Autor: Álvaro Arbonés

  • Ni cielo ni infierno en el mundo bajo los cielos. Lista (de listas) del 2017

    Ni cielo ni infierno en el mundo bajo los cielos. Lista (de listas) del 2017

    Vivir en el in­fierno tie­ne el pro­ble­ma de ha­cer im­po­si­ble ver más allá de có­mo evi­tar el do­lor, vi­vir en el cie­lo tie­ne el pro­ble­ma de ha­cer im­po­si­ble ver más allá de có­mo en­tre­gar­se al pla­cer. Tal vez por eso so­mos hu­ma­nos. Porque ha­bi­ta­mos el mun­do. Porque exis­ten mo­men­tos trá­gi­cos, pe­que­ñas ale­grías, gran­des de­cep­cio­nes y enor­mes sor­pre­sas. No exis­te na­da uní­vo­co. Incluso lo que pa­re­cía se­gu­ro to­da­vía pue­de sor­pren­der­nos; has­ta aque­llo que se mos­tra­ba co­mo in­fle­xi­ble pue­de rom­per­se pa­ra ge­ne­rar re­sul­ta­dos insospechados.

    Con to­do, el 2017 ha pa­re­ci­do un spin-off más bien ra­ro del 2016. Se nos han muer­to po­cos hé­roes, pe­ro mu­chos se han des­cu­bier­to co­mo mons­truos. Donald Trump (y tan­tos otros que nos caen más cer­ca) sigue(n) en el po­der, pe­ro no pa­re­ce que nos ha­ya­mos acos­tum­bra­do. Continúa la pe­sa­di­lla, pe­ro la pe­sa­di­lla ha cam­bia­do. Porque has­ta la par­te que tie­ne de sue­ño, ha si­do muy di­fe­ren­te: ha si­do un gran año pa­ra el vi­deo­jue­go, el ci­ne y la mú­si­ca. Parece que ha si­do al­go más ti­bio pa­ra la li­te­ra­tu­ra y la te­le­vi­sión. Es de­cir, to­do si­gue igual, pe­ro to­do es dis­tin­to. Hay cam­bios. No nos acos­tum­bra­mos y po­de­mos atis­bar la po­si­bi­li­dad de un cam­bio. Incluso si no sa­be­mos dón­de co­men­za­rá. O cómo.

    No nos ex­ten­da­mos más. Si vi­vi­mos en el mun­do, no en el cie­lo ni en el in­fierno, lo su­yo es que ha­blen quie­nes lo ha­bi­tan. Y de ahí la lis­ta: pa­ra co­ger el pul­so a lo que siem­pre se nos es­ca­pa una vez creía­mos ha­ber­lo com­pren­di­do. Porque eso es el mun­do. Un lu­gar ex­tra­ño y hos­til don­de, si pue­des so­bre­po­ner­te al ries­go, hay un mon­tón de for­mas de divertirse.

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  • Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores Prohibidos ha vuel­to. Y lo ha­ce de for­ma irre­gu­lar, errá­ti­ca y el día que no to­ca­ba. ¿Por qué? Porque a ve­ces la vi­da no de­ja tiem­po ni pa­ra po­ner en or­den dos ideas, un pu­ña­do de en­la­ces y ele­gir en­tre me­dia do­ce­na de dibujos. 

    En es­tas dos se­ma­nas ha da­do tiem­po pa­ra mu­cho. Por ejem­plo, pa­ra ha­blar de vi­deo­jue­gos re­tro, ci­ne asiá­ti­co y ese gé­ne­ro ¿muer­to? Conocido co­mo va­por­wa­ve en lo que co­rres­pon­de a Canino. Para Cinemanía, por su par­te, he po­di­do ha­blar de dos gran­des di­rec­to­res co­mo son Bong Joon-ho y Sunao Katabuchi. Y no aca­ba ahí el ci­ne. Porque en Letterboxd he te­ni­do tiem­po pa­ra es­cri­bir crí­ti­cas no só­lo de to­da la fil­mo­gra­fía de Katabuchi, sino tam­bién pa­ra ha­blar de clá­si­cos an­ti­guos, co­mo La Matanza de Texas, o clá­si­cos fu­tu­ros, co­mo Baby Driver. Además, si­guien­do con la idea de los clá­si­cos, en Studio Suicide ha­blo de un pu­ña­do de ellos. Como lo ha­go en Goodreads so­bre la con­ti­nua­ción del man­ga de Sherlock y el clá­si­co en­tre clá­si­cos, que, por fin, es­tá pu­bli­ca­do en es­pa­ñol: JoJo’s Bizarre Adventure.

