Autor: Álvaro Arbonés

  • Hall-o-Wicked 9000. The nabo’s return.

    Y con la clá­si­ca co­la­bo­ra­ción de Mikel Alvarez alias Mikelodigas, au­tor del web­co­mic 103 pro­teí­nas, aca­ba­mos es­te es­pe­cial de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble: rien­do. Por eso ya só­lo que­da dar las gra­cias a to­dos los co­la­bo­ra­do­res y, por su­pues­to, los lec­to­res. Gracias a to­dos. Con us­te­des, ¡Mikelodigas!

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  • biografíando el abismo conseguirás un auto-retrado

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    Cuando uno se acer­ca a al bio­gra­fía de un au­tor siem­pre es­pe­ra en­con­trar las coar­ta­das vi­ta­les que le lle­va­ron a ar­ti­cu­lar su pen­sa­mien­to; to­da obra se de­fi­ne a tra­vés de la pro­pia vi­da de su au­tor. El pro­ble­ma es que, sal­vo que sea una auto-biografía, es­ta siem­pre es­ta­rá me­dia­da por la vi­sión que ten­ga el bió­gra­fo, en­ti­dad ja­más ino­cen­te en su re­pre­sen­ta­ción, de su bio­gra­fia­do. Es por ello que en al­gu­nos ca­sos ex­tre­mos las bio­gra­fías nos aca­ban ha­blan­do más del que es­cri­be que del so­bre el que se es­cri­be y, por ello, se vuel­ven una he­rra­mien­ta de ida y vuel­ta in­tere­san­te pa­ra abor­dar una nue­va lec­tu­ra de su au­tor. La bio­gra­fía se con­vier­te en es­ta si­tua­ción en un cam­po de prue­bas don­de la vi­da de los otros nos va­le co­mo una mí­me­sis aco­mo­da­ti­cia de nues­tro pro­pio pen­sa­mien­to; los de­más fun­cio­nan co­mo me­tá­fo­ra de lo que yo soy. De és­te mo­do la con­duc­ción de ida y vuel­ta se tras­to­ca en una tri­ple en­ten­te que aca­ba en una ida, vuel­ta e ida de nue­vo en el que la re­pre­sen­ta­ción se tor­na el re­fle­jo auto-perpetuizante de un par de jue­gos de es­pe­jos. Y es­to es es­pe­cial­men­te evi­den­te en “H.P. Lovecraft. Contra el mun­do, con­tra la vi­da” de Michel Houellebecq.

    Con su pro­sa li­ge­ra ha­bi­tual, siem­pre aten­to a unos de­ta­lles que ex­pla­yar has­ta sus lí­mi­tes más ab­sur­dos, Houellebecq di­sec­cio­na los por qué de la obra de Lovecraft a tra­vés de su bio­gra­fía. Y lo ha­ce con un amor que só­lo se le pue­de dar ha­cia aque­llos que edi­fi­ca­mos co­mo nues­tros mi­tos exis­ten­cia­les. Cada nue­va re­cen­sión con res­pec­to de al­gún de­ta­lle bio­grá­fi­co de Lovecraft (su pro­fun­do ra­cis­mo, la vi­da con­yu­gal con Sonia Greene o su pa­sión por la ar­qui­tec­tu­ra) vi­bra con un co­lor par­ti­cu­lar que nos ha­cen pen­sar que ha­bla más so­bre Houellebecq que so­bre el pro­pio Lovecraft; la vi­da mi­ti­fi­ca­da de Lovecraft sir­ve a Houellebecq pa­ra ex­pli­ci­tar su­brep­ti­cia­men­te las con­di­cio­nes más pro­fun­das de su pen­sa­mien­to interior.

