Autor: Álvaro Arbonés

  • espacio desmembrado

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    Todos mis com­pa­ñe­ros de cla­se que­rían ser ma­ri­nes es­pa­cia­les cal­vos que por­ta­ran ar­mas lo más gran­des y des­truc­ti­vas po­si­ble pa­ra ex­ter­mi­nar al­gu­na cla­se de ame­na­za alie­ní­ge­na mien­tras se pa­ra­pe­ta­ban en co­ber­tu­ras des­trui­bles. Yo soy el chi­co ra­ro de mi ge­ne­ra­ción, ¿que te pue­de ofre­cer un po­bre in­ge­nie­ro que no pue­da apor­tar un mus­cu­li­tos cal­vo y des­ce­re­bra­do en una na­ve per­di­da en el espacio?

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  • yes we ken!

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    Existen obras que por me­ra ca­sua­li­dad o por la ge­nia­li­dad de su au­tor con­si­guen ade­lan­tar­se a la reali­dad de su tiem­po, co­mo por ejem­plo va­ti­ci­nar la ca­rre­ra al po­der de un no-anglosajón por la pre­si­den­cia a la Casa Blanca, pe­ro en Eagle es un ja­po­nes de ter­ce­ra ge­ne­ra­ción en vez de un mes­ti­zo negro.

    Eagle es una obra de Kaiji Kawaguchi que nos ha­bla de co­mo lle­ga un hom­bre a ser pre­si­den­te de la na­ción más po­de­ro­sa del mun­do. Una his­to­ria lle­na de co­rrup­ción, ma­las ar­tes y en al­gu­nos ca­sos, es­pe­ran­zas y amor, con his­to­rias pa­ra­le­las co­mo la del pe­rio­dis­ta Takashi Jo, hi­jo bas­tar­do del fu­tu­ro pre­si­den­te Keneth Yamaoka y pe­rio­dis­ta per­so­nal de es­te pa­ra que es­cri­ba su historia.

    Lo más cu­rio­so de es­te man­ga es co­mo el au­tor re­tra­ta to­do el am­bien­te po­lí­ti­co, no es na­da que sor­pren­da a los fans de El Ala Oeste de la Casa Blanca o The War Room (pe­lí­cu­la que sir­vió de ins­pi­ra­ción a Kawaguchi, por otra par­te) pe­ro que ha­ce un im­por­tan­te re­tra­to, pa­ra lo bueno y lo ma­lo, de la po­lí­ti­ca y lo que la mue­ve, que no siem­pre es la pro­pia po­lí­ti­ca. Todo es­to se sos­tie­ne gra­cias a unos per­so­na­jes bien cons­trui­dos re­pre­sen­ta­cio­nes de per­so­na­jes reales, ya sea Bill Clydon, Al Noah o George Tuck. Pese a to­do, el pe­so ge­ne­ral de la obra cae una y otra vez en el ca­ris­ma y po­der de Keneth Yamaoka que siem­pre da la vuel­ta a los pro­ble­mas inesperadamente.

    Eagle es así la for­ja de un pre­si­den­te y tam­bién, la for­ja del en­ten­di­mien­to de los me­ca­nis­mos políticos.

  • Seul ya no nos quiere

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    Está bas­tan­te ex­ten­di­da la vi­sión de que Corea no pa­sa de ser una pro­duc­to­ra de co­me­dias ro­mán­ti­cas y au­teurs de la ín­do­le más ga­fa­pas­ta ima­gi­na­ble, al igual que pa­re­ce que China so­lo es el wu­xia, Hollywood las su­per­pro­duc­cio­nes de George Lucas y que Inglaterra em­pie­za y aca­ba con James Bond. De to­do es­to se ríe el di­rec­tor co­reano Ryu Seung-wan en su co­me­dia de aven­tu­ras y es­pio­na­je Dachimawa Lee.

    Dachimawa Lee es un es­pía del fren­te de li­be­ra­ción de Corea, el me­jor de to­dos los es­pías, el úni­co ca­paz de re­cu­pe­rar el bu­da do­ra­do don­de es­ta la lis­ta de los es­pías que bus­can fi­nan­cia­ción en el ex­tran­je­ro pa­ra la cau­sa de la in­de­pen­den­cia co­rea­na. A su pa­so los ciu­da­da­nos le ado­ran y ad­mi­ran mien­tras que aque­llos que se en­fren­tan con el aca­ban su­pli­can­do por su vi­da. Su be­lle­za des­lum­bra a to­das las fé­mi­nas y sus com­pa­ñe­ras siem­pre son sus nue­vas aman­tes. Una suer­te de es­te­reo­ti­po de James Bond lle­va­do al ex­tre­mo cu­yo pa­pel os­ci­la en­tre la épi­ca con sor­na y el ex­tre­mo ri­dícu­lo o am­bas a la vez cuan­do ma­ta a su me­jor ami­go he­ri­do por unos es­pías ri­va­les al as­fi­xiar­lo con sus pro­pias fle­mas y mo­cos. Dachimawa Lee es he­roi­co des­de su ridiculez.

