Autor: Álvaro Arbonés

  • estéticas de los finales de la historia

    null

    Si hay un me­dio par­ti­cu­lar­men­te pro­pi­cio pa­ra re­tor­cer los pre­su­pues­tos de la reali­dad a tra­vés de nues­tra pro­pia per­cep­ción ese es sin du­da el del có­mic. Con el uso de co­lo­res y for­mas en cual­quier con­jun­ción po­si­ble den­tro de la ima­gi­na­ción ‑y la técnica- del di­bu­jan­te se pue­de plas­mar to­do aque­llo que se si­túe en los lí­mi­tes de lo pen­sa­ble; se pue­de re­crear cual­quier reali­dad po­si­ble por im­po­si­ble que es­ta pa­re­cie­ra. Es por ello que en el có­mic hay una par­ti­cu­lar que­ren­cia por la ex­pe­ri­men­ta­ción for­mal, sea más su­til o evi­den­te, que lle­va in­clu­so al he­cho de que al­gu­nas de las obras más acla­ma­das del me­dio ten­gan vi­sos de una ex­tre­ma abs­trac­ción por su ca­rác­ter ex­pe­ri­men­tal. Un buen ejem­plo de es­to se­ría Spider-Man Fever de Brendan McCarthy.

    En és­te ar­co ar­gu­men­tal ve­mos co­mo nues­tro hé­roe arác­ni­do aca­ba en una di­men­sión des­co­no­ci­da con­tro­la­da por unas ex­tra­ñas ara­ñas que usan un po­der má­gic­ko más allá de la com­pren­sión del hom­bre. Servido co­mo ali­men­to, al ser me­dio ara­ña me­dio hom­bre, las mis­mas le re­tan a ca­zar una mos­ca que sir­va de ban­que­te pa­ra to­da la co­lo­nia co­mo for­ma de de­mos­trar su con­di­ción de arác­ni­do. Mientras tan­to el Dr. Extraño ini­cia­rá su bús­que­da a tra­vés de es­ta di­men­sión fluc­tuan­te que pa­re­ce cam­biar en pro­ce­sos más allá de cual­quier ló­gi­ca hu­ma­na pri­ma­ria. La di­men­sión se ar­ti­cu­la den­tro de las re­glas de la ma­gick lo cual lo ale­ja de la in­va­ria­bi­li­dad del mun­do hu­mano co­mún: to­do es vo­lá­til; li­bre de ser cam­bia­do a vo­lun­tad en tan­to es asu­mi­do, creí­do, co­mo si siem­pre hu­bie­ra si­do así. De és­te mo­do no im­por­ta que ha­gan o don­de se di­ri­jan los per­so­na­jes, pues la úni­ca dis­po­si­ción ne­ce­sa­ria pa­ra las más bá­si­cas de las in­ter­ac­cio­nes pro­fun­das es su voluntad.

    (más…)

  • el microcosmos como la relación dialógica entre tortugas y elefantes

    null

    Si hay una en­ti­dad que re­sul­ta des­con­cer­tan­te a la par que ab­so­lu­ta­men­te re­co­no­ci­ble co­mo nues­tra se­me­jan­te, aun cuan­do nos due­la de­cir­lo, esa es el tu­ris­ta. En su con­di­ción de per­pe­tuo ex­tran­je­ro se mue­ve por el mun­do con la cu­rio­si­dad in­sa­na de aquel que só­lo es ca­paz de dis­fru­tar aque­llo que es no­ve­do­so, ac­tuan­do co­mo si to­do lo que ocu­rre a su al­re­de­dor no fue­ra con él; el tu­ris­ta es el su­je­to ig­no­ran­te que no pre­ten­de huir de su ig­no­ran­cia sino más bien sub­ra­yar ‑ya sea pa­ra bien o pa­ra mal- aque­llos pre­jui­cios que te­nía an­tes de ini­ciar su via­je. Esto es así por­que el tu­ris­ta, co­mo el hom­bre, es el afue­ra y el lí­mi­te, la cir­cun­fe­ren­cia, del mun­do; yo soy el mi­cro­cos­mos witt­geins­te­niano y no pue­do sa­lir de él, por ello siem­pre soy un tu­ris­ta de mi pro­pio mun­do. He ahí que “El co­lor de la ma­gia” de Terry Pratchet nos ha­ble, esen­cial­men­te, de tres tu­ris­tas a la vez: de Rincewind el ma­go que no sa­be prac­ti­car ma­gia, Dosflores el pri­mer tu­ris­ta de Mundodisco y del pro­pio lec­tor, ob­ser­va­dor in­tere­sa­do de lo que ocu­rre en su mundo.

