Autor: Álvaro Arbonés

  • La democracia es guerra. La necesidad de la libre información para la salud de la política.

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    ¿Qué es la gue­rra? Esta pre­gun­ta, que co­mo to­da pre­gun­ta rea­li­za­da al prin­ci­pio de un es­cri­to pa­re­ce inane e in­ne­ce­sa­ria ‑aun cuan­do nun­ca, ja­más, lo de­ba ser‑, es­con­de den­tro de sí al­gu­nas de las pro­ble­má­ti­cas más pro­fun­das con las que se ha te­ni­do que ver el hom­bre es­pe­cial­men­te a lo lar­go del si­glo XX. Sí, la gue­rra exis­te des­de el prin­ci­pio de los tiem­pos, ¿pe­ro aca­so des­pués de la ex­pe­rien­cia de dos gue­rras mun­dia­les no he­mos apren­di­do algo?¿Acaso hoy la gue­rra no se ha trans­por­ta­do en una gue­rra glo­bal, en­car­na­da a ca­da ins­tan­te, en la gue­rra con­tra el te­rro­ris­mo, con­tra la vio­len­cia de gé­ne­ro, con­tra la ig­no­ran­cia ‑to­dos ellos, ade­más, tér­mi­nos re­la­ti­vos y usa­dos siem­pre co­mo ar­ma arro­ja­di­za, sin con­tex­tua­li­zar? Quizás sue­ne exa­ge­ra­do, qui­zás siem­pre se pue­da acu­sar que los hi­jos de la de­mo­cra­cia no he­mos co­no­ci­do en nues­tras car­nes la gue­rra, la vio­len­cia y el ham­bre ‑co­mo si es­tas, en úl­ti­mo tér­mino, só­lo se die­ran en es­ta­do de excepción‑, pe­ro de lo que no ca­be du­da es que la gue­rra se ha trans­for­ma­do, de que vi­vi­mos en un per­pe­tuo es­ta­do de com­ba­te con­tra un enemi­go mu­ta­ble. Y es que, si co­mo afir­mó Michael Foucault, la po­lí­ti­ca es la gue­rra con­ti­nua­da por otros me­dios, en­ton­ces la de­mo­cra­cia es el sis­te­ma de la gue­rra por excelencia.

    No se me ma­len­tien­dan, es­to no es un ata­que ha­cia la de­mo­cra­cia o la me­mo­ria de La Pepa ‑o no exactamente‑, pues tam­po­co ten­dría sen­ti­do ha­cer­lo: cual­quier sis­te­ma que per­mi­ta ma­yor li­ber­tad in­di­vi­dual a sus in­di­vi­duos es me­jor que cual­quier otro sis­te­ma que ten­ga me­nos fa­vo­res ha­cia la li­ber­tad; una de­mo­cra­cia co­rrup­ta só­lo es me­jor que una dic­ta­du­ra be­né­vo­la en tan­to en la de­mo­cra­cia los hom­bres pue­dan se­guir te­nien­do voz en vo­to en co­mu­ni­dad pues si no es así, ¿qué le di­fe­ren­cian? Una ver­da­de­ra de­mo­cra­cia, o al me­nos una que se pre­ten­da co­mo la me­jor de la ma­ni­fes­ta­cio­nes po­si­bles del or­den po­lí­ti­co hu­mano, tie­ne que ten­der en la ma­yor me­di­da de lo po­si­ble ha­cia la eman­ci­pa­ción to­tal de los in­di­vi­duos. El pro­ble­ma es que no es así.

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  • Manifiesto por la libertad de prensa. El artículo censurado de Albert Camus.

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    El pre­sen­te tex­to es una tra­duc­ción del es­cri­to cen­su­ra­do, y por ello iné­di­to, de Albert Camus que de­bió apa­re­cer en en Le Soir ré­pu­bli­cain el 25 de Noviembre de 1939, al res­pec­to de la ne­ce­si­dad de la li­ber­tad de pren­sa en la so­cie­dad, pu­bli­ca­do re­cien­te­men­te por el pe­rió­di­co fran­cés Le Monde. La tra­duc­ción del tex­to ha si­do rea­li­za­do por mi. Disfruten con Camus.