    A lo lar­go de to­da la obra Houellebecq se va des­nu­dan­do, se­gu­ra­men­te in­cons­cien­te­men­te, en la elec­ción de ca­da de­ta­lle que ex­pla­yar, ca­da ins­tan­te que alec­cio­nar co­mo la ima­gen de­ter­mi­nan­te del des­tino del pri­sio­ne­ro de Providence. Pero si a tra­vés de es­tas nos va de­sa­rro­llan­do su pen­sa­mien­to, uno más ri­co y am­bi­guo de lo que de­ja tras­lu­cir na­tu­ral­men­te en su na­rra­ti­va, a su vez ca­rac­te­ri­za al­gu­nas con­for­ma­cio­nes de Lovecraft que qui­zás no se po­dían in­tuir. Aunque sin du­da nos en­con­tra­mos con un Lovecraft pro­fun­da­men­te houe­lle­bec­quiano po­de­mos en­con­trar co­mo su ra­cis­mo con­ge­ni­to, su des­pre­cio ha­cia el se­xo y el di­ne­ro o el odio ha­cia la ma­sa, que no al in­di­vi­duo ‑al­go que Houellebecq per­so­na­li­za in­cons­cien­te­men­te en la fi­gu­ra de Lovecraft de for­ma constante‑, es un he­cho que jus­ti­fi­ca, cons­tru­ye y ador­na las pro­fun­das si­mas de la obra de Los Mitos. El te­rror de Lovecraft, co­mo el de Houellebecq, es el te­rror del sin­sen­ti­do de un uni­ver­so va­cia­do de to­da sig­ni­fi­ca­ción; el sa­ber­se dos hom­bres que han si­do arro­ja­dos al mun­do des­de un tiem­po ab­so­lu­ta­men­te dis­par al que les recibe.

    Pero al fi­nal, ca­si pa­san­do de pun­ti­llas por él, nos arro­ja una luz de es­pe­ran­za an­te al­go que pue­de con­fe­rir de sen­ti­do al­guno al mun­do: el amor; só­lo cuan­do ha­bla del ma­tri­mo­nio con Sonia Greene, del pro­fun­do amor que se pro­ce­sa­ban en­tre sí, se arro­ja la luz en el abis­mo que es Lovecraft en sí mis­mo. De és­te mo­do nos arro­ja ha­cia esa idea in­ters­ti­cial, ca­si ba­la­dí, del amor co­mo úni­co gran triun­fo po­si­ble del hom­bre fren­te a lo su­bli­me que al­gún día nos des­trui­rá. Porque no es­tán con­tra la vi­da, ni con­tra el mun­do, sino que el amor se mos­tró es­qui­vo ha­cia ellos.

  • yo fui un vampiro adolescente enamorado, Vampirella

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    Para la (pen)última co­la­bo­ra­ción de es­te in­men­sí­si­mo es­pe­cial de Halloween te­ne­mos la siem­pre can­do­ro­sa par­ti­ci­pa­ción de Ontopop y Lola Fett con una en­tra­da so­bre la nun­ca su­fi­cien­te­men­te bien ama­da Vampirella. Oh, Vampirella, co­mo ado­ra­mos tu ero­tis­mo soft.

    Si les pre­gun­ta­mos por un icono se­xual del có­mic nor­te­ame­ri­cano de los se­ten­ta, y en­tre los pri­me­ros nom­bres que acu­den ‑en ca­so de acudir- a su men­te no es­tá Vampirella, se­pan que tie­nen un muy de­fi­cien­te en cul­tu­ra pop. Que por lo de­más la fem­me fa­ta­le del pla­ne­ta Drakulon no vi­va pre­ci­sa­men­te su épo­ca de má­xi­mo es­plen­dor en nues­tro país, no qui­ta pa­ra que es­té te­nien­do una se­gun­da ju­ven­tud en Estados Unidos, de la mano de Dynamite Entertainment, no só­lo me­dian­te la pu­bli­ca­ción de nue­vos tí­tu­los, sino re­cu­pe­ran­do al­gu­nas jo­yas del ya ex­ten­so ca­tá­lo­go del personaje.

    Y una de ellas la te­ne­mos re­cién sa­li­da de las im­pren­tas, con la re­edi­ción de cier­to ma­te­rial guio­ni­za­do por quien en­ca­be­za el tí­tu­lo del vo­lu­men: Vampirella Masters Series vol VI: James Robinson. Sí, el James Robinson of Starman fa­me. Del que te­ne­mos una mi­ni­se­rie ori­gi­nal­men­te en dos nú­me­ros de gra­pa, Blood Lust, un epí­lo­go a la mis­ma, y otras dos his­to­rias cor­tas, en las cua­les apa­re­ce Drácula co­mo vi­llano de la fun­ción. Todo ello a un ni­vel to­le­ra­ble, con el terror-gore-softcore más o me­nos ha­bi­tual en los tí­tu­los de nues­tra Vampi, na­rra­do con sol­ven­cia, pe­ro sin de­jar tam­po­co un ma­te­rial, en es­te as­pec­to, ex­ce­si­va­men­te memorable.