    Con un es­ti­lo sar­dó­ni­co Terry Pratchet nos con­du­ce a tra­vés del su­rrea­lis­ta mi­cro­cos­mos de Mundodisco don­de Rincewind, un ma­go de inú­til suer­te cam­bian­te aun­que siem­pre ex­tre­ma, se ve­rá en la obli­ga­ción de ha­cer de guía tu­rís­ti­co a tra­vés de to­do el mun­do pa­ra el cán­di­do Dosflores. Y en­tre am­bos se en­cuen­tra una po­la­ri­dad ab­so­lu­ta de la vi­sión del mun­do. Por un la­do Rincewind, el que to­do lo sa­be, ex­pre­sa­rá su con­di­ción de ci­nis­mo y te­rror a ca­da se­gun­do mien­tras Dosflores, en tan­to aquel que no sa­be na­da, siem­pre es­ta­rá con­ten­to de cuan­tas aven­tu­ras les to­que vi­vir; am­bos per­so­na­jes son tu­ris­tas en tie­rras que, ya sean co­no­ci­das o des­co­no­ci­das, no les cam­bia­ran en el via­je en ab­so­lu­to: siem­pre han si­do y se­rán igua­les. Porque la gen­te no cambia.

    Ahora bien, si an­tes si­guien­do a Wittgenstein de­cía­mos que ca­da per­so­na es un lí­mi­te del mun­do acu­dien­do a sus Investigaciones Filosóficas po­dría­mos aña­dir la ate­rra­do­ra ver­dad de to­do: na­die es­ta só­lo, to­dos es­ta­mos im­bri­ca­dos con los de­más a tra­vés del len­gua­je. Ante es­ta reali­dad es a la que nos en­fren­ta­mos no­so­tros co­mo tu­ris­tas con res­pec­to a Pratchet. Nuestra ri­sa, siem­pre pro­du­ci­da por el hu­mor pu­ra­men­te lin­güís­ti­co de Pratchet, se ma­te­ria­li­za co­mo la re­la­ción dia­ló­gi­ca con el otro; aun cuan­do yo fue­ra el lí­mi­te de mi mun­do ‑ex­te­rio­ri­dad e in­te­rio­ri­dad en un mis­mo tiem­po de la realidad- en tan­to com­par­to len­gua­je con el otro tam­bién so­mos lí­mi­tes con­ti­guos uno con res­pec­to del otro. No só­lo soy tu­ris­ta en el mun­do, que exis­tió an­tes de mí y exis­ti­rá des­pués de que me ha­ya ido, aco­gién­do­me a los pre­jui­cios con los que par­tí, sino que tam­bién soy tu­ris­ta en el mun­do de los otros a tra­vés de nues­tro len­gua­je co­mún. Y es pre­ci­sa­men­te és­te se­gun­do he­cho don­de mi vi­sión del mun­do ‑y de mi mismo- pue­de cam­biar, don­de Rincewind se pue­de vol­ver valiente.

  • la percepción es aquello que está entre las cosas que podemos percibir

    null

    El pro­ble­ma de la per­cep­ción hu­ma­na, en tan­to lí­mi­te co­mo en re­pre­sen­ta­ción, ha si­do de­ba­ti­da de for­ma fe­roz du­ran­te to­da la his­to­ria de la fi­lo­so­fía sin lle­gar a unas mí­ni­mas con­clu­sio­nes ra­zo­na­bles a su res­pec­to. Y, aun­que la cien­cia po­dría echar luz so­bre el asun­to, no pa­re­ce que nin­gu­na otra dis­ci­pli­na pu­die­ra dar­nos la res­pues­ta más cer­te­ra con res­pec­to a ello; el pro­ble­ma de la per­cep­ción es pu­ra­men­te hu­ma­nís­ti­co. Pero si de al­go no ca­be du­da es que hay co­sas que se en­tien­de me­jor por una ana­lo­gía per­cep­ti­va de cual­quier cla­se que por el he­cho mis­mo del uso de esa per­cep­ción, o de su re­pre­sen­ta­ción. Es por ello que I Touch A Red Button Man, el úl­ti­mo cor­to­me­tra­je de David Lynch con mú­si­ca de Interpol, es cla­ri­fi­ca­dor en al­gu­nos con­cep­tos bá­si­cos que ten­de­mos a ob­viar con res­pec­to al fun­cio­na­mien­to de nues­tra in­te­li­gi­bi­li­dad del mundo.

