Autor: Álvaro Arbonés

  • la violencia del chiptune

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    La aso­cia­ción del chip­tu­ne con la mú­si­ca 8‑bits, siem­pre me­lo­dio­sa y vi­deo­jue­guil, es una de esas odio­sas cons­tan­tes que se dan en la blo­gos­fe­ra. Por eso tie­ne que ve­nir un gru­po de hard­co­re co­mo Horse The Band y aña­dir li­neas de chip­tu­ne co­mo si se tra­ta­ran de gui­ta­rras pa­ra que nos de­mos cuen­ta que hay mun­do más allá de los 8‑bits.

    En su dis­co The Mechanical Hand van po­co a po­co des­ho­jan­do una per­fec­ta com­bi­na­ción en­tre los so­ni­dos más or­to­do­xos del hard­co­re con una sen­si­bi­li­dad chip­tu­ne en­co­mia­ble. Las re­fe­ren­cias con­ti­nuas a Super Mario Bros (Birdo, The House of Boo) no ha­cen sino en­fa­ti­zar la bro­ma, ha­cen mú­si­ca ins­pi­ra­da en los vi­deo­jue­gos, no mú­si­ca de vi­deo­jue­gos. Así lo de­jan pa­ten­te en sus can­cio­nes: por un la­do por el vi­deo­jue­go con Lord Gold Throneroom, una es­pe­cie de fa­se de vi­deo­jue­go ba­sa­do en el ba­jis­ta del gru­po; por otro, por lo mu­si­cal, con The Black Hole, una can­ción de una téc­ni­ca su­bli­me en la cual el sin­te­ti­za­dor es uno más de los ins­tru­men­tos y no la ba­se de to­do el so­ni­do. Y así, en al­go más de cin­cuen­ta mi­nu­tos, con­si­guen crear un ma­ni­fies­to vi­vo de que de­be ser, ade­más, es­te es­ti­lo de música.

    Llegados es­te pun­to al­guien te­nía que en­se­ñar los dien­tes y dar un pu­ñe­ta­zo so­bre la me­sa pa­ra de­mos­trar lo que se pue­de ha­cer con el chip­tu­ne. A par­tir de hoy Boo y Birdo po­drán dor­mir con cal­ma sa­bien­do que Lord Gold ve­la por ellos. Y por nosotros.

  • hay amor en el mundo

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    En los po­li­cia­les clá­si­cos quien es el cul­pa­ble ya se sa­be en pri­me­ra ins­tan­cia, el tra­ba­jo es en­con­trar la ma­ne­ra de in­cul­par­le del cri­men que ha co­me­ti­do. El hé­roe, con una gran in­tui­ción pe­ro de al­ma tor­tu­ra­da, tie­ne que en­con­trar las prue­bas que res­pal­den sus co­ra­zo­na­das. Y es­to es Luther la se­rie del guio­nis­ta y es­cri­tor Neil Cross emi­ti­da en la BBC.

    Luther es un de­tec­ti­ve de la po­li­cía con una gran in­tui­ción e in­te­li­gen­cia pe­ro que, sin em­bar­go, le cues­ta so­bre­lle­var su con­vul­sa vi­da. Así se con­vier­te rá­pi­da­men­te en un ar­que­ti­po de de­tec­ti­ve clá­si­co, no so­lo tie­ne una gran ca­pa­ci­dad de­duc­ti­va e in­tui­ti­va sino tam­bién vie­ne acom­pa­ña­do de una por­ten­to­sa in­te­li­gen­cia. Él no lle­va ar­ma, siem­pre con­fía en su in­ge­nio. Todo gi­ra en­torno a las lu­chas men­ta­les que tie­ne Luther con­tra los cri­mi­na­les. Aunque no siem­pre sal­ga bien, aun­que no siem­pre ten­ga que ate­ner­se a la ley. Tanto John Luther co­mo Alice son in­te­li­gen­tes, ra­bio­sa­men­te in­te­li­gen­tes, y Neil Cross con­si­gue que real­men­te nos crea­mos que lo son. Lo son tan­to o más que no­so­tros o el pro­pio Cross. No se­ña­lan ob­vie­da­des evi­den­tes o suel­tan da­tos inú­ti­les pa­ra con­for­mar­se co­mo in­te­li­gen­tes. Dialogan, dis­cu­ten, dan sus pun­tos de vis­ta, tie­nen des­acuer­dos y se com­por­tan co­mo hu­ma­nos. Son per­fec­tas cons­truc­cio­nes hu­ma­nas, per­so­nas to­man­do decisiones.

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  • ni más ni menos

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    Para evi­tar un ata­que que pue­de he­rir­te lo me­jor es rea­li­zar an­tes uno que im­po­si­bi­li­te al enemi­go pa­ra ha­cer­lo. Eso de­bió pen­sar EA al oír los ru­mo­res de que Activision es­tá rea­li­zan­do Guitar Hero Queen, por eso ellos ata­can pri­me­ro con su apues­ta más fuer­te pa­ra es­te año: Los Chichos Rock Band.