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  • ¿terror? no en mi pasión

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    Acercándonos ha­cia el fi­nal de Halloween ya es una tra­di­ción que al­guien en su co­la­bo­ra­ción desoi­ga mis pe­ti­cio­nes pa­ra ha­cer lo que le de la ga­na: me pa­re­ce fe­no­me­nal. Por eso aquí tie­nen una in­tere­san­tí­si­ma re­fle­xión de Jim Thin alias Jaime Delgado ex­pli­can­do por qué NO quie­re ha­blar de vi­deo­jue­gos de te­rror. Y oi­gan, que me ha con­ven­ci­do… un poquito.

    Un jui­cio que de­be ser ca­li­fi­ca­do co­mo anó­ma­lo —so­lo por em­pe­zar por al­gún la­do— lle­vó al co­rre­dor en so­li­ta­rio de es­te blog a pen­sar en mi una vez más pa­ra su ca­da vez más ha­bi­tual (y agra­de­ci­da) reu­nión de ilus­tres plu­mas. No con­for­me con con­tac­tar­me pa­ra ello, su cri­te­rio le con­du­jo a mi co­mo el in­di­ca­do pa­ra ha­blar de vi­deo­jue­gos y, pues­to que el es­pe­cial en es­ta oca­sión es el que es, más con­cre­ta­men­te de al­gún vi­deo­jue­go de te­rror. Así me lo hi­zo sa­ber, y aho­ra es­toy en un ver­da­de­ro com­pro­mi­so: por lo es­ca­bro­so y por la ne­ce­si­dad de corresponder.

    Es un pro­ble­ma, pen­sé en un pri­mer mo­men­to, por­que ape­nas he pro­ba­do jue­gos de es­te ti­po. No he ju­ga­do nin­gún Silent Hill, Fatal Frame o Clock Tower y lle­gué a Resident Evil cuan­do en teo­ría se ale­ja­ron del te­rror, es de­cir, des­co­noz­co por com­ple­to las sa­gas con más re­nom­bre, de las que po­dría con­tar al­go que se les hu­bie­se es­ca­pa­do a mi­llo­nes de per­so­nas. Eh, lo al­ter­na­ti­vo, me di­je en­ton­ces, qui­zá sea el mo­men­to de dar­les una me­re­ci­da opor­tu­ni­dad a esos jue­gos a los que se les ha he­cho me­nos ca­so pe­ro pa­re­cen te­ner al­go que con­tar: Amnesia, Deadly Premonition, Call of Cthulhu, Haunting Ground, el úl­ti­mo Alone in the Dark. Más sen­ci­llo tam­bién, ade­más, des­cu­brir al­gu­nas ca­rac­te­rís­ti­cas que los ha­gan es­pe­cia­les en com­pa­ra­ción con los gran­des éxi­tos. No me pa­re­ció del to­do jus­to. Coger uno al azar de los men­cio­na­dos y sa­car­le su esen­cia pa­ra ha­cer un pe­que­ño co­men­ta­rio es fá­cil, pe­ro no ten­dría na­da de es­pe­cial, no se­ría una re­co­men­da­ción per­so­nal y con to­das las de la ley sal­vo que ese jue­go me des­cu­brie­se el mun­do, y eso es bas­tan­te im­pro­ba­ble. Lo re­tro pa­só tan rá­pi­do por mi men­te co­mo op­ción que ni si­quie­ra re­cuer­do qué.

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  • entre la vida y la muerte está Halloween

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    Aunque en Europa hay cier­to re­ce­lo ha­cia la ce­le­bra­ción de Halloween en tan­to fes­ti­vi­dad im­por­ta­da no les ocu­rre lo mis­mo a los ame­ri­ca­nos con res­pec­to de ella: la vi­ven con la pa­sión en­fer­mi­za del que se sa­be mor­tal y de­be vi­vir ca­da día con la muer­te. Por ello qui­zás en Europa con su Historia y su ten­den­cia ha­cia la mi­ra­da con­des­cen­dien­te ha­cia el oes­te con­si­de­ra que ce­le­brar la no­che de las muer­tes con ale­gría y jol­go­rio, anu­lar de plano la se­pa­ra­ción en­tre la vi­da y la muer­te pa­ra tras­cen­der la idea de la muer­te, es una fal­ta de res­pe­to ha­cia la in­te­gri­dad de nues­tros muer­tos. Como si aca­so hu­bie­ra dig­ni­dad al­gu­na en la muer­te. Por eso no de­be­ría ex­tra­ñar­nos que una se­rie co­mo American Dad!, auto-paródico re­tra­to de un cos­tum­bris­mo ame­ri­cano hi­per­bo­li­za­do, ha­ga un es­pe­cial de Halloween tan bien tru­fa­do de pu­ra al­ga­ra­bía, lu­cha y es­tu­pi­dez co­mo es Best Little Horror House in Langley Falls.

