Autor: Álvaro Arbonés

  • ¿es que nadie va a pensar en los niños?

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    Aunque sea una ab­so­lu­ta ob­vie­dad de­cir que la cen­su­ra es al­go ma­lo per se en cual­quie­ra de sus for­mas nun­ca es­tá de más. La in­com­pren­sión del es­ta­men­to do­mi­nan­te ya ani­qui­ló la EC Comics de­bi­do a que no con­si­de­ra­ban apro­pia­do su con­te­ni­do pa­ra un me­dio, teó­ri­ca­men­te, di­ri­gi­do a los ni­ños. Pero aquí es­tán los Animaniacs pa­ra ofre­cer­nos un es­pe­cial ho­me­na­je a Tales from the Crypt.

    Aquí nues­tros an­fi­trio­nes se­rán los alo­ca­dos Yakko, Wakko y Dot que, dis­fra­za­dos de guar­dia­nes de la Cripta, nos pro­pon­drán se­guir unas cuan­tas his­to­rias de te­rror pa­ra pa­sar «mie­do». Si co­mo obras de te­rror son un fran­co fra­ca­so, tam­po­co es que co­mo obras de hu­mor sean bri­llan­tes, sien­do uno de los nú­me­ros más flo­jos de una co­lec­ción ya de por si re­gu­lar. No obs­tan­te en­tre sus pa­gi­nas es­con­de al­gu­nos mo­men­tos bri­llan­tes del trío ca­la­ve­ra lu­chan­do con­tra Pinhead en un res­tau­ran­te sien­do ata­ca­dos por es­te con co­mi­da. La apa­ri­ción con­ti­nua­da de Jack Torrance le aña­de una piz­ca de hu­mor, sien­do la úni­ca cons­tan­te que ar­ti­cu­la to­dos los frag­men­tos de ca­da una de es­tas his­to­rias. Pero no ha­bla­ría de es­te có­mic sino tu­vie­ra al­go des­ta­ca­ble en él y eso son las Historias de Terror de Randy Beaman (Contadas por su Amigo Colin) Y es que to­da la gra­cia de la cual ca­re­ce el res­to del vo­lu­men se con­cen­tra aquí. Un hu­mor naïf, ran­cio e in­fan­til se des­ata en la fi­gu­ra de un ni­ño re­pe­len­te e im­bé­cil que nos cuen­ta a tro­zos y mal una his­to­ria de te­rror que no ve­mos. Lo idio­ta de la pro­pia pro­pues­ta con­si­gue arran­car­nos al­gu­nas ri­sas ya no por el in­ge­nio co­mo por lo ado­ra­ble­men­te in­fan­til que es. Y es que aquí ra­di­ca el en­can­to de to­do el con­jun­to, es una in­fan­ti­la­da de una en­tre­te­ni­da sosería.

    Quizás no sea el có­mic de­fi­ni­ti­vo y des­de lue­go, no es uno por el cual dar­le una es­pe­cial prio­ri­dad an­te otros pe­ro es per­fec­to pa­ra que lo lean los más pe­que­ños de la ca­sa. No en­con­tra­rán aquí na­da más que do­sis de un hu­mor ton­to­rrón que se va­le de pie­zas del te­rror mo­derno. Toda una guia de su­per­vi­ven­cia pop pa­ra el ni­ño contemporáneo.

  • la catártica mediación del yo

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    Otra co­la­bo­ra­ción es­ta vez de la mano de Francis Ruiz tam­bién co­no­ci­do co­mo Sicknarf en al­gu­nos círcu­los que nos de­lei­ta con una ex­po­si­ción so­bre mú­si­ca de la cual po­dréis apren­der mu­cho. Además pa­sa­ros por su ge­nial blog de po­lí­ti­ca, so­cie­dad y cul­tu­ra En el Asunto.

    Hoy les ha­bla­ré del ser más te­rro­rí­fi­co que exis­te. Ese que nos acom­pa­ña 24 ho­ras al día, 365 días al año y só­lo se va cuan­do mo­ri­mos. Estoy ha­blan­do de uno mismo.

    Del yo co­mo mons­truo nos ha­bla Trent Reznor en la opre­si­va Happiness In Slavery, com­ple­men­ta­da con su vi­deo­clip, di­ri­gi­do por Jon Reiss y pro­ta­go­ni­za­do por Bob Flanagan. Nadie le obli­ga a en­trar en la ha­bi­ta­ción ni a sen­tar­se en la má­qui­na. Ni si­quie­ra cuan­do su cuer­po es des­tro­za­do es­tá cla­ro que se de cuen­ta de la di­ná­mi­ca en la que es­tá. Pero da lo mis­mo, por­que no hay un ca­mino de vuel­ta. Todo lo que que­da­ba en él de con­trol se fue con su re­fle­jo en el espejo.

