Autor: Álvaro Arbonés

  • tres millones de dragones de jade alzan el vuelo

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    Título: Mao Tse~Tung
    Páginas: 189
    Medidas: 15.5cm x 22.2cm
    Peso: ~70g
    Fuente: Times New Roman
    Estilo: ta­pa rús­ti­ca, pa­pel poroso
    # de pa­la­bras: ~5.000
    # de poe­mas: 37
    # de fo­tos: 10
    Edición: Ediciones Jucar
    Prologado por: Alberto Moravia

    Hagamos una bre­ve y ne­ce­sa­ria abs­trac­ción: Mao Tse~Tung no fue un dic­ta­dor, ni ja­más tu­vo que ver con nin­gu­na gran mar­cha por China; fue só­lo un poe­ta. Al rea­li­zar es­ta abs­trac­ción, al des­mi­ti­fi­car a Mao y de­jar só­lo an­te no­so­tros un hom­bre des­nu­do, po­de­mos leer a tra­vés de él, de su poe­sía, co­mo si su cuer­po fue­ra tras­pa­ren­te ha­cia su al­ma. De es­te mo­do re­cor­de­mos una va­lio­sa lec­ción que ya pa­re­ce ha­ce mu­cho ol­vi­da­da; que no os cie­gue la política.

    Pu: Quinping le

    Monte Liupan

    Octubre 1935


    El cie­lo al­to, nu­bes claras,
    nos de­te­ne­mos a con­tem­plar los ána­des salvajes
    que vue­lan ha­cia el sur.
    Si no al­can­za­mos la Gran Muralla
    no so­mos chi­nos de verdad,
    cuen­to con los de­dos el ca­mino ya recorrido:
    diez mil kilómetros.

    Sobre la al­ta ci­ma del mon­te Liupan
    las ban­de­ras ro­jas lentamente
    se des­plie­gan al vien­to del oeste.
    Hoy te­ne­mos en nues­tras ma­nos la lar­ga cuerda.
    ¿Cuando ama­rra­re­mos al Dragón Verde?

    El va­lor de la poe­sía es re­tra­tar el al­ma de una per­so­na, un pue­blo, un tiem­po o un mun­do. No exis­te re­tra­to que sea más cer­te­ro por su sub­je­ti­vi­dad que el del poe­ta hil­va­nan­do las pa­la­bras que con­for­ma­rán el per­fec­to ros­tro de una reali­dad en cier­nes, de una reali­dad que no se de­be ol­vi­dar. Recordemos a Mao, el que poe­ti­zó una ver­dad y ac­tuó con­tra ella. Seamos co­mo la poe­sía, un ac­to dra­co­niano de resistencia.

  • asfixia, que algo queda

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    La la­bor de la de­cons­truc­ción es apre­mian­te en la so­cie­dad con­tem­po­rá­nea en la cual es de­ter­mi­nan­te co­no­cer co­mo y el que in­fluen­cia en ca­da as­pec­to de la exis­ten­cia. Por su­pues­to es­to de­ben do­mi­nar­lo más que na­die los ar­tis­tas en ge­ne­ral y los dj’s en par­ti­cu­lar, so­bre­to­do a la ho­ra de en­fren­tar­se a un re­mix de una can­ción da­da. Y es que, una bue­na de­cons­truc­ción en for­mar de re­mix pue­de cam­biar to­do el sen­ti­do de una can­ción co­mo nos de­mues­tra el Suffocation Ep de White Ring.

    Con White Ring nos en­fren­ta­mos a un witch hou­se ‑pró­xi­mo gé­ne­ro de mo­da por an­to­no­ma­sia a día de hoy- sór­di­do que nos su­mer­ge en cam­pos cer­ca­nos al dark am­bient más in­quie­tan­te. Con un ojo so­bre au­tén­ti­cos de­men­tes co­mo Nurse With Wound y otro so­bre los más co­mer­cia­les Crystal Castles van des­en­tra­ñan­do un en­tra­ma­do so­no­ro te­rro­rí­fi­co, siem­pre bus­can­do el de­jar en una po­si­ción in­có­mo­da al oyen­te. Cosa que se en­fa­ti­za en las si­nies­tras pro­gre­sio­nes de Suffocation don­de una ba­te­ría sim­ple, una acu­mu­la­ción de ca­pas os­cu­ras y una me­lo­día de ori­gen chip­tu­ne nos va con­for­man­do un to­do opre­si­vo. Si su­ma­mos a la ecua­ción una le­tra can­ta­da a gri­tos à la Alice el re­sul­ta­do es un te­ne­bro­so te­ma que nos aren­ga a arras­trar­nos por los in­dó­mi­tos y si­nies­tros mun­dos del witch hou­se me­nos con­des­cen­dien­te. Con un te­ma os­cu­ro, bru­tal pe­ro nun­ca ol­vi­dan­do que tie­ne que ser pin­cha­ble en dis­co­te­cas por ecléc­ti­cas que es­tas sean con­si­gue ha­cer un pro­di­gio­so acer­ca­mien­to del la­do más os­cu­ro de la mú­si­ca con el más ac­ce­si­ble. Al me­nos has­ta que uno es­cu­cha los re­mi­xes del EP.