    Pero bas­ta. No más. Es su­fi­cien­te. ¿Para qué se­guir le­yén­do­me ha­cer un su­ma­rio de to­do lo que en­con­tra­rás pa­sa­das es­tas pa­la­bras si só­lo tie­nes que sal­tar­te los pri­me­ros tres pá­rra­fos y acu­dir di­rec­ta­men­te a lo que im­por­ta? Cada vez son me­nos im­por­tan­tes las in­tro­duc­cio­nes. Cada vez es más im­por­tan­te ir al grano. Ir di­rec­tos a lo que im­por­ta. Y lo que im­por­ta, en Colores prohi­bi­dos, es lo conectado. 

    Lo que hago

    9 videojuegos clásicos imprescindibles (y cómo jugarlos. Ahora mismo) | Canino

    No es fá­cil ac­ce­der a jue­gos an­ti­guos. Dada la es­ca­la­da ar­ma­men­tís­ti­ca que su­po­ne la eter­na ne­ce­si­dad de no­ve­da­des en la in­dus­tria del vi­deo­jue­go, po­cas com­pa­ñías po­nen nin­gún mi­mo en man­te­ner sus ca­tá­lo­go dis­po­ni­bles. Lo cual es una pe­na. Porque no só­lo nos obli­gan a re­cu­rrir a mé­to­dos ale­ga­les pa­ra ju­gar sus jue­gos, sino que tam­bién nos ha­cen per­der tiem­po tras­tean­do con emu­la­res y ROMs. 

    Nintendo anuncia SNES Mini y estos son sus 4 juegos de los que no has oído hablar | Canino

    Tras el éxi­to de NES Mini era evi­den­te que no tar­da­ría en lle­gar la SNES Mini. Y aquí es­tá. La ver­sión en mi­nia­tu­ra de la SNES ven­drá con dos man­dos, y vein­tiún jue­gos, en­tre los que hay clá­si­cos in­dis­cu­ti­bles co­mo Kirby Super Star, Super Mario World o The Legend of Zelda: A Link to the Past. Además de clá­si­cos aje­nos a la pro­pia Nintendo co­mo Secret of Mana o Super Clastevania 4. Sale el 29 de sep­tiem­bre y, a fal­ta de con­fir­ma­ción del pre­cio ofi­cial en nues­tro te­rri­to­rio, en EEUU cos­ta­rá 79 do­la­res. Al me­nos si con­si­gues com­prar­la an­tes de que se agoten.

    Bong Joon-ho – Entre el activismo y la familia | Canino

    A ve­ces ol­vi­da­mos la im­por­tan­cia de la fa­mi­lia. Cuando to­do lo de­más fa­lla, cuan­do to­do se vie­ne aba­jo, en las úni­cas per­so­nas que po­de­mos con­fiar a cie­gas es aque­llos que nos quie­ren de for­ma in­con­di­cio­nal. Por eso fa­mi­lia no es ne­ce­sa­ria­men­te aque­llos con quie­nes com­par­ti­mos ge­nes, sino con quie­nes com­par­ti­mos sen­ti­mien­tos. En oca­sio­nes la fa­mi­lia pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos san­gres, pe­ro tam­bién pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos un sue­ño, un ideal o un sen­ti­mien­to. Incluso, en al­gu­nos ca­sos, per­so­nas que no son per­so­nas. ¿O es que aca­so no pue­de ser fa­mi­lia un cer­do gigante?

    Bong Joon-ho no tie­ne du­das. Al fi­nal lo úni­co que te­ne­mos es a las per­so­nas que que­re­mos y nos quie­ren. Ese es el te­ma pri­mor­dial de su ci­ne. Y pa­ra de­mos­trar­lo, y pa­ra que cual­quie­ra pue­da aden­trar­se en su obra con ga­ran­tías, he­mos he­cho es­ta guía. Para que co­noz­cas a Bong Joon-ho co­mo si fue­ra de tu pro­pia familia.