    Es di­fí­cil hoy en día evo­car la li­ber­tad de pren­sa sin ser gra­va­dos de ex­tra­va­gan­cia, acu­sa­dos de Mata-Hari, de es­tar con­ven­ci­dos de ser so­brino de Stalin.

    Sin em­bar­go, es­ta li­ber­tad en­tre otras es só­lo una de las ca­ras de la li­ber­tad tout courtAunque se po­dría tra­du­cir por es só­lo una de las ca­ras de la li­ber­tad en su to­ta­li­dad he pre­fe­ri­do de­jar la ex­pre­sión fran­ce­sa por el con­te­ni­do fi­lo­só­fi­co que tie­ne en su idio­ma na­tal y que po­dría per­der­se en es­pa­ñol. Una tra­duc­ción apro­xi­ma­da, aun cuan­do in­exac­ta y li­bre, po­dría ser es só­lo una de las ca­ras de la li­ber­tad y na­da más (NdT). y de­be­mos com­pren­der nues­tra obs­ti­na­ción en de­fen­der­la si que­re­mos acep­tar que no hay otro mo­do de ga­nar real­men­te la guerra.

    Desde lue­go, la li­ber­tad tie­ne sus lí­mi­tes. También es ne­ce­sa­rio que sea li­bre­men­te re­co­no­ci­da. Los obs­tácu­los que son dis­pues­tos hoy a la li­ber­tad de pen­sa­mien­to, tam­bién he­mos di­cho to­do lo que se po­día de­cir y de­ci­mos una vez más, has­ta la sa­cie­dad, to­do lo que nos se­rá po­si­ble de­cirSobre los obs­tácu­los. En es­ta fra­se es­tá ha­blan­do, de for­ma qui­zás al­go con­fu­sa e im­plí­ci­ta, so­bre ha­blar al res­pec­to de los pro­pios obs­tácu­los (NdT).. En par­ti­cu­lar, no nos asom­bra­re­mos nun­ca lo bas­tan­te, de que el prin­ci­pio de la cen­su­ra una vez pro­nun­cia­da pro­du­ce que la re­pro­duc­ción de tex­tos pu­bli­ca­dos en Francia, y pre­ten­di­do por la cen­su­ra, sea prohi­bi­do en el área me­tro­po­li­ta­na en Soir ré­pu­bli­cain (pe­rió­di­co, pu­bli­ca­do en Argel, del cual Albert Camus fue edi­tor en je­fe en su tiem­po), por ejem­plo. El he­cho de que a es­te res­pec­to un dia­rio de­pen­da del es­ta­do de áni­mo o la com­pe­ten­cia de un hom­bre de­mues­tra me­jor que cual­quier otra co­sa el gra­do de con­cien­cia que he­mos logrado.

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  • La guerra es la enajenación de la capacidad de muerte del hombre

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    Enemy Ace, de Andrew Helfer

