Autor: Álvaro Arbonés

  • tensión dialéctica no resuelta

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    El amo no es tal en tan­to que só­lo es re­co­no­ci­do co­mo tal por el es­cla­vo pe­ro siem­pre ca­be la ab­sur­da po­si­bi­li­dad de que el amo re­co­noz­ca al es­cla­vo co­mo ser en si pa­ra po­der ser él re­co­no­ci­do a su vez co­mo tal. Por su­pues­to es­to só­lo ocu­rri­ría me­dian­te sub­ter­fu­gios y fal­sas ver­da­des, co­mo un in­ten­to de en­ga­ñar­se, «ellos no son es­cla­vos, son sir­vien­tes que na­cie­ron en una po­si­ción in­fe­rior por pu­ra for­tu­na» Justo la ac­ti­tud que tie­nen al­gu­nos di­rec­to­res de Hollywood con la hu­ma­ni­dad en­te­ra se­gún el pri­mer ca­pí­tu­lo de la so­ber­bia se­rie Extras.

    Extras co­mien­za en su pri­mer ca­pí­tu­lo con Ben Stiller di­ri­gien­do un dra­ma bé­li­co. Al po­co de em­pe­zar in­sis­te en re­cal­car­nos la ne­ce­si­dad de con­tar la his­to­ria de Goran, un hom­bre que per­dió to­do en la gue­rra de los Balcanes. Rodar una pe­lí­cu­la so­bre los ge­no­ci­dios en los paí­ses del es­te es el úni­co mo­do de im­pe­dir la per­pe­tua­ción de esa tra­ge­dia. Esta pe­lí­cu­la, la ha­ce­mos to­dos por Goran. Él es el di­rec­tor que es­con­dién­do­se de­trás de fal­sas pro­cla­mas del ha­cer­se por­ta­dor de la Verdad y la Historia ‑ya que, co­mo to­dos sa­be­mos, es un hé­roe que de­vuel­ve su esen­cia al esclavo‑, ejer­ce de ti­rano pa­ra con­tar una his­to­ria que no es su­ya, pe­ro se apro­pia de ella co­mo úni­co va­le­dor. El es Ben Stiller, tú no eres na­die. Y lo sa­bes. No im­por­ta si hay que mal­tra­tar psi­co­ló­gi­ca­men­te a un ni­ño o fí­si­ca­men­te a una an­cia­na. Es Ben Stiller, es el di­rec­tor de Hollywood, es el Demiurgo y tú tie­nes que amol­dar­te a su obra mag­na, su reali­dad. Y to­do aca­ba es­ta­llan­do, por unas lí­neas que exi­ge un ac­tor a tra­vés de Goran, pe­ro él es el di­rec­tor de Hollywood y Goran só­lo uno más. Es el gi­li­po­llas que se apro­pia de una reali­dad co­ral co­mo si fue­ra una ex­pre­sión ex­clu­si­va de sí mis­mo, co­mo una vi­sión úni­ca del to­do. Es el mo­nar­ca de un rei­no flo­tan­te, in­exis­ten­te, que se nie­ga a ver la reali­dad; el rey va des­nu­do y no tie­ne reino.

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  • las mejores cosas de la vida empiezan y terminan

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    ¿Quién no se ha ena­mo­ra­do pla­tó­ni­ca­men­te de una per­so­na a la cual só­lo co­no­ce de vis­ta? Cada ges­to su­yo pa­re­ce fas­ci­nan­te, los de­fec­tos pa­re­cen al­go en­can­ta­dor y no nos po­de­mos im­pe­dir so­ñar en que fas­ci­nan­tes pen­sa­mien­tos se es­con­de. Sólo hay al­go que os se­pa­ra el uno del otro: la ver­güen­za. Pero de es­to úl­ti­mo no sa­be na­da -¿o qui­zás sa­be de­ma­sia­do?- Nacho Vigalondo y se de­cla­ra co­mo só­lo se pue­de de­cla­rar un hom­bre, bai­lan­do y can­tan­do pa­ra ella en 7:35 de la ma­ña­na.