    Pesadilla en el centro comercial: vida y muerte del vaporwave | Canino

    Esto no es un ar­tícu­lo. Es una exhu­ma­ción. Y una en la cual, ade­más, ya no que­da ni ca­dá­ver que en­se­ñar­le al juez, si nos guia­mos por lo que se lee por ahí: el va­por­wa­ve (esa co­sa que po­dría ser un mo­vi­mien­to mu­si­cal y ar­tís­ti­co) lle­va re­ci­bien­do cer­ti­fi­ca­dos de de­fun­ción des­de ha­ce más de un lus­tro. Los re­ci­bió jus­to des­pués de su na­ci­mien­to, allá por 2010. También en 2015, cuan­do Sandtimer pu­bli­có el ele­pé Vaporwave is Dead. La MTV pu­do ha­ber­le da­do la pun­ti­lla ese mis­mo año, y, aho­ra que lle­ga su sép­ti­mo ani­ver­sa­rio, los ar­ticu­los so­bre su es­ta­do pu­tre­fac­to ya no ha­cen ni gra­cia. Hasta en Forocoches se han re­par­ti­do es­que­las, no de­ci­mos más.

    The Mo Brothers. El cine de Indonesia más allá de ‘The Raid’ | Canino

    Para mu­chas per­so­nas no exis­te na­da fue­ra de EEUU. No ar­tís­ti­ca­men­te ha­blan­do. Salvo la mí­ni­ma de­fe­ren­cia te­le­vi­si­va que se tie­ne ha­cia los paí­ses nór­di­cos pa­ra el noir y ha­cia Inglaterra pa­ra el his­tó­ri­co, to­do lo que se nos ofre­ce sue­le es­tar cor­ta­do por los gus­tos he­ge­mó­ni­cos de la co­lo­nia go­ber­na­da por el hom­bre del pe­lu­quín de oro. Porque la épo­ca del post-colonialismo, de la im­po­si­ción cul­tu­ral vía ca­pi­ta­lis­mo neo-liberal, es­tá muy le­jos de ha­ber concluido.

    7 películas que ver antes de Okja | Cinemania

    Bong Joon-Ho pa­re­ce lan­za­do. Tras el exi­to­so des­em­bar­co en oc­ci­den­te que su­pu­so Snowpiercer, su pró­xi­ma pe­lí­cu­la ha te­ni­do gran re­per­cu­sión en los me­dios. Aunque tal vez no por los me­jo­res mo­ti­vos po­si­bles. Pero ob­vian­do po­lé­mi­cas con Cannes y Almodovar de por me­dio, Okja, que se es­tre­na el 28 de ju­nio en Netflix, nos pro­me­te al­go muy pro­pio del di­rec­tor co­reano: mons­truos gi­gan­tes, crí­ti­cas al ca­pi­ta­lis­mo, so­fla­mas eco­lo­gis­tas y ni­ños pro­ta­go­nis­tas a los cua­les da ga­nas de abra­zar. Algo po­co co­mún en el ci­ne. Y pa­ra ce­le­brar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las pa­ra ir pre­pa­rán­do­nos pa­ra su desembarco. 

    Sunao Katabuchi: el hombre que no era Miyazaki | Cinemania

    Studio Ghibli tie­ne un pa­trón muy cla­ro pa­ra sus per­so­na­jes pro­ta­go­nis­tas. Chicas jó­ve­nes, fuer­tes, con los pies en el sue­lo. Similar al clá­si­co pro­ta­go­nis­ta de li­bro in­fan­til, pe­ro lle­va­do al gé­ne­ro con­tra­rio. Al que his­tó­ri­ca­men­te se le han prohi­bi­do las aventuras. 

    Porque si de al­go es­tá tru­fa­do Studio Ghibli es de aven­tu­ras. De ima­gi­na­ción. De ese es­pí­ri­tu in­fan­til que nos per­mi­te ver un océano en una go­ta de agua y un rei­no en un par de nubes. 

    Pero eso no es al­go ex­clu­si­vo de Studio Ghibli. O pa­ra ser exac­tos, Hayao Miyazaki com­par­te ese gus­to con otras mu­chas per­so­nas. Algunas de esas per­so­nas, an­ti­guos co­la­bo­ra­do­res. Porque mu­cho an­tes de que Miyazaki fue­ra uno de los gran­des nom­bres del ani­me, fue tam­bién un jo­ven pro­me­te­dor con mu­cho que de­mos­trar. Y a su la­do ha­bía un hom­bre que só­lo aho­ra pa­re­ce que ha con­se­gui­do des­ta­car en oc­ci­den­te: Sunao Katabuchi.