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  • tensión dialéctica no resuelta

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    El amo no es tal en tan­to que só­lo es re­co­no­ci­do co­mo tal por el es­cla­vo pe­ro siem­pre ca­be la ab­sur­da po­si­bi­li­dad de que el amo re­co­noz­ca al es­cla­vo co­mo ser en si pa­ra po­der ser él re­co­no­ci­do a su vez co­mo tal. Por su­pues­to es­to só­lo ocu­rri­ría me­dian­te sub­ter­fu­gios y fal­sas ver­da­des, co­mo un in­ten­to de en­ga­ñar­se, «ellos no son es­cla­vos, son sir­vien­tes que na­cie­ron en una po­si­ción in­fe­rior por pu­ra for­tu­na» Justo la ac­ti­tud que tie­nen al­gu­nos di­rec­to­res de Hollywood con la hu­ma­ni­dad en­te­ra se­gún el pri­mer ca­pí­tu­lo de la so­ber­bia se­rie Extras.

    Extras co­mien­za en su pri­mer ca­pí­tu­lo con Ben Stiller di­ri­gien­do un dra­ma bé­li­co. Al po­co de em­pe­zar in­sis­te en re­cal­car­nos la ne­ce­si­dad de con­tar la his­to­ria de Goran, un hom­bre que per­dió to­do en la gue­rra de los Balcanes. Rodar una pe­lí­cu­la so­bre los ge­no­ci­dios en los paí­ses del es­te es el úni­co mo­do de im­pe­dir la per­pe­tua­ción de esa tra­ge­dia. Esta pe­lí­cu­la, la ha­ce­mos to­dos por Goran. Él es el di­rec­tor que es­con­dién­do­se de­trás de fal­sas pro­cla­mas del ha­cer­se por­ta­dor de la Verdad y la Historia ‑ya que, co­mo to­dos sa­be­mos, es un hé­roe que de­vuel­ve su esen­cia al esclavo‑, ejer­ce de ti­rano pa­ra con­tar una his­to­ria que no es su­ya, pe­ro se apro­pia de ella co­mo úni­co va­le­dor. El es Ben Stiller, tú no eres na­die. Y lo sa­bes. No im­por­ta si hay que mal­tra­tar psi­co­ló­gi­ca­men­te a un ni­ño o fí­si­ca­men­te a una an­cia­na. Es Ben Stiller, es el di­rec­tor de Hollywood, es el Demiurgo y tú tie­nes que amol­dar­te a su obra mag­na, su reali­dad. Y to­do aca­ba es­ta­llan­do, por unas lí­neas que exi­ge un ac­tor a tra­vés de Goran, pe­ro él es el di­rec­tor de Hollywood y Goran só­lo uno más. Es el gi­li­po­llas que se apro­pia de una reali­dad co­ral co­mo si fue­ra una ex­pre­sión ex­clu­si­va de sí mis­mo, co­mo una vi­sión úni­ca del to­do. Es el mo­nar­ca de un rei­no flo­tan­te, in­exis­ten­te, que se nie­ga a ver la reali­dad; el rey va des­nu­do y no tie­ne reino.

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  • las mejores cosas de la vida empiezan y terminan

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    ¿Quién no se ha ena­mo­ra­do pla­tó­ni­ca­men­te de una per­so­na a la cual só­lo co­no­ce de vis­ta? Cada ges­to su­yo pa­re­ce fas­ci­nan­te, los de­fec­tos pa­re­cen al­go en­can­ta­dor y no nos po­de­mos im­pe­dir so­ñar en que fas­ci­nan­tes pen­sa­mien­tos se es­con­de. Sólo hay al­go que os se­pa­ra el uno del otro: la ver­güen­za. Pero de es­to úl­ti­mo no sa­be na­da -¿o qui­zás sa­be de­ma­sia­do?- Nacho Vigalondo y se de­cla­ra co­mo só­lo se pue­de de­cla­rar un hom­bre, bai­lan­do y can­tan­do pa­ra ella en 7:35 de la ma­ña­na.

