fun­da que es­tu­vié­ra­mos de­ci­di­dos a vi­vir lo mis­mo una y otra vez du­ran­te to­da la eter­ni­dad —por­que, de he­cho, es po­si­ble que es­te­mos a su vez su­mer­gi­dos en ese pro­ce­so de for­ma in­cons­cien­te. Sólo par­tir de aquí se pue­de en­ten­der la con­clu­sión de Los Inmortales: En bus­ca de la ven­gan­za en su pro­fun­da me­lan­co­lía, en su au­sen­cia ab­so­lu­ta de heroísmo. 

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  • El pop no es poesía, ni debería llegar a serlo

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    Poesía cruel, de Vicki Hendricks

    Si la poe­sía es aque­llo que fun­da el len­gua­je —y no es un he­cho ca­pri­cho­so afir­mar­lo si te­ne­mos en cuen­ta que en el len­gua­je poé­ti­co, sea es­te li­te­ral (poe­sía) o me­ta­fó­ri­co (otras for­mas de es­cri­tu­ra), es la for­ma a par­tir de la cual se crean las de­ri­va­cio­nes que le se­rán pro­pias al len­gua­je co­mún en un fu­tu­ro: lo que hoy es me­tá­fo­ra, vi­sión, in­nom­bra­do, el len­gua­je co­ti­diano lo asi­mi­la­rá de for­ma na­tu­ral pa­ra po­der así am­pliar los lí­mi­tes de aque­llo que lo que se pue­de ha­blar — , en­ton­ces de­be­ría­mos con­si­de­rar que una poe­sía que se ad­je­ti­va co­mo cruel ne­ce­sa­ria­men­te nos de­be ha­blar so­bre una nue­va for­ma más os­cu­ra de ver el mun­do. Ese es el ca­so de Viki Hendricks, la rei­na del ero­tis­mo noir, pe­ro só­lo si apun­ti­lla­mos tal con­di­ción co­mo par­te de su pro­pio des­cen­so ha­cia los in­fier­nos: na­da hay en su es­cri­tu­ra que no sea una bús­que­da pal­pi­tan­te de esa os­cu­ri­dad pe­ga­jo­sa, vi­bran­te de luz y cá­li­da co­mo el ve­rano tro­pi­cal, que nos atra­pa en su pro­pio se­duc­tor vi­brar; co­mo el de­pre­da­dor que asu­me vi­vos co­lo­res pa­ra pa­re­cer ino­fen­si­vo an­te su po­ten­cial de­pre­da­do, es poé­ti­ca por su be­lle­za pe­ro es cruel por lo im­pla­ca­ble de su condición.

    Todo en Miami Beach es cuer­pos su­do­ro­sos en fric­cio­nes im­po­si­bles y gar­gan­tas tra­se­gan­do be­bi­das que no se ajus­ten con su zo­na ho­ra­ria, un ob­vio des­cen­so ha­cia la de­ge­ne­ra­ción ab­so­lu­ta pro­pi­cia­da por un ca­lor que ani­ma a des­nu­dar la car­ne en exhi­bi­ción pú­bli­ca pa­ra el que quie­ra asis­tir al es­pec­tácu­lo. Quizás por ello afir­mar que es una no­ve­la noir, si­quie­ra que tie­ne al­go de po­li­cía­co, se que­da gran­de pa­ra una no­ve­la que no só­lo por lo­ca­li­za­ción, sino tam­bién por su pro­pio mo­tor na­rra­ti­vo —en el cual el con­flic­to, aun­que exis­ten­te, se ba­sa en un ri­tor­ne­llo cons­tan­te ba­sa­do en pro­ble­ma­ti­zar de for­ma dra­má­ti­ca, y a ve­ces de­jan­do de im­bé­ci­les dig­nos de edu­ca­ción es­pe­cial a los per­so­na­jes por ello, ca­da una de las re­la­cio­nes que allí se con­for­man — , se que­da más en una adap­ta­ción de te­le­film eró­ti­co con ma­ca­bros des­te­llos que apa­re­cen ca­si co­mo por ca­sua­li­dad; na­da hay en la no­ve­la que no sea esa os­cu­ri­dad pe­ne­tran­te­men­te ob­via del ex­ce­so tro­pi­cal, os­cu­ra só­lo por con­tra­po­si­ción a la vi­da co­ti­dia­na del res­to del mundo.