    La música de Marie, de Usumaru Furuya | CuCo. Cuadernos de Cómic

    A ve­ces pa­sa­mos por al­to las di­fe­ren­cias cul­tu­ra­les. No las gran­des di­fe­ren­cias. Esas son im­po­si­bles de ob­viar. Y no po­cas ve­ces, aque­llas ni si­quie­ra exis­ten. Pero los pe­que­ños de­ta­lles, las di­fe­ren­tes for­mas de ver un mis­mo sus­tra­to co­mún, son co­sas tan su­ti­les que aca­ban pa­san­do des­aper­ci­bi­do. En otras pa­la­bras, aun­que al fi­nal to­das las cul­tu­ras aca­ban pa­re­cién­do­se en más co­sas que en la que se di­fe­ren­cian, al fi­nal son las pe­que­ñas va­ria­cio­nes en don­de se po­ne el fo­co lo que per­mi­te en­ten­der el pen­sa­mien­to de otra cultura.

    Multiverso, de Grant Morrison | CuCo. Cuadernos de Cómic

    Desde ha­ce mu­chos años es prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble en­trar en el uni­ver­so de los có­mics ame­ri­ca­nos. Ya sea Marvel o DC, en­tre re­boots, cri­sis en tie­rras in­fi­ni­tas, gue­rras se­cre­tas y ma­cro even­tos ab­so­lu­ta­men­te in­in­te­li­gi­bles pa­ra quien no ten­ga un co­no­ci­mien­to tan en­ci­clo­pé­di­co co­mo des­pren­di­do sea en sus gas­tos men­sua­les en gra­pas, en­ten­der có­mo han ido evo­lu­cio­nan­do los su­per­hé­roes y sus mun­dos a lo lar­go del tiem­po re­sul­ta una ta­rea ar­dua. Indigna. Difícil pa­ra el lec­tor ca­sual, pe­ro di­rec­ta­men­te im­po­si­ble pa­ra quien pre­ten­da en­trar en el mun­do de los su­per­hé­roes por pri­me­ra vez.

    Sherlock: El Banquero Ciego, de Steven Moffat, Mark Gatiss y Jay | Goodreads

    En el có­mic ocu­rre al­go in­tere­san­te: es tan im­por­tan­te lo li­te­ra­rio co­mo lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor es in­ca­paz de es­cri­bir diá­lo­gos con­vin­cen­tes o lo­grar un rit­mo na­rra­ti­vo ade­cua­do, ni el me­jor di­bu­jo del mun­do sal­va­ra la obra. Por el con­tra­rio, ni un ex­ce­len­te guión ni unas ge­nia­les lí­neas de diá­lo­go po­drán sal­var un mal di­bu­jo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que exis­te un po­si­ble ter­cer pro­ble­ma. Uno que aú­na lo li­te­ra­rio y lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor no sa­be lle­var a su te­rreno el or­den com­po­si­ti­vo de las vi­ñe­tas o los pla­nos, no im­por­ta lo bien na­rra­do que es­té, el rit­mo tre­pi­dan­te que ten­ga o el di­bu­jo pre­cio­sis­ta que de­ten­te, la obra re­sul­tan­te se­rá un fra­ca­so ilegible. 

    En el ca­so de El ban­que­ro cie­go, si­gue la mis­ma lí­nea que Estudio en ro­sa. Dibujo cum­pli­dor, guión bien adap­ta­do, sen­sa­ción gra­ti­fi­can­te ge­ne­ral. Pero tie­ne un pro­ble­ma. Y es que en lo que aquel era un pe­que­ño pro­ble­ma, aquí es uno enorme.

    JoJo’s Bizarre Adventure, Part I: Phantom Blood, tomo 01 , de Hirohiko Araki | Goodreads

    Toda his­to­ria tie­ne un co­mien­zo. Siempre ar­bi­tra­rio. A ve­ces, in­clu­so cues­tio­na­ble. Pero lo que es cier­to es que to­da his­to­ria de­be em­pe­zar en al­gún si­tio. Y por lo ge­ne­ral, ese ori­gen no es el pri­mer mo­men­to que con­du­jo ha­cia los acon­te­ci­mien­tos que nos lle­van al con­flic­to, sino el ins­tan­te an­te­rior al conflicto.