    Con es­tas mim­bres, cual­quie­ra po­dría pen­sar que Reznor es un mo­ra­lis­ta. Lo cier­to es que no, por­que si bien el Downward Spiral era un des­cen­so que aca­ba­ba con el pro­ta­go­nis­ta en el abis­mo, con el EP Broken nos vino a de­cir que aún po­de­mos arras­trar­nos mu­cho tiem­po en el fon­do. Y que una vez allí, lo su­yo es el re­go­deo en el fan­go y que más va­le en­con­trar la fe­li­ci­dad en la es­cla­vi­tud. Esclavos de las peo­res for­mas de no­so­tros mis­mos, del mons­truo que te­ne­mos en­ce­rra­do las per­so­nas de bien, pe­ro que en otros exi­ge sa­cri­fi­cios ca­da vez más gran­des en una hui­da ha­cia de­lan­te bus­can­do for­mas de sa­tis­fac­ción ca­da vez más ex­tre­mas. Después del fre­ne­sí des­truc­ti­vo que es Happiness in Slavery, una can­ción que no da tre­gua ni mu­si­cal­men­te ni con­cep­tual­men­te, Reznor se nos jus­ti­fi­ca con el si­guien­te te­ma: I tried and I gi­ve up. Se en­co­ge de hom­bros y nos de­ja pa­ra vol­ver a su celda.

    En de­fi­ni­ti­va, na­da me­jor pa­ra Halloween que re­cor­dar la au­tén­ti­ca ma­ne­ra de aca­bar he­chos tri­zas sin me­dia­ción de lo pa­ra­nor­mal. Y es que, si se dan las cir­cuns­tan­cias ade­cua­das, po­dría ser usted.

  • la casa como carcel para el amor perdido

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    Cuando un ser que­ri­do mue­re, cuan­do era real­men­te cer­cano, ja­más vol­ve­mos a ser los mis­mos de­bi­do a la im­po­si­bi­li­dad de acep­tar su per­di­da. Quizás po­da­mos so­bre­po­ner­nos y se­guir nues­tras vi­das pe­ro, en cual­quier ca­so, se­rá co­mo otra per­so­na com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te a la que era­mos. Y eso se ve bien en Hausu de Nobuhiko Obayashi.

    La pe­lí­cu­la co­mien­za pre­sen­tán­do­nos a Oshare una ado­les­cen­te mar­ca­da por la per­di­da de su ma­dre que es­pe­ra im­pa­cien­te la in­mi­nen­te lle­ga­da del ve­rano pa­ra es­tar con su pa­dre. Cual se­rá su sor­pre­sa cuan­do des­cu­bra que su pa­dre es­tá sa­lien­do con una mu­jer con la que pre­ten­de ca­sar­se y que irá con ellos de va­ca­cio­nes. Ella, do­li­da, de­ci­de ir­se a ca­sa de su tía, la her­ma­na de su ma­dre, pa­ra pa­sar las va­ca­cio­nes de ve­rano con sus ami­gas y, así, po­der co­no­cer la ca­sa don­de vi­vió su ma­dre an­tes de ca­sar­se. Lo que trans­cu­rre has­ta al­go así co­mo la mi­tad de la pe­lí­cu­la co­mo un azu­ca­ra­do ejer­ci­cio de es­ti­lo camp ja­po­nés aca­ba por con­ver­tir­se en una de las más bi­za­rras pe­sa­di­llas que ha­ya da­do el ci­ne de te­rror. Toda la ca­sa ac­túa con vi­da pro­pia in­ten­tan­do ma­tar a las jó­ve­nes nue­vas ha­bi­tan­tes de ella, a las cua­les va ase­si­nan­do una por una de las más bi­za­rras ma­ne­ras. No im­por­ta si es un piano que de­vo­ra chi­cas con frui­ción o una lam­pa­ra que elec­tro­cu­ta co­mo si se tra­ta­ra de una gui­llo­ti­na vo­la­do­ra, las muer­tes son con­ti­nua­das y siem­pre se dan en las más de las es­tram­bó­ti­cas e iró­ni­cas de las su­ce­sio­nes. Un piano so­lo te muer­de si eres mú­si­co y la pre­sa de una lam­pa­ra so­lo ocu­rri­rá si tu úni­ca ma­ne­ra de so­lu­cio­nar to­do es a gol­pe de kung-fu.