    La gue­rra es el peor in­ven­to que ha he­cho nun­ca el hom­bre. Esto, que no de­ja de ser una ob­vie­dad, ha si­do pues­to en cues­tión una y otra vez a lo lar­go de la his­to­ria por hom­bres que no les im­por­ta­ba ver mo­rir a can­ti­da­des in­gen­tes de hom­bres, de per­so­nas, en el fren­te con tal de cap­tar un pe­da­zo más de tie­rra pa­ra sí o, más ge­ne­ral­men­te, to­do lo que con­tie­ne de va­lor ese pe­da­zo de tie­rra. O, en los ca­sos más gro­tes­cos de la con­tem­po­ra­nei­dad, pa­ra po­der ven­der­se a sí mis­mos las ar­mas y po­der re-activar una eco­no­mía na­cio­nal pa­ra­li­za­da. Al cos­te de la san­gre de sus hi­jos. Los hom­bres mue­ren en el fan­go por pseudo-ideales que sue­nan bo­ni­tos -¿quien no se­ría ca­paz de mo­rir por La Nación?¿Y por La Historia?- pe­ro que no es­con­den más que el va­cia­mien­to ideo­ló­gi­co del que se mue­ve por el pu­ro in­te­rés que sus­ci­ta la gue­rra; pa­ra que fue­ra jus­ta la gue­rra no de­be­ría ser la lu­cha de quie­nes son re­clu­ta­dos pa­ra com­ba­tir, pa­ra re­ci­bir ór­de­nes de quien tie­nen pues­tos sus in­tere­ses en la mis­ma, de­be­rían lu­char es­tos por sí mis­mos o ha­cer par­tí­ci­pes a los sol­da­dos en su vic­to­ria. Como la idea de la pro­fe­sio­na­li­za­ción de los sol­da­dos es al­go más bien es­ca­so du­ran­te la his­to­ria y, aun cuan­do acon­te­ce, el be­ne­fi­cio que ob­tie­nen con res­pec­to de sus ries­gos es prác­ti­ca­men­te nu­lo, en­ton­ces de­be­ría­mos con­si­de­rar que la gue­rra es otra for­ma de ex­plo­ta­ción que des­hu­ma­ni­za al hom­bre. La gue­rra es el tra­ba­jo con­ti­nua­do por otros medios.

    ¿Acaso po­de­mos de­cir que ve es­to Andrew Helfer en su ca­rac­te­ri­za­ción de la gue­rra? No. Él só­lo ve cruen­tas ba­ta­llas don­de jó­ve­nes mue­ren en­tre to­ne­la­das de me­tal re­tor­ci­do, don­de hom­bres ca­ba­les se vuel­ven lo­cos pa­ra el res­to de su vi­da sien­do in­ca­pa­ces otra vez de ser ani­ma­les so­cia­les; Helfer ve en la gue­rra só­lo aque­llo que quie­re ver, el te­rror a pa­gar por vi­vir en un mun­do li­bre. El dis­cur­so re­cur­si­vo, llo­ri­ca e in­ce­san­te en su sen­ti­men­ta­lis­mo: era­mos jó­ve­nes, re­ci­bía­mos ór­de­nes, vi mo­rir a mis ami­gos, tu­ve que ma­tar a otros hom­bres; tra­ge­dia, do­lor y muer­te. Más de lo mis­mo, só­lo que aho­ra más bo­ni­to. ¿Para qué ha­cer al­go si no es na­da nue­vo ‑y, de he­cho, ¿pa­ra qué ha­blar de ello si de he­cho no se pue­de con­tar na­da nue­vo? Porque en oca­sio­nes, in­clu­so en los dis­cur­sos más ma­ni­dos y reite­ra­ti­vos, se con­si­guen plas­mar ideas su­brep­ti­cias que so­ca­van mu­cho más los ci­mien­tos de lo que cri­ti­can que su ar­gu­men­ta­rio principal.

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  • El espejo es la recursividad del objeto que se mira a sí mismo

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    El es­pe­jo, de Jafar Panahi

    Uno de los ma­yo­res pro­ble­mas al ha­blar so­bre el rea­lis­mo es co­mo la gen­te es in­ca­paz de no re­du­cir to­da pos­tu­ra con res­pec­to de la reali­dad en círcu­los con­cén­tri­cos ba­sa­dos en la pu­ra per­cep­ción. Esto no se­ría un pro­ble­ma sino fue­ra por­que no cual­quier cla­se de per­cep­ción va­le, pues los ani­ma­les ‑sin ir­nos (aun) ha­cia re­trué­ca­nos ontológicos- tam­bién tie­nen per­cep­ción del mun­do y de sí mis­mo, ya que só­lo se ad­mi­te co­mo vá­li­da aque­lla per­cep­ción que con­si­de­ra­mos co­mo su­pe­rior; en cual­quier apre­cia­ción de la reali­dad hay una he­ge­mo­nía de la mi­ra­da hu­ma­na con res­pec­to de cual­quier otra for­ma de per­cep­ción exis­ten­cial. Si Berkeley de­cía que ser es ser per­ci­bi­do no se re­fe­ría tan­to a ser per­ci­bi­do co­mo a ser vis­to; no es vá­li­do que los de­más nos hue­lan, nos sien­tan, nos no­ten o nos sa­bo­reen ‑aun­que, qui­zás, si es vá­li­do has­ta cier­to ni­vel que nos oi­gan, pe­ro in­clu­so en­ton­ces de­be­re­mos ma­ni­fes­tar­nos co­mo vi­si­bles en al­gún momento- por­que se ha es­ta­ble­ci­do que la úni­ca for­ma de aprehen­der la reali­dad es a tra­vés de la per­cep­ción ba­sa­da en la vis­ta humana.