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  • No hay nada más oscura que el final pretérito del mundo

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    Incluso la fies­ta in­fi­ni­ta de­be co­no­cer fin, por­que el in­fi­ni­to de to­da pro­pues­ta par­te del he­cho de la cons­cien­cia de su re­pe­ti­ción. Este es­pe­cial de Halloween a si­do par­ti­cu­lar­men­te es­plen­do­ro­so, tre­men­do y bru­tal, gra­cias de for­ma par­ti­cu­lar a unas co­la­bo­ra­cio­nes que han es­ta­do ra­yano con la más ab­so­lu­ta de las ge­nia­li­da­des —y en al­gu­nos ca­sos, que ca­da cual ten­drá que de­ci­dir cua­les son, in­clu­so la su­pe­ran. Por eso es tris­te des­pe­dir tan be­llo acon­te­ci­mien­to, al­go que nos ha en­se­ña­do y he­cho cre­cer en el te­rror has­ta el pun­to de ne­ce­si­tar alar­gar­lo más pa­ra po­der con­te­ner to­do lo que acon­te­ció en­ton­ces, pe­ro no que­da más re­me­dio que ce­rrar la puer­ta de es­ta ca­sa de los ho­rro­res has­ta el año que vie­ne. La fi­ni­tud ex­pec­tan­te de nues­tra exis­ten­cia se apli­ca, del mis­mo mo­do, a lo que po­de­mos ha­cer y, pa­ra no ago­tar­lo de­fi­ni­ti­va­men­te, se­rá me­jor des­can­sar el te­rror co­mún ba­jo nues­tras ca­be­zas has­ta la pró­xi­ma evo­ca­ción del in­fi­ni­to, has­ta la pró­xi­ma con­fa­bu­la­ción sa­gra­da, has­ta la pró­xi­ma fiesta.

    Índice de Halloween.

    El len­gua­je es la ca­sa del ser (in­clu­so cuan­do és­ta es­tá en­can­ta­da) (Sobre Killer, de Salem)
    La cul­tu­ra es el ar­te que se ex­pan­de a tra­vés del en­ci­clo­pe­dis­mo po­pu­lar (Sobre Cabin in the Woods, de Drew Goddard se­gún Henrique Lage)
    Cada cli­ma se pien­sa a sí mis­mo en sus con­di­cio­nes de des­truc­ción (Sobre Déjame en­trar, de John Ajvide Lindqvist)
    Caramelo en­ve­ne­na­do. La au­tén­ti­ca his­to­ria del hom­bre que arrui­nó Halloween (La his­to­ria de Ronald Clark O’Bryan por Noel Burgundy)
    La mú­si­ca es la ci­ru­gía sónico-cerebral que se apro­pia del sen­ti­do del mun­do (Sobre steel­ton­gued, de Hecq)
    La ne­ga­ción de la du­da. La pe­sa­di­lla co­mo el mie­do más real a ima­gi­nar (Una re­fle­xión so­bre las y sus pe­sa­di­llas se­gún Jim Thin)
    El apo­ca­lip­sis se da en la ce­rra­zón del de­seo. Tres za­ra­ban­das, una pro­fe­cía y una te­sis au­sen­te (Sobre Treehouse of Horror XXIII, de Los Simpson)
    El de­seo es­tan­ca­do es el mons­truo­so en­gra­na­je del te­rror (Sobre Livide, de Alexandre Bustillo y Julien Maury se­gún Rak Zombie)
    La du­da ab­so­lu­ta es aque­lla que só­lo es­con­de el va­cío de­trás de sus ves­ti­dos (Sobre Love Sick Dead, de Junji Ito)
    Minuto terro-publicitario. O por qué acu­dir a la lla­ma­da de un ami­go cuan­do te ne­ce­si­ta (Anuncio de co­la­bo­ra­ción en el blog)
    La co­mo­di­dad va­cía es la sa­la de es­pe­ra de la pul­sión de muer­te (Sobre Time to Dance, de The Shoes y Daniel Wolfe se­gún Pantalla Partida)
    La ex­pe­rien­cia in­te­rior se da en el in­tro­du­cir al dios ex­te­rior en mi mun­do (Sobre Marebito, de Takashi Shimizu)
    ¿Qué pa­só con Halloween? Todo cam­bia pa­ra que to­do si­ga igual (Tira có­mi­ca de Mikelodigas)
    Un mon­tón de ho­jas muer­tas. Un te­rro­rí­fi­co cuen­to de oto­ño. (Un cuen­to de Andrés Abel)