    Sabiendo del gran ti­rón co­mer­cial en to­da Europa de Los Chichos han rea­li­za­do es­ta sor­pre­si­va ma­nio­bra, lan­zán­do­lo al mer­ca­do sin gran­des as­pa­vien­tos ni anun­cios. La clá­si­ca ju­ga­bi­li­dad de Rock Band se ve mu­ta­da li­ge­ra­men­te con los nue­vos pe­ri­fé­ri­cos de gui­ta­rra es­pa­ño­la y ca­ja fla­men­ca, aun sien­do, en esen­cia, el mis­mo jue­go. La ge­nial se­lec­ción de te­mas ha­rá las de­li­cias de los fans más acé­rri­mos que, de to­dos mo­dos, echa­ran en fal­ta clá­si­cos co­mo Ni más ni me­nos. No ha tar­da­do EA en un co­mu­ni­ca­do en afir­mar que en un fu­tu­ro DLC sa­ca­rán es­ta y otras can­cio­nes mí­ti­cas pa­ra com­ple­men­tar el jue­go. En lo vi­sual se agra­de­ce la in­clu­sión de vi­deo­clips y di­rec­tos del gru­po con­ver­ti­dos en HD que, ade­más, son des­blo­quea­bles pa­ra ver en el me­nú cuan­do se con­clu­yen en el mo­do ca­rre­ra. Además, pa­ra los que ne­ce­si­ten al­gu­na ra­zón más, se in­clu­yen can­cio­nes de otros gru­pos afi­nes des­ta­can­do es­pe­cial­men­te al­gu­nos te­mas de Los Chunguitos y Las Grecas.

    Una vez más EA y Harmonix nos sor­pren­den muy gra­ta­men­te al acer­car­se a gru­pos de una ca­li­dad con­tras­ta­da. Sus pre­vi­sio­nes de ven­tas, aun­que al­go in­fe­rio­res a las de ro­bo, de cum­plir­se, lo al­za­rán co­mo uno de los jue­gos más ven­di­dos de la his­to­ria. Ahora nos que­da es­pe­rar la res­pues­ta de Activision, que ru­mo­rea la po­si­bi­li­dad de un Guitar Hero Camarón. Para que tú lo bai­les, pa­ra que tú lo to­ques, pa­ra que tú lo cantes.

  • Entre las costuras del tiempo (fílmico)

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    Se es en el tiem­po; por ex­ten­sión, el tiem­po pa­sa­do es una ne­ga­ción cons­tan­te del pro­yec­to que ya no so­mos, pe­ro que aun se­re­mos. La vi­da, co­mo la he­roí­na, es un vam­pi­ro que nos fa­go­ci­ta len­ta­men­te has­ta lle­gar a los tí­tu­los de cré­di­to. El ar­te co­mo vam­pi­ris­mo nos se­du­ce y lle­va más allá del tiem­po, que que­da per­pe­tua­do en un bu­cle tem­po­ral que se re­pi­te ad in­fi­ni­tum sin aca­bar ja­más de si­tuar­se más que co­mo apa­ri­ción de un tiem­po au­tén­ti­co. Algo así pa­re­ce de­cir­nos Iván Zulueta con su ope­ra mag­na, Arrebato.

    José Sirgado, un di­rec­tor de ci­ne que ha aca­ba­do por odiar el ci­ne, re­ci­be una ex­tra­ña gra­ba­ción de un an­ti­guo co­no­ci­do, un ci­neas­ta ama­teur ob­se­sio­na­do con el sú­per 8; con par­si­mo­nia se va des­gra­nan­do co­mo se co­no­cie­ron y co­mo han lle­ga­do a sus res­pec­ti­vas si­tua­cio­nes, lle­gan­do has­ta el pun­to ce­ro de la ecua­ción: la adic­ción a la he­roí­na co­mo pa­ra­le­lis­mo a la adic­ción a la bús­que­da del éx­ta­sis a tra­vés de la fil­ma­ción. La bús­que­da del arre­ba­to, del éx­ta­sis, se mi­ra en el es­pe­jo no del hom­bre mís­ti­co, es­pe­ran­do una re­ve­la­ción, sino en la del poe­ta, bus­can­do ob­ser­var los lí­mi­tes del in­fi­ni­to. Se vi­ve y se mue­re en la na­tu­ra­le­za, en lo fi­ni­to, en la do­sis o en lo que du­re el ce­lu­loi­de; la fi­ni­tud nos vam­pi­ri­za a ca­da mo­men­to, to­do tiem­po pa­sa­do ya es­tá muer­to, to­do re­cuer­do o gra­ba­ción es una ima­gen de lo que ya no será.

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  • puedo ver más allá de tu belleza

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    En oca­sio­nes al­go ya lo he­mos vi­vi­do y, en oca­sio­nes aun más es­pe­cia­les, ya he­mos co­no­ci­do a al­guien. Esas per­so­nas úni­cas y es­pe­cia­les sa­be­mos que han es­ta­do siem­pre atra­ve­san­do nues­tra vi­da, si­len­cio­sas pe­ro evi­den­tes. Y es lo que ve­mos en Two Times You de Marlon Dean Clift.

    Con un de­li­ca­do y su­til piano so­bre una ba­se ce­les­tial la voz so­bre­vue­la pa­cien­te a me­dio ca­mino en­tre los ada­li­des del jazz más ar­mo­nio­so y am­bien­tal. El re­sul­ta­do, pre­cio­so, no ha­ce más que en­fa­ti­zar la be­lle­za in­ter­na de la pro­pia can­ción. El des­tino, una chi­ca, al­go que ya he­mos vi­vi­do pe­ro sa­be­mos que, así, es­tá bien y que po­dría­mos vi­vir siem­pre a la luz de sus cá­li­dos ojos. Las trom­pe­tas, co­mo las du­das, co­mo el tiem­po, nos ha­cen plan­tear­nos y pen­sar que hay de cier­to en es­te oní­ri­co e ideal cuen­to de ha­das don­de nun­ca po­de­mos sa­ber con cer­te­za que es lo que sentimos.

    Mientras las úl­ti­mas no­tas se eva­po­ran en el ai­re so­lo que­da la cer­te­za de que no po­de­mos huir de la sin ra­zón de nues­tro des­tino. Sea el des­tino, sea so­lo una chi­ca lo im­por­tan­te es lo que nos ha­ce sen­tir. El amor o el infinito.