    Esto es un pro­ble­ma. Y es un pro­ble­ma no só­lo por­que nos si­túa a Diderot, y su Carta a los cie­gos, en el lu­gar de un ma­ma­rra­cho que afir­ma que los cie­gos co­no­cen la reali­dad ‑lo cual lo pri­me­ro ya es afir­ma­do ale­gre­men­te por la aca­de­mia y lo se­gun­do es plan­tea­do en el tono con­des­cen­dien­te con el que se tra­ta la ceguera‑, sino que tam­bién lo es en tan­to li­mi­tan to­da po­si­bi­li­dad de con­cep­ción del mun­do ha­cia la ex­tre­ma­da­men­te li­mi­ta­da vi­sión per­cep­ti­va del hom­bre. Es por ello que, de re­pen­te, en­con­tra­mos des­agra­da­bles su­pues­tos on­to­ló­gi­cos de cor­te idea­lis­ta: los cie­gos no per­ci­ben la reali­dad, los ani­ma­les exis­ten fue­ra de la con­for­ma­ción del mun­do y el hom­bre es en el mun­do en tan­to con­for­ma el mun­do; es­ta pers­pec­ti­va idea­lis­ta anu­la cual­quier con­cep­ción fí­si­ca de la reali­dad: el uni­ver­so no exis­te an­tes del hom­bre, aun cuan­do ten­ga­mos evi­den­cias de que así ha si­do. Este pro­ble­ma se mul­ti­pli­ca has­ta el in­fi­ni­to en la in­ter­pre­ta­ción del ar­te co­mo mi­ra­da del objeto. 

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  • El demonio me llevó por el vacío sin sentido (y II)

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    Hoy ha­ce ya 75 años que el gran maes­tro de nues­tra lo­gia se­cre­ta, el cul­to a los pri­mi­ge­nios, des­apa­re­ció; ¿pe­ro qué son 75 años cuan­do en los eo­nes por ve­nir in­clu­so la muer­te pue­de mo­rir? Por eso, aun con la fal­ta ma­te­rial de nues­tro ama­do Lovecraft, aun per­ma­ne­ce in­dem­ne en sus tex­tos, en sus sue­ños y en el te­rror de los gen­ti­les: ¡Lovecraft vi­ve (en el es­pí­ri­tu de sus se­gui­do­res)! Es por ello que, en pe­ti­te co­mi­té, he­mos pla­nea­do la de­li­cio­sa ma­li­cia de ha­cer un es­pe­cial pa­ra hon­rar la me­mo­ria del maes­tro, tan­to en sus fa­ce­tas más des­co­no­ci­das co­mo en aque­llas pau­tas que pue­dan ser­vir pa­ra aden­trar­se en la os­cu­ra ave­ni­da en­sor­ti­ja­da de ár­bo­les de re­tor­ci­das ra­mas que ulu­lan a nues­tro pa­so sin vien­to que los mue­va. Cinco cons­pi­ra­do­res, cin­co adep­tos, les su­mer­gi­rán en un mun­do de caos y ho­rror des­de don­de el cual ya no po­drán sa­lir ja­más in­dem­nes, pues las es­po­ras de los hon­gos de Yuggoth ya es­ta­rán ins­ta­la­das en sus ce­re­bros es­pe­ran­do pa­cien­te­men­te pa­ra eclo­sio­nar. Tras el sal­to se en­cuen­tra el abis­mo, los cin­co tes­ti­mo­nios de los adep­tos que no pu­die­ron de­jar de hon­rar a su maes­tro en­se­ñan­do sus entrañas.

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