    Índice de Halloween-Zombie.

    La ca­sa de los 1001 ca­dá­ve­res. Un os­cu­ro epí­lo­go de Xabier Cortés
    To all tomorrow’s par­ties. Una lec­tu­ra crí­ti­ca de Nacho Vigalondo
    Proyecciones pa­ter­nas en Halloween. Un es­bo­zo de ge­nea­lo­gía de Álvaro Arbonés

  • Proyecciones paternas en Halloween. Un esbozo de genealogía de Álvaro Arbonés

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    No hay dos sin tres y co­mo con­si­de­ra­ría que se­ría una fal­ta gra­ve que no apa­re­cie­ra por aquí Halloween, por otra par­te una de mis pe­lí­cu­las fa­vo­ri­tas de to­dos los tiem­pos, me veo en la ne­ce­si­dad de ce­rrar es­ta im­pro­vi­sa­da in ex­tre­mis tri­lo­gía de la vi­ven­cia exis­ten­cial a tra­vés de Rob Zombie con una alo­ca­da teo­ría más es­bo­za­da que con­clui­da pa­ra ce­rrar el es­pe­cial de Halloween. Porque, ¿quién soy yo pa­ra no de­jar­me arras­trar por el amo­ro­so im­pul­so de to­dos aque­llos que han apo­ya­do es­te es­pe­cial desinteresadamente?

    Si tu­vié­ra­mos que ha­cer una ge­nea­lo­gía del Halloween de Rob Zombie ba­sán­do­nos ya no en lo que nos cuen­ta la his­to­ria en sí, ya que ese ni­vel es­tá ne­ce­sa­ria­men­te ata­do a la ori­gi­nal de John Carpenter, pe­ro tam­bién al prin­ci­pio de gé­ne­ro que lo cir­cuns­cri­be al pe­so ra­di­cal de la re­la­ción slasher-fi­nal girl, en­ton­ces po­dría­mos di­lu­ci­dar que lo que nos cuen­ta en un sen­ti­do úl­ti­mo es úni­ca­men­te la his­to­ria de la bús­que­da de una fi­gu­ra pa­ter­na per­di­da. Lo que ocu­rre du­ran­te la pe­lí­cu­la, en am­bas par­tes de la sa­ga, es el des­con­trol de Michael Myers por ver­se per­di­do de to­da re­la­ción fa­mi­liar: pri­me­ro, se ve aban­do­na­do por su ma­dre pa­ra, des­pués, ver co­mo su pa­dre se des­en­tien­de com­ple­ta­men­te de él —por­que, aun cuan­do no su pa­dre, el Dr. Loomis se pro­yec­ta en la vi­da de Myers co­mo una fi­gu­ra pa­ter­na: él es quien le en­se­ña a ser adul­to pe­ro tam­bién, en un sen­ti­do psi­co­ana­lí­ti­co, el cas­tra­dor que le arre­ba­ta la fi­gu­ra del de­seo que su­po­ne su ma­dre (y en nin­gún ca­so es ca­sual la lec­tu­ra psi­co­ana­lí­ti­ca en es­te ca­so, pues Zombie ha­rá un uso en­fá­ti­co de Jüng en la se­gun­da en­tre­ga de la se­rie. La his­to­ria de Myers no es la his­to­ria de un ase­sino, es la his­to­ria de un ni­ño abandonado.

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