    Desde el prin­ci­pio has­ta el fi­nal no pa­ra de pa­ro­diar la per­fec­ción de James Bond, los ade­ma­nes aven­tu­re­ros de Indiana Jones y las co­reo­gra­fías exa­ge­ra­das del wu­xia, to­do pa­ra aca­bar en una di­ver­ti­da his­to­ria de aven­tu­ras que nos de­ja en­tre la fas­ci­na­ción y la pu­ra car­ca­ja­da con­ti­nua­men­te. Porque el hé­roe del si­glo XXI no es un aven­tu­re­ro, es un comediante.

  • Siempre hay canciones en los dibujos animados

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    En una so­cie­dad don­de el mu­si­cal es­ta vis­to co­mo una pa­to­cha­da y un ar­te me­nor, es cu­rio­so co­mo ha con­se­gui­do ha­cer­se un hue­co en­tre las pe­lí­cu­las de ani­ma­ción por cul­pa del efec­to Disney —sien­do és­te el inane pe­ro efec­ti­vo acon­te­ci­mien­to que se da en la ne­ce­si­dad por par­te de to­dos los per­so­na­jes de di­bu­jos ani­ma­dos de po­ner­se a can­tar, in­clu­so cuan­do no res­pon­de de for­ma cohe­ren­te con la na­rra­ción — . Siempre se han bur­la­do de ello en Las Macabras Aventuras de Billy y Mandy, por lo cual es ló­gi­co que lo lle­va­ran has­ta el ex­tre­moen el nu­me­ro mu­si­cal de su pri­me­ra pe­lí­cu­la, La Gran Aventura de Billy y Mandy con el Coco.

    Scary‑o es un can­to a no te­ner mie­do des­de la ab­so­lu­ta sub­nor­ma­li­dad, Billy nos ani­ma a no te­ner mie­do por que na­da es tan gra­ve y por­que, a fin de cuen­tas, te­ne­mos de­ma­sia­da ham­bre pa­ra te­mer na­da. Sin exal­ta­cio­nes de la amis­tad, el va­lor, el ho­nor o el amor, so­lo de la es­tu­pi­dez en su for­ma más pu­ra. Todo re­ma­ta­do con un gui­ta­rris­ta Tío Cosa con ves­tua­rio de Slash can­tan­do con un Billy Stardust en un jue­go de re­fe­ren­cias que ya que­rría pa­ra si Padre de Familia.

    He aquí la de­fi­ni­ti­va ope­ra rock de los di­bu­jos ani­ma­dos sos­te­ni­da des­de el mu­si­cal bien en­ten­di­do y la acep­ta­ción de los in­gre­dien­tes de­fi­ni­ti­vos: el ab­sur­do y la estupidez.

  • Murciélagos detectives en sociedades antropomórficas

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    Billy Bat es un de­tec­ti­ve pri­va­do, cual­quie­ra di­ría que ser un mur­cié­la­go es un pro­ble­ma de no ser por­que vi­ve en un mun­do de ani­ma­les an­tro­po­mor­fos. De ca­rác­ter so­brio y fuer­te, es el tí­pi­co de­tec­ti­ve: so­lo le im­por­ta ha­cer bien su tra­ba­jo, aun­que sea al­go tan ni­mio co­mo si la mu­jer del se­ñor Edward Costello le es in­fiel. Y va­ya si lo es. Cuando va a co­mu­ni­car­le las ma­las no­ti­cias apa­re­ce muer­te y to­do se pre­ci­pi­ta: ma­to­nes ad­vir­tién­do­le su fu­nes­to fu­tu­ro si me­te el ho­ci­co, la mu­jer de Costello en su ofi­ci­na, una ex­tra­ña or­ga­ni­za­ción, mu­chas in­cóg­ni­tas y nin­gu­na res­pues­ta. El sus­pen­se es­tá servido.

    Un cu­rio­so có­mic que da­ta de 1949 de ma­nos del au­tor Kevin Yamagata, el cual vi­vió en su vi­da una con­se­cu­ción de su­ce­sos ex­tra­ños dig­nos de un man­ga de Urasawa. Porque to­do pre­ci­pi­tar es siem­pre un en­fren­tar­se al va­cío po­si­ble de lo desconocido.