    En el ví­deo ve­mos a un su­je­to crip­to­zoo­grá­fi­co, el Red Button Man, que lo úni­co que ha­ce es apre­tar de for­ma in­ce­san­te un bo­tón ro­jo una y otra vez; el úni­co cam­bio de plano es pa­ra en­se­ñar­nos con­fu­sa­men­te el ros­tro de es­ta en­ti­dad des­co­no­ci­da. En los cam­bios con­ti­nuos de cá­ma­ra nues­tra per­cep­ción se ve dis­tor­sio­na­da, hay tan­to que ve­mos co­mo que no ve­mos. Con es­te res­pec­to nos con­ver­ti­mos en ob­ser­va­do­res que a su vez son ob­ser­va­dos por una en­ti­dad ‑que en teo­ría no pue­de ver- cuan­do el cam­bio de plano nos po­ne sú­bi­ta­men­te su ros­tro en pri­mer plano; so­mos clí­ni­ca­men­te es­cru­ta­dos por aque­llo que he­mos observado.

    Siguiendo el ar­gu­men­to an­te­rior la vis­ta fun­cio­na­ría co­mo cual­quier otro ras­go de per­cep­ción de los se­res hu­ma­nos: exis­te una bi­di­rec­cio­na­li­dad de los mis­mos. Esto se ve de for­ma muy cla­ra cuan­do yo to­co a al­guien pues a la vez que es­toy to­can­do una per­so­na es­toy sien­do to­ca­do a su vez por esa per­so­na; no pue­do to­car (ni ver) al otro sin ser to­ca­do (ni vis­to) por el mis­mo. ¿Cuales son los lí­mi­tes del es­pa­cio del ser yo en el mun­do cuan­do mi per­cep­ti­bi­li­dad es­tá su­je­ta siem­pre a la con­duc­ción bi­po­yé­ti­ca de és­te mis­mo ser? El ser co­mo pro­yec­ción en lo per­ci­bi­do; yo exis­to en el mun­do con res­pec­to de aque­llo que me ro­dea, con ne­ce­si­dad. De és­te mo­do David Lynch no ha­ce que to­que­mos al Red Button Man sino que, co­mo di­ce al fi­nal del ví­deo ya sí de for­ma cris­ta­li­na, he­mos si­do no­so­tros mis­mos los que he­mos to­ca­do el bo­tón ro­jo. Porque por los lí­mi­tes de nues­tra per­cep­ción no­so­tros es­ta­mos yux­ta­pues­tos en la con­di­ción de ser ob­ser­va­dos por lo que ob­ser­va­mos; de ser to­ca­dos por lo que to­ca­mos. No exis­te rin­cón en el mun­do que no pue­da de­vol­ver­nos la mirada.