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  • entre el amor y la obsesión hay un nombre de mujer

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    La co­la­bo­ra­ción co­rre a car­go hoy de mi no­via Rak Zombie la cual nos de­lei­ta­rá ha­blán­do­nos de al­go de que lo sa­be mu­cho, de ci­ne de te­rror. Además pue­den en­con­trar­la en su tumblr de te­rror, co­sas mo­nas y pas­te­li­tos Ghouls and Cupcakes.

    Todo ser hu­mano ha sen­ti­do ra­bia de­bi­do al re­cha­zo de aque­llos que quie­re. Normalmente uno se re­sig­na y si­gue con su vi­da nor­mal, en The Loved Ones las co­sas no se ha­cen así.

    Brent es un jo­ven trau­ma­ti­za­do por la muer­te de su pa­dre, de la cual se cul­pa de­bi­do a un ac­ci­den­te de co­che cau­sa­do por la apa­ri­ción de una pre­sen­cia ex­tra­ña en la ca­rre­te­ra. El amor de su no­via le ha­ce se­guir en pie ca­da ma­ña­na y acu­dir al ins­ti­tu­to don­de pró­xi­ma­men­te se va a ce­le­brar el bai­le de fin de curso.

    Pero hay una co­sa que él no sa­be y es que al­guien más for­ma par­te de su vi­da. Será el mo­men­to en el que Lola apa­re­ce­rá en es­ce­na. Lola, una chi­ca tí­mi­da y re­traí­da, pi­de a Brent que va­ya al bai­le con ella pe­ro él la re­cha­za co­me­tien­do un gran error. La chi­ca y su pa­dre se­cues­tra­rán a Brent, lo lle­va­rán a una ca­sa dón­de se en­con­tra­rá un am­bien­te muy pa­re­ci­do al de La ma­tan­za de Texas y co­men­za­rán a ven­gar­se por ig­no­rar a su ad­mi­ra­do­ra secreta.

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  • aquellos dulces ojos inocentes

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    Cuando to­do va mal, cuan­do uno se sien­te un pa­ria in­clu­so den­tro de su pro­pio círcu­lo de amis­ta­des, si es que exis­te, las fuer­zas co­mien­zan a des­fa­lle­cer y las ideas sui­ci­das nu­blan la ra­zón. En ese jus­to ins­tan­te hay al­go que con­du­ce tus ac­tos ha­cia un fi­nal qui­zás tan irre­me­dia­ble co­mo de­sea­do. Y de es­to nos ha­bla My Neighbor Satan de los im­pres­cin­di­bles Boris.

    En un tono pau­sa­do, in­clu­so ape­sum­bra­do, se va de­sa­rro­llan­do una sen­ci­lla li­nea de ba­te­ría que acom­pa­ña el mu­ro de rui­do blan­co ori­gi­na­do por la gui­ta­rra que da for­ma al con­ti­nua­do pun­teo del ba­jo. Esto se re­pi­te una y otra y otra vez has­ta un cier­to es­ta­lli­do ha­cia el fi­nal tras el cual, se vuel­ve a la or­to­do­xia con­tem­pla­ti­va pa­ra, fi­nal­men­te, des­ha­cer­se en un ejer­ci­cio de es­ti­lo de pu­ro y ma­lé­vo­lo sto­ner. Toda la can­ción lle­va el rit­mo del sui­ci­da pro­ta­go­nis­ta de la le­tra. El es­tá allí, con­tem­pla­ti­vo y du­bi­ta­ti­vo de que ha­cer, la mú­si­ca le pe­ne­tra en el pe­cho co­mo la ho­ja del cu­chi­llo que uti­li­za­rá mien­tras se pre­gun­ta que le ha he­cho a la hu­ma­ni­dad en­te­ra pa­ra ser así des­pre­cia­do. El des­pre­cio de las per­so­nas nos pue­de lle­var a las más inefa­bles de las de­ci­sio­nes. Cuando nos sen­ti­mos ab­so­lu­ta­men­te so­los, cuan­do no nos que­da na­die que se dig­ne a es­cu­char­nos, a co­ger­nos de la mano, so­lo nos que­da arras­trar­nos co­mo gu­sa­nos por la sen­da de la oscuridad.

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