    En el pri­mer to­mo de JoJo’s Bizarre Adventure ocu­rre al­go cu­rio­so: exis­ten dos prin­ci­pios. El prin­ci­pio de la se­rie y el prin­ci­pio del ar­co, Phantom Blood. Ambos se so­la­pan, su­per­po­nen y dan con­tex­to mu­tua­men­te. El prin­ci­pio de la se­rie tra­ta so­bre ri­tos an­ti­guos de pue­blos pre-colombinos, más­ca­ras fu­nes­tas y la bús­que­da de la in­mor­ta­li­dad; el prin­ci­pio del ar­co tra­ta so­bre Jonathan Joestar, un jo­ven blan­do y con­sen­ti­do que as­pi­ra a ser un ca­ba­lle­ro, y Dio Brando, un jo­ven ma­quia­vé­li­co y re­sa­bia­do que as­pi­ra a apo­de­rar­se de la for­tu­na de los Joestar. Con to­do eso te­ne­mos to­dos los in­gre­dien­tes pa­ra lo que es tan­to la se­rie co­mo es­te ar­co en par­ti­cu­lar. Tenemos las gran­des pa­sio­nes, la ac­ción cons­tan­te y el tono big­ger than li­fe ra­yano lo ri­dícu­lo; pe­ro tam­bién el de­sa­rro­llo à la no­ve­la gó­ti­ca, co­mo si fue­ra más un rip off ele­gan­tí­si­mo de Cumbres bo­rras­co­sas más que un man­ga de la Shōnen Jump.

    Christopher Doyle: Filming in the Neon World | Letterboxd

    Christopher Doyle es có­mo ma­ne­ja la luz. 

    Este fa­mo­so di­rec­tor de fo­to­gra­fía, co­no­ci­do por su he­te­ro­do­xo acer­ca­mien­to a su dis­ci­pli­na —lle­na de efec­tos, usan­do mu­cha ilu­mi­na­ción am­bien­tal, ca­gán­do­se en to­das las re­glas no-escritas de la fo­to­gra­fía — , lo es por có­mo ha he­cho de su mo­do de ges­tio­nar la luz su par­ti­cu­lar se­ña de iden­ti­dad. Porque mu­cho an­tes de Nicolas Winding Refn, cuan­do ha­blá­ba­mos de lu­ces de neon —que no de co­lo­res neon, equí­vo­co co­mún de mu­cha gen­te: lo de Refn son co­lo­res, lo de Doyle lu­ces — , ha­bla­mos de es­te se­gun­do. Hablamos de Doyle. 

    En este lugar del mundo, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    En la vi­da no po­see­mos el tiem­po. Lo cual im­pli­ca que no po­see­mos la vi­da. Todo pa­sa, to­do ocu­rre, y nues­tro lu­gar en el mun­do es tem­po­ral. Pero na­da de eso nos qui­ta re­le­van­cia. Mientras es­ta­mos vi­vos, es­ta­mos ata­dos a los otros y sus cir­cuns­tan­cias; só­lo en tan­to so­mo pa­ra los otros, en­con­tra­mos un rin­cón que po­de­mos lla­mar propio. 

    Arete Hime, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    Todos sa­be­mos có­mo aca­ba­ran las his­to­rias de prin­ce­sas. Incluso cuan­do Disney es­tá de­trás, la prin­ce­sa siem­pre en­con­tra­rá el amor, des­cu­bri­rá que su fuer­za ra­di­ca en los otros y que, al la­do de un hom­bre —o en tiem­pos mo­der­nos, de su no­ble fa­mi­lia — , pue­de lo­grar to­do lo que se pro­pon­ga. Porque es una prin­ce­sa. Porque es, de fac­to, al­guien con más po­der, y más po­si­bi­li­dad de in­fluir so­bre el des­tino de su tie­rra, que prác­ti­ca­men­te cual­quier otro ser humano.

    Mai Mai Miracle, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    Shinko Aoki vi­ve en el pa­sa­do. Como una suer­te de Sei Shōnagon in­fan­til y pa­sa­da de vuel­tas. En el pre­sen­te tie­ne a su abue­lo, la tran­qui­la vi­da en el cam­po y sus ami­gos del co­le­gio. En el pa­sa­do tie­ne una vi­da de prin­ce­sa y la po­si­bi­li­dad de vi­vir ex­tra­ñas aven­tu­ras, aun­que ex­tra­ñas más por des­co­lo­ca­das en el tiem­po que por des­con­cer­tan­tes. Al me­nos, has­ta que apa­re­ce una ni­ña nue­va en el pue­blo. Y con ella, con Kiiko Shimazu, ten­drá que apren­der a vi­vir tam­bién en el presente.