    Ella en­tra al bar y to­dos es­tán ex­tra­ños, un hom­bre pe­cu­liar em­pie­za a can­tar y bai­lar im­pli­can­do a to­dos los que es­tán en el bar en una per­for­man­ce su­rrea­lis­ta. El cin­tu­rón de bom­bas que lle­va le le­gi­ti­ma pa­ra po­der ha­cer­lo ya que, tan­to en el amor co­mo en el ar­te, to­do es con­flic­to. No hay na­da de­ja­do al azar, to­do es­tá plan­tea­do en una per­fec­ta ac­tua­ción en la no pue­de sa­lir ab­so­lu­ta­men­te na­da mal. El re­sul­ta­do es un es­pec­tácu­lo im­po­nen­te, ca­te­dra­li­cio, don­de mú­si­ca y bai­le, el so­ni­do y la ima­gen, se con­ju­gan en per­fec­ta ar­mo­nía pa­ra con­tar­nos la his­to­ria del hom­bre que ja­más se po­drá de­cla­rar. Así con­ju­ga la fa­se del cor­te­jo, un ri­tual so­cial, fi­si­ca­li­zán­do­lo de un mo­do ca­ri­ca­tu­res­co en un di­ver­ti­do es­pec­tácu­lo tras el cual se es­con­de una coac­ción so­cial, un ac­to de vio­len­cia so­cial. Y es que, co­mo nos plan­tea en va­rias oca­sio­nes de la can­ción, las me­jo­res co­sas de la vi­da co­mien­zan y aca­ban in­va­ria­ble­men­te, co­mo la vi­da mis­ma, por eso el úni­co mo­do de que ese amor se man­ten­ga pu­ro de una for­ma eter­na es no lle­gar a con­su­mar­lo ja­más. Al fi­nal el es­tram­bó­ti­co cor­te­jo no es tal en tan­to ha si­do, fi­nal­men­te, una de­cla­ra­ción de prin­ci­pios; el ha­cer un trán­si­to ve­loz des­de un co­mien­zo has­ta el fi­nal del amor y de to­da existencia.

    Si la con­di­ción de lo hu­mano pa­sa por su fi­ni­tud en­ton­ces el amor só­lo lo es tal en cuan­to se pue­de aca­bar de un mo­do abrup­to en al­gún mo­men­to. Pero no nos ob­ce­que­mos en ex­plo­sio­nes de con­fe­ti, me­jor vea­mos el la­do po­si­ti­vo, el ser hu­mano en tan­to hu­mano es un ani­mal so­cial; un en­te aman­te y ama­do. Sólo en tan­to sen­ti­men­tal ‑y con ello, artista- un en­te pue­de ad­qui­rir la di­men­sión mis­ma no de ser in­ge­nuo, sino de hu­mano. Y en su fi­ni­tud fi­nal ‑de la vi­da, del amor- Vigalondo sin­te­ti­za que es ser co­mo humano.

  • la condición política como viaje a la divinidad

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    La or­de­na­ción na­tu­ral en unas con­no­ta­cio­nes judeo-cristianas del cie­lo y del in­fierno se­rían, res­pec­ti­va­men­te, co­mo ada­li­des del or­den y del caos. Por otra par­te no se­ría al­go ajeno a la ló­gi­ca pen­sar que en reali­dad el in­fierno se de­fi­ni­ría por una es­tric­ta je­rar­quía con­di­cio­na­da a los de­seos de des­truc­ción de los se­ño­res in­fer­na­les en con­tra­po­si­ción a la li­ber­tad, qui­zás al­go anár­qui­ca, del cie­lo. O así lo ven Gainax en lo que es, sin lu­gar a du­das, el ani­me del año, Panty & Stocking with Garterbelt.