  • tratado de ontoespectralidad: devenir en (re)vivo

    null

    El synth­pop de los 80’s es, en tan­to la pri­me­ra ex­pre­sión po­pu­lar de elec­tró­ni­ca, un au­tén­ti­co ejer­ci­cio de es­pec­tro­lo­gía ‑o haun­to­logy si así lo prefieren- en sí mis­mo: los me­ca­nis­mos de su so­ni­do se ba­san en re­pe­ti­cio­nes me­cá­ni­cas, vo­ces dis­tor­sio­na­das has­ta la es­pec­tra­li­dad y la imi­ta­ción de unas for­mas que re­cuer­dan a las de fan­tas­mas ha­blán­do­nos a tra­vés de acom­pa­sa­das fluc­tua­cio­nes so­no­ras. Esto se ve am­pli­fi­ca­do has­ta el ab­sur­do cuan­do, ade­más, con el pa­so del tiem­po nos han de­ja­do un ca­dá­ver pu­tre­fac­to de pu­ro va­lor re­tro en el cual cual­quier mí­ni­ma no­ción es vis­ta ne­ce­sa­ria­men­te des­de la per­ple­ji­dad; des­de su ca­rác­ter de ob­je­to hor­te­ra. Por es­ta ra­zón el synth­pop pri­mi­ge­nio cum­ple las dos pre­mi­sas bá­si­cas de cual­quier es­pec­tro, la metafísico-temporal y la es­té­ti­ca, es una en­ti­dad del pa­sa­do a la par que apa­ren­ta ser una en­ti­dad del pa­sa­do; sin po­si­bi­li­dad de asu­mir una con­for­ma­ción con­tem­po­rá­nea for­mal. El pa­ra­dig­ma de es­ta con­for­ma­ción es­pec­tral la en­con­tra­ría­mos en uno de los úl­ti­mos em­ble­mas del gé­ne­ro co­mo se­ría Voyage Voyage de la de­li­ran­te so­lis­ta, in­clu­so pa­ra la épo­ca, Desireless.

    Esta as­pec­tua­li­za­ción es­pec­tral se da des­de su nom­bre mis­mo ‑Desireless, o Sin deseos- que per­pe­tua la no­ción de la en­ti­dad es­pec­tral: aquel que es­tá muer­to es el úni­co hu­mano que no es­tá su­je­to al de­ve­nir de sus de­seos; es el su­je­to que ya no sien­te pul­sión y, por tan­to, no de­vie­ne de­sean­te en na­da. Pero pre­ci­sa­men­te pa­re­ce ne­gar­nos es­ta au­sen­cia de de­ve­nir el he­cho mis­mo de que la can­ción se lla­me Voyage Voyage ‑Viaja, via­ja (tú)-, lo cual nos es ne­ga­do si­nos aso­ma­mos al abis­mo in­son­da­ble de su le­tra. Quizás la pri­me­ra in­ter­pre­ta­ción que po­dría­mos sa­car sea, efec­ti­va­men­te, que sí es un de­ve­nir fu­tu­ro, se­gún nos can­ta Claudie en los pri­me­ros ver­sos «Sobre los vie­jos vol­ca­nes / des­li­zan­do las alas so­bre / la al­fom­bra del vien­to, via­ja, via­ja / con­ti­nua­men­te.», de­ján­do­nos cla­ro lo que pa­re­ce ser un de­ve­nir; la es­tro­fa, sin em­bar­go, co­mien­za a ju­gar con nues­tras es­pec­ta­ti­vas. «Sobre las ca­pi­ta­les / con ideas fa­ta­les / mi­ras el océano» nos de­ja la idea de la po­si­bi­li­dad del sui­ci­dio o del ase­si­na­to ‑co­sa que in­si­nua­rá bas­tan­te ex­plí­ci­ta­men­te cer­ca del fi­nal di­cien­do «Sobre las alam­bra­das / so­bre co­ra­zo­nes bom­bar­dea­dos, / mi­ra el océano»- pe­ro de po­co va­le to­do es­to ya que, la car­ga sim­bó­li­ca en el pop cae siem­pre so­bre el es­tri­bi­llo, y és­te es muy re­ve­la­dor. Ya es bas­tan­te ex­pli­ci­to el pri­mer frag­men­to del es­tri­bi­llo «Viaja, via­ja / más le­jos que la no­che y el día / (via­ja, via­ja) / por el es­pa­cio lleno de amor.» pe­ro se­rá en la se­gun­da par­te don­de se ex­pli­ci­te has­ta pun­tos cla­ri­vi­den­tes: «Viaja, via­ja / so­bre el agua sa­gra­da de un río in­dio / (via­ja, via­ja) / pa­ra nun­ca vol­ver.». El via­je so­bre el rio in­dio -¿el Ganges qui­zás?- es una ob­via con­no­ta­ción de la muer­te pe­ro ese via­je ha­cia «más allá de la no­che y el día» que se rea­li­za «pa­ra no vol­ver» es al­ta­men­te cla­ri­fi­ca­dor, aun cuan­do ha­bla­ra de un de­ve­nir lo ha­ría siem­pre co­mo pro­yec­ción ha­cia la muer­te; co­mo un via­je ha­cia la es­pec­tra­li­za­ción del ser.

    (más…)