    The Texas Chain Saw Massacre, de Tobe Hooper | Letterboxd

    Algunas pe­lí­cu­las son eter­nas. No por­que per­du­ren, sino por­que en esa eter­ni­dad po­si­ble siem­pre ca­be la po­si­bi­li­dad de vol­ver a ellas. No se ago­tan. Pues su tex­to, su sub­tex­to y su téc­ni­ca siem­pre tie­nen otra vuel­ta de tuer­ca. Otra for­ma de mos­trar­se que, has­ta el mo­men­to, nos ha­bía pa­sa­do desapercibida. 

    Eso pue­de so­nar iló­gi­co pa­ra ha­blar de La Matanza de Texas. Su li­mi­ta­da du­ra­ción, sus re­cur­sos mí­ni­mos y su pro­pues­ta en­tre el pu­ro go­re y la ab­so­lu­ta au­sen­cia de go­re —ha­cien­do que su te­sis sea la pro­pia con­tra­dic­ción: es bru­tal, obs­ce­na y muy grá­fi­ca por­que no lo es en ab­so­lu­to; só­lo se nos in­si­núa que lo es a tra­vés del mon­ta­je y la es­té­ti­ca, de­jan­do que nues­tro ce­re­bro la re­cuer­de más bru­tal de lo que real­men­te es — , nos po­drían ha­cer pen­sar que es un pro­duc­to de se­rie B sin ma­yo­res in­ten­cio­nes de tras­cen­den­cia. Pero es que la in­ten­cio­na­li­dad no tie­ne na­da que ver con el ar­te. El ar­te se pro­du­ce por sín­te­sis, no por cálcu­lo. O en otras pa­la­bras, al ar­te se lle­ga ca­mi­nan­do por te­rre­nos res­ba­la­di­zos, no si­guien­do el ca­mino ya conocido. 

    Baby Driver, de Edgar Wright | Letterboxd

    Impacto emo­cio­nal. Ritmo. Constante in cres­cen­do. Es to­do lo que ne­ce­si­ta un guión pa­ra man­te­ner­nos aten­tos a la pantalla.

    Lo an­te­rior no es nin­gu­na bou­ta­de. Nuestros ce­re­bros, esas ma­ra­vi­llo­sas má­qui­nas de pre­ci­sión ge­ne­ra­das por mi­le­nios de se­lec­ción na­tu­ral, tie­nen un cir­cui­to ce­rra­do muy es­pe­cí­fi­co. No son ca­pa­ces de man­te­ner la aten­ción de for­ma ple­na por mu­cho tiem­po, pa­ra evi­tar si­tua­cio­nes de pe­li­gro don­de no po­da­mos de­fen­der­nos; les gus­tan los pa­tro­nes rít­mi­cos, por­que per­mi­ten en­trar y sa­lir sin ellos sin es­fuer­zo in­clu­so si se ven in­te­rrum­pi­dos; y pue­den re­cor­dar me­jor aque­llo que se sa­le de la nor­ma, por­que pue­de ser un in­di­ca­ti­vo de as­pec­tos que pue­den au­men­tar (o dis­mi­nuir) nues­tra es­pe­ran­za de vi­da. Están di­se­ña­dos pa­ra so­bre­vi­vir. Para ma­xi­mi­zar la efi­cien­cia de las úni­cas dos co­sas que ha­ce­mos me­jor que nin­gún otro ani­mal: aso­ciar he­chos apa­ren­te­men­te in­co­ne­xos y po­der ha­cer co­sas du­ran­te lar­gos pe­rio­dos de tiempo.

    Dj Shadow – The Private Press (2002) | Studio Suicide

    Ciertos dis­cos só­lo se pue­den com­pren­der con pers­pec­ti­va. Cuando se ve có­mo han mar­ca­do el pa­so del tiem­po, có­mo de­ja­ron atrás su épo­ca ade­lan­tán­do­se a un fu­tu­ro in­cier­to, es en­ton­ces cuan­do se pue­de afir­mar su ver­da­de­ro al­can­ce. A fin de cuen­tas, to­do lo de­más es es­pe­cu­la­ción. El éxi­to o el fra­ca­so de un dis­co es cir­cuns­tan­cial. Y su ca­pa­ci­dad pa­ra se­guir sien­do re­le­van­te diez o quin­ce años des­pués al­go que só­lo el pa­so del tiem­po pue­de atestiguar.