    El siem­pre ultra-americano ‑con to­do lo que ello im­pli­ca: con­ser­va­dor so­cial pe­ro li­be­ral eco­nó­mi­co; pro­tec­tor de las fies­tas pe­ro con­de­na­dor de la fies­ta; y to­da cla­se de pa­ra­do­jas des­ce­re­bra­das que conlleva- Stan, co­mo to­dos los Halloween, ha­ce de su ca­sa la más te­rro­rí­fi­ca del ba­rrio pa­ra ser el rey de la fies­ta de los muer­tos. O así era has­ta la lle­ga­da de su nue­vo ve­cino, Buckle, que con su ex­pe­rien­cia tra­ba­jan­do en los efec­tos es­pe­cia­les de Disney con­si­gue de­jar com­ple­ta­men­te en ri­dícu­lo lo te­rro­rí­fi­co de la ca­sa de Stan. La so­lu­ción pa­ra com­pe­tir con­tra és­te se­rá lle­var una se­rie de pe­li­gro­sos ase­si­nos en se­rie con los que tru­far la ca­sa de un pe­li­gro y te­rror real al es­tar an­te una se­rie de mons­truo­sas en­ti­da­des que fue­ron ca­pa­ces de las ma­yo­res atro­ci­da­des inima­gi­na­bles. El pro­ble­ma es que po­co im­por­ta lo que hi­cie­ras sino lo que ha­ces, y na­die da mie­do en Halloween por lo que hi­zo sino por lo que ha­ce; en tan­to acep­ta­mos la di­fu­mi­na­ción de lo vi­vo y de lo muer­to, de lo real y lo que hay más allá, el tiem­po, la Historia, se de­tie­ne pa­ra de­ve­nir ex­clu­si­va­men­te en el per­pe­tuo ahora.

    Y si­guien­do la ló­gi­ca an­te­rior Roger sol­ta­rá a los ase­si­nos que ates­ta­rán la ca­sa per­si­guien­do a cuan­tas per­so­nas ha­ya en ella in­ten­tan­do ex­ter­mi­nar­las por to­dos los me­dios ge­ne­ran­do, así, la fies­ta de­fi­ni­ti­va de Halloween. El mie­do se tor­na una reali­dad que se to­ma co­mo fic­ción, pues es in­dis­tin­gui­ble un ase­sino real de una per­so­na dis­fra­za­da que in­ten­ta in­su­flar­te de te­rror el co­ra­zón. Es por ello que en Halloween el pro­pó­si­to no es tan­to el te­rror en sí co­mo ha­cer que la dis­tin­ción sus­tan­cial en­tre nor­ma­li­dad y te­rror, en­tre la vi­da y la muer­te, se di­fu­mi­ne co­mo un mis­mo es­pa­cio co­mún; el pro­pó­si­to de Halloween es ha­cer que vi­vos y muer­tos, lo co­mún y lo ex­tra­or­di­na­rio, se in­ter­cam­bien los pa­pe­les con­ti­nua­men­te pa­ra dis­tor­sio­nar la se­pa­ra­ción cul­tu­ral en­tre am­bos. Y es así co­mo el ame­ri­cano más ame­ri­cano de to­dos, el en­clí­ti­co Stan, con­si­gue la fies­ta de Halloween de­fi­ni­ti­va: ha­cien­do que la po­si­bi­li­dad de que te ma­ten sea real pe­ro con la sen­sa­ción siem­pre pre­sen­te de que ja­más te pa­sa­rá na­da. Esa es la di­fe­ren­cia sus­tan­cial en­tre Europa y Estados Unidos: don­de no­so­tros ve­ne­ra­mos a nues­tros muer­tos ha­cien­do una ra­di­cal se­pa­ra­ción en­tre no­so­tros, ellos acep­tan con jol­go­rio que ca­mi­nen, al me­nos un día al año, a nues­tro lado.