    Ella en­tra al bar y to­dos es­tán ex­tra­ños, un hom­bre pe­cu­liar em­pie­za a can­tar y bai­lar im­pli­can­do a to­dos los que es­tán en el bar en una per­for­man­ce su­rrea­lis­ta. El cin­tu­rón de bom­bas que lle­va le le­gi­ti­ma pa­ra po­der ha­cer­lo ya que, tan­to en el amor co­mo en el ar­te, to­do es con­flic­to. No hay na­da de­ja­do al azar, to­do es­tá plan­tea­do en una per­fec­ta ac­tua­ción en la no pue­de sa­lir ab­so­lu­ta­men­te na­da mal. El re­sul­ta­do es un es­pec­tácu­lo im­po­nen­te, ca­te­dra­li­cio, don­de mú­si­ca y bai­le, el so­ni­do y la ima­gen, se con­ju­gan en per­fec­ta ar­mo­nía pa­ra con­tar­nos la his­to­ria del hom­bre que ja­más se po­drá de­cla­rar. Así con­ju­ga la fa­se del cor­te­jo, un ri­tual so­cial, fi­si­ca­li­zán­do­lo de un mo­do ca­ri­ca­tu­res­co en un di­ver­ti­do es­pec­tácu­lo tras el cual se es­con­de una coac­ción so­cial, un ac­to de vio­len­cia so­cial. Y es que, co­mo nos plan­tea en va­rias oca­sio­nes de la can­ción, las me­jo­res co­sas de la vi­da co­mien­zan y aca­ban in­va­ria­ble­men­te, co­mo la vi­da mis­ma, por eso el úni­co mo­do de que ese amor se man­ten­ga pu­ro de una for­ma eter­na es no lle­gar a con­su­mar­lo ja­más. Al fi­nal el es­tram­bó­ti­co cor­te­jo no es tal en tan­to ha si­do, fi­nal­men­te, una de­cla­ra­ción de prin­ci­pios; el ha­cer un trán­si­to ve­loz des­de un co­mien­zo has­ta el fi­nal del amor y de to­da existencia.

    Si la con­di­ción de lo hu­mano pa­sa por su fi­ni­tud en­ton­ces el amor só­lo lo es tal en cuan­to se pue­de aca­bar de un mo­do abrup­to en al­gún mo­men­to. Pero no nos ob­ce­que­mos en ex­plo­sio­nes de con­fe­ti, me­jor vea­mos el la­do po­si­ti­vo, el ser hu­mano en tan­to hu­mano es un ani­mal so­cial; un en­te aman­te y ama­do. Sólo en tan­to sen­ti­men­tal ‑y con ello, artista- un en­te pue­de ad­qui­rir la di­men­sión mis­ma no de ser in­ge­nuo, sino de hu­mano. Y en su fi­ni­tud fi­nal ‑de la vi­da, del amor- Vigalondo sin­te­ti­za que es ser co­mo humano.

  • la condición política como viaje a la divinidad

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    La or­de­na­ción na­tu­ral en unas con­no­ta­cio­nes judeo-cristianas del cie­lo y del in­fierno se­rían, res­pec­ti­va­men­te, co­mo ada­li­des del or­den y del caos. Por otra par­te no se­ría al­go ajeno a la ló­gi­ca pen­sar que en reali­dad el in­fierno se de­fi­ni­ría por una es­tric­ta je­rar­quía con­di­cio­na­da a los de­seos de des­truc­ción de los se­ño­res in­fer­na­les en con­tra­po­si­ción a la li­ber­tad, qui­zás al­go anár­qui­ca, del cie­lo. O así lo ven Gainax en lo que es, sin lu­gar a du­das, el ani­me del año, Panty & Stocking with Garterbelt.

    La se­rie es un au­tén­ti­co tour de for­ce de la ani­ma­la­da, del más di­fi­cil to­da­vía, por lle­gar a nue­vas cuo­tas im­pre­vis­tas don­de lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to sea pa­pel mo­ja­do de flui­dos cor­po­ra­les. Y es que la se­rie ha si­do en to­dos sus as­pec­tos co­mo sus pro­ta­go­nis­tas, anár­qui­ca. El di­bu­jo à la ma­gi­cal girls com­bi­na­do con el uso mí­ni­mo de un di­bu­jo más es­ti­li­za­do y pro­pio del ani­me ya es un cam­bio brus­co con­ti­nuo, pe­ro no el úni­co. La eco­no­mi­za­ción de re­cur­sos es con­tem­pla­da co­mo un mo­do de re­crear el caos or­de­na­do en el cual van ata­can­do ca­bos par­si­mo­nio­sa­me­te nues­tras dos án­ge­les. No im­por­ta que pa­rez­ca que to­dos los ca­pí­tu­los es­tán in­co­ne­xos en­tre si, que el di­bu­jo cam­bie en va­rias oca­sio­nes o que en el epi­so­dio fi­nal lle­guen a re­ci­clar es­ce­nas y ha­cer sal­tos de fra­mes in­ten­cio­na­da­men­te; to­do es una or­ques­ta­da co­reo­gra­fía don­de ca­da mí­ni­mo de­ta­lle cuen­ta. Cada re­fe­ren­cia y ca­da apa­ren­te ca­pri­cho de Gainax es un jue­go de for­ma­tos que re­tuer­ce a to­dos los ni­ve­les la in­ter­tex­tua­li­dad y los lí­mi­tes del ani­me has­ta lle­gar al pro­di­gio­so fi­nal don­de to­das las pie­zas en­ca­jan en el ac­to. En Panty & Stocking with Garterbelt to­do el caos es só­lo una for­ma de un nue­vo or­den estético.

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