    A pe­sar de que The Private Press fue un te­rre­mo­to en su mo­men­to, la crí­ti­ca cul­tu­ral no ha ce­le­bra­do su re­cien­te quin­ce cum­plea­ños. Y no es de ex­tra­ñar. Sigue sien­do hoy un dis­co tan ex­tra­ño co­mo en 2002. 

    Taxidermias Concretas vol.9 | Studio Suicide

    The National siem­pre cam­bian. The National nun­ca cam­bian. Cada dis­co es di­fe­ren­te al an­te­rior, pe­ro siem­pre sue­nan del mis­mo mo­do. Tienen per­so­na­li­dad. Y en sus ade­lan­tos de su nue­vo tra­ba­jo, no es di­fe­ren­te. Guilty Party sue­na fa­mi­liar, cer­cano a aque­llo por lo que nos gus­ta Trouble Will Find Me —el tono me­lan­có­li­co, la ba­te­ría mar­ca­da, el ba­jo su­til — , pe­ro tam­bién hay al­go ex­tra­ño. Diferente. Su gui­ta­rra se fu­ga de for­ma su­til, ha­cien­do del fi­nal de la can­ción un ex­ce­so post-algo, glitch in­clui­do, que re­sul­ta, con­tra to­do pro­nós­ti­co, re­con­for­tan­te. Como una he­ri­da tan pro­fun­da co­mo cá­li­da. Ese su­su­rro de «to­do irá bien» en nues­tro oí­do mien­tras nos aho­gan con la al­moha­da que, iró­ni­ca­men­te, siem­pre he­mos necesitado.

    Taxidermias Concretas vol.10 | Studio Suicide

    A es­tas al­tu­ras na­die du­da de la im­por­tan­cia his­tó­ri­ca de Radiohead. Escuchar OK Computer su­po­ne es­cu­char to­das las gran­des ten­den­cias den­tro del in­die rock de los úl­ti­mos vein­te años con­den­sa­das en me­nos de una ho­ra. Ahí es­tá el post-punk re­vi­val, el in­die tí­mi­da­men­te elec­tró­ni­co e in­clu­so (en un ro­bo des­ca­ra­do) el so­ni­do de Muse a par­tir de Absolution. En ese ca­so, ¿qué apor­ta OK Computer OKNOTOK 1997 – 2017? Nada. Sus des­car­tes lo eran por al­go; el dis­co ya era per­fec­to tal y co­mo era. Pero co­mo ex­cu­sa pa­ra vol­ver a él, re­sul­ta per­fec­to: hoy, co­mo ha­ce vein­te años, OK Computer si­gue sien­do una obra maes­tra re­vo­lu­cio­na­ria. Y con eso de­be­ría ser suficiente.

    Y lo que se está haciendo

    Una demolición necesaria. Respuesta a José Luis Pardo sobre Slavoj Zizek | Ernesto Castro

    «El ar­tícu­lo de José Luis Pardo con­tra Slavoj Zizek que se ha pu­bli­ca­do re­cien­te­men­te en el dia­rio El País me ha de­ja­do es­tu­pe­fac­to. Zizek tam­po­co es san­to de mi de­vo­ción, pe­ro de ahí a afir­mar que es un in­ven­to de las re­des so­cia­les es sim­ple­men­te equi­vo­car­se de fe­chas. Facebook, Twitter y YouTube na­cie­ron a me­dia­dos de la dé­ca­da de los 2000; Zizek pu­bli­có su pri­mer li­bro en 1972, y des­de en­ton­ces ha es­cri­to un cen­te­nar de ellos. Por ese mo­ti­vo pa­re­ce tan fi­lis­tea la au­to­ca­li­fi­ca­ción de Pardo co­mo un “in­te­lec­tual que se re­be­la con­tra es­ta si­tua­ción y se em­pe­ña en se­guir es­cri­bien­do li­bros”: lo más ob­je­ta­ble de Zizek (y de cier­ta in­te­lec­tua­li­dad es­pa­ño­la en­cas­ti­lla­da en su co­lum­na de opi­nión) es pre­ci­sa­men­te que se em­pe­ñen en se­guir es­cri­bien­do cuan­do no tie­nen na­da que aña­dir y so­lo les que­da autoplagiarse.».

    Por qué deberíamos tener fines de semana de tres días | GQ

    «“La re­vo­lu­ción di­gi­tal a lo me­jor nos trae el fin de se­ma­na de tres días…”. Álvaro Nadal, mi­nis­tro de Energía, Turismo y Agenda Digital, de­ja­ba caer ayer en la inau­gu­ra­ción de Futuro Digital, even­to or­ga­ni­za­do por El País Retina, una idea ca­da vez más ex­ten­di­da: un fu­tu­ro la­bo­ral en el que la jor­na­da la­bo­ral se re­duz­ca lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra de­jar­nos un día li­bre ex­tra. El puen­te permanente».