    La se­rie es un au­tén­ti­co tour de for­ce de la ani­ma­la­da, del más di­fi­cil to­da­vía, por lle­gar a nue­vas cuo­tas im­pre­vis­tas don­de lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to sea pa­pel mo­ja­do de flui­dos cor­po­ra­les. Y es que la se­rie ha si­do en to­dos sus as­pec­tos co­mo sus pro­ta­go­nis­tas, anár­qui­ca. El di­bu­jo à la ma­gi­cal girls com­bi­na­do con el uso mí­ni­mo de un di­bu­jo más es­ti­li­za­do y pro­pio del ani­me ya es un cam­bio brus­co con­ti­nuo, pe­ro no el úni­co. La eco­no­mi­za­ción de re­cur­sos es con­tem­pla­da co­mo un mo­do de re­crear el caos or­de­na­do en el cual van ata­can­do ca­bos par­si­mo­nio­sa­me­te nues­tras dos án­ge­les. No im­por­ta que pa­rez­ca que to­dos los ca­pí­tu­los es­tán in­co­ne­xos en­tre si, que el di­bu­jo cam­bie en va­rias oca­sio­nes o que en el epi­so­dio fi­nal lle­guen a re­ci­clar es­ce­nas y ha­cer sal­tos de fra­mes in­ten­cio­na­da­men­te; to­do es una or­ques­ta­da co­reo­gra­fía don­de ca­da mí­ni­mo de­ta­lle cuen­ta. Cada re­fe­ren­cia y ca­da apa­ren­te ca­pri­cho de Gainax es un jue­go de for­ma­tos que re­tuer­ce a to­dos los ni­ve­les la in­ter­tex­tua­li­dad y los lí­mi­tes del ani­me has­ta lle­gar al pro­di­gio­so fi­nal don­de to­das las pie­zas en­ca­jan en el ac­to. En Panty & Stocking with Garterbelt to­do el caos es só­lo una for­ma de un nue­vo or­den estético.

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  • mismo campo de juego, diferentes reglas

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    Según los exis­ten­cia­lis­ta to­do pro­yec­to se de­fi­ne por la gran rup­tu­ra que se su­po­ne al abrup­to fi­nal de la muer­te. Claro es­tá, esa po­si­ble vi­sión se que­bra­ría en tan­to exis­ten se­res que se es­ca­pan a las frías ga­rras de la muer­te, pu­dien­do dis­po­ner de la eter­ni­dad pa­ra con­se­guir sus ob­je­ti­vos. ¿Y qué ocu­rre cuan­do dos de es­tos en­tes cho­can? Un ejem­plo es­tá en Drácula vs. Apocalipsis.

    Cuando Vlad Tepes cae en la ba­ta­lla con­tra los ejér­ci­tos de Apocalipsis ju­ra ven­gan­za con­tra él, ven­gan­za que lle­ga­rá en su jus­ta me­di­da en el si­glo XIX ase­si­nan­do uno a uno a los miem­bros de su clan pa­ra obli­gar­le a sa­lir de su le­tar­go y en­fren­tar­se a él. Aun par­tien­do de una pre­mi­sa ex­ce­len­te el di­bu­jo de Clayton Henry si­gue sien­do tan en­de­ble co­mo de cos­tum­bre mien­tras el guión de Frank Tieri se mues­tra tan in­co­ne­xo y lleno de deus ex ma­chi­na co­mo el mis­mos con­cep­to de los per­so­na­jes es. Todo lo de­más es una con­se­cu­ción de ba­ta­llas inanes, una can­ti­dad bas­tan­te preo­cu­pan­te de in­cohe­ren­cias y una his­to­ria que nos in­ten­ta na­rrar­nos los por­me­no­res de la his­to­ria de Apocalipsis. Pero es en la cons­truc­ción de los per­so­na­jes don­de el có­mic ga­na a pe­sar de su sim­pli­ci­dad. Ante su in­mor­ta­li­dad am­bos per­so­na­jes no pue­den ‑ni de­ben, por otra parte- te­ner mo­ti­va­cio­nes hu­ma­nas por lo cual re­pre­sen­tan fuer­zas ope­ran­tes de con­cep­tos hu­ma­nos. Si Apocalipsis es la evo­lu­ción na­tu­ral per­so­ni­fi­ca­da en Vlad Tepes en­con­tra­mos ‑co­mo en el vam­pi­ro en general- al hom­bre que se re­ve­la con­tra la au­to­ri­dad mis­ma de Dios. Así la ba­ta­lla no se de­fi­ne en tér­mi­nos hu­ma­nos, pues es im­po­si­ble que nin­guno de los dos pier­da, sino en una me­ra co­li­sión de dos fuer­zas na­tu­ra­les inanes que ven co­mo sus mun­dos se so­la­pan con­du­cién­do­les a un co­lap­so final.

    Como en­tes fue­ra de la muer­te su pro­yec­to no exis­te, son só­lo pa­ra un pro­pó­si­to ul­te­rior más allá de cual­quier con­cep­ción exis­ten­cial; son pu­ra esen­cia con­cen­tra­da ha­cia un as­pec­to par­ti­cu­lar de la reali­dad. Quizás por eso los deus ex ma­chi­na no sean, ni mu­cho me­nos, un re­cur­so fá­cil de guión, tal vez en es­ta oca­sión sea la so­lu­ción más plau­si­ble de to­do pa­ra dos en­tes que no jue­gan en la li­ga de la reali­dad del hom­bre. La in­mor­ta­li­dad im­pli­ca la per­di­da de la con­di­ción hu­ma­na. Y de sus reglas.

  • (el ser) se encuentra en el camino polvoriento

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    Este post es par­te de un es­pe­cial de na­vi­dad de­di­ca­do al sto­ner que pue­den leer com­ple­to tal que aquí.

    En el de­sier­to no hay ca­mi­nos, só­lo hay una eter­na y bas­ta na­da en la que na­da pue­de ser más allá de una in­trin­ca­da esen­cia­li­dad que co­mul­gue con ese mis­mo va­cia­do de to­do si. Quizás por eso sean tan co­mu­nes en to­das las cul­tu­ras los ri­tos ini­ciá­ti­cos con­sis­ten­tes en te­ner re­ve­la­cio­nes in­du­ci­das por dro­gas en lo más pro­fun­do del co­ra­zón de los de­sier­tos. Pero pa­ra el ur­ba­ni­ta mo­derno eso es­tá muy le­jos de sus po­si­bi­li­da­des y esa ex­pe­rien­cia nos re­tra­ta el ini­ciá­ti­co Ultramega Ok de Soundgarden.

    Con un én­fa­sis es­pe­cial en los ba­jos y unas per­cu­sio­nes muy agre­si­vas hi­lan un dis­co que in­ten­ta co­ger los so­ni­dos más úni­cos de Black Sabbath en tan­to con­tun­den­tes y cier­to ai­re blues de­sas­tra­do de Led Zeppelin. El re­sul­ta­do es al­go que ya se po­día otear en al­gu­nos tra­ba­jos de Black Sabbath lle­va­do a su ex­tre­mo úl­ti­mo; el sto­ner. Todo son so­ni­dos lán­gui­dos, eter­ni­za­dos, siem­pre con un ai­re psy­cho­dé­li­co co­mo in­vi­tán­do­nos a du­dar siem­pre de que es­tá ocu­rrien­do a nues­tro al­re­de­dor. Así for­mu­lan un in­ten­to de imi­tar las sen­sa­cio­nes que pro­du­ce el via­jar abo­tar­ga­do y con­fu­so por un de­sier­to cu­ya dis­po­si­ción es más men­tal que pú­ra­men­te fí­si­ca. Pero a su vez es­tá siem­pre esa con­no­ta­ción a las dro­gas, las cua­les nos pro­du­cen unos efec­tos muy si­mi­la­res ha­cién­do­nos vi­vir, se­gún los ri­tos cha­má­ni­cos, via­jes es­pi­rí­tua­les en los cua­les tras­cen­de­mos el pro­pio cuer­po. Y eso mis­mo in­ten­tan y con­si­guen Soundgarden en es­te dis­co, nos lle­van ha­cia una ca­tar­sis don­de si ce­rra­mos los ojos ca­si po­de­mos ver a tra­vés de los ojos del al­ma ese va­cío pri­mor­dial en el cual el yo de­be apren­der só­lo. El lu­gar de la re­ve­la­ción primordial.

    Sin du­da al­gu­na Bataille hu­bie­ra aplau­di­do la ini­cia­ti­va de Soundgarden al crear el pri­mer so­ni­do ge­nui­na­men­te ca­tár­ti­co, la pri­me­ra mú­si­ca ca­paz de anu­lar to­do nues­tro ra­cio­ci­nio lan­zán­do­nos des­nu­dos y aja­dos a las lla­nu­ras va­cías del ser yo en la na­da. El in­con­men­su­ra­ble Ultramega Ok nos arro­ja en mi­tad de la na­tu­ra­le­za des­ata­da pa­ra que des­cu­bra­mos que se es­con­de de­trás de nues­tra esen­cia dor­mi­da. Anulando la ra­zón pe­ro ad­qui­rien­do una pa­sión más allá de lo humano.