    Shigesato Itoi, The Copywriter: A Comprehensive Look | Yomuka!

    «As every per­son in Japan knows, and as most over­seas fans of Itoi know, Shigesato Itoi is, first and fo­re­most — be­fo­re and af­ter his stint of en­ti­rely ca­sual vi­deo ga­me pro­duc­tion — a copyw­ri­ter. His ta­gli­nes (known in Japanese as “catch co­pies”, a term I much pre­fer) in­clu­de many ubi­qui­tious ph­ra­ses that are re­cog­ni­za­ble to an­yo­ne in Japan, re­gard­less of whether they ha­ve ever heard of Itoi The Man».

  • Colores prohibidos (XV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Todos te­ne­mos Colores prohi­bi­dos. Pero es­tos son los míos y no los cam­bia­ría por otros.

    Una se­ma­na más el con­te­ni­do es va­ria­do. Seguimos con una ra­cha de ci­ne no de­ma­sia­do bueno, sal­vo las hon­ro­sas ex­cep­cio­nes de ci­ne asiá­ti­co, igual que trae­mos al­go de li­te­ra­tu­ra de o so­bre el le­jano orien­te, con Japón siem­pre en nues­tros pen­sa­mien­tos. Del mis­mo mo­do en Canino se ha pu­bli­ca­do un ar­tícu­lo don­de ex­pon­go un buen pu­ña­do de man­gas que no se han pu­bli­ca­do en España, pe­ro de los cua­les las edi­to­ria­les de­be­rían to­mar bue­na no­ta. Para aca­bar en Studio Suicide, ade­más de las Taxidermias Concretas, ha­blo del hip-hop de la tai­wa­ne­sa Aristophanes, fir­me can­di­da­ta a ha­ber fir­ma­do el dis­co del año. Ya en la par­te de Lo que se es­tá ha­cien­do es­ta se­ma­na to­ca ha­blar de mujeres.

    Eso es to­do. ¿Eso es to­do? No. Si te­néis in­te­rés po­déis es­cu­char mis im­pre­sio­nes so­bre el ya pa­sa­do E3, po­dréis ha­cer­lo en el pod­cast El ma­pa del tiem­po, pro­du­ci­do por los in­com­bus­ti­bles chi­cos de Start Magazine. Pero ni así es­tá to­do aún. Porque nos vol­ve­re­mos a ver pron­to. ¿Cuándo? La se­ma­na que vie­ne, se­gu­ra­men­te. ¿Y dón­de? Dónde va a ser: aquí, en Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    Japón ignoto: 8 mangas que no se han publicado en España (pero deberían) | Canino

    El man­ga ya no es lo que era. En el buen sen­ti­do. Donde ha­ce no tan­tos años la po­si­bi­li­dad de en­con­trar man­gas que se sa­lie­ran de la nor­ma era prác­ti­ca­men­te un mi­la­gro, hoy en día las pu­bli­ca­cio­nes se han di­ver­si­fi­ca­do has­ta un pun­to don­de ya no pa­re­ce que el man­ga sea un gé­ne­ro mo­no­cor­de. Y si bien aún no es­ta­mos al ni­vel de sa­lud edi­to­rial de paí­ses co­mo Francia e Italia, la co­sa pa­re­ce ir mejorando. 

    Eso no ex­clu­ye que ha­ya mar­gen de me­jo­ra. Problemas. Ciertos pre­jui­cios he­re­da­dos de los cua­les la in­dus­tria no con­si­gue des­ha­cer­se. No por na­da, fue­ra de las no­ve­da­des y de cier­tos au­to­res fe­ti­ches, el man­ga que se pu­bli­ca en nues­tro país si­gue sien­do bas­tan­te uni­for­me. Falta, en su­ma, ver al man­ga tal cual es: un me­dio sin lí­mi­tes con to­da cla­se de historias.

    El imperio de los signos, de Roland Barthes | Goodreads

    A Roland Barthes no le in­tere­sa la reali­dad. O no tan­to co­mo pa­ra su­bor­di­nar la po­si­bi­li­dad de la fic­ción, de otros mun­dos po­si­bles o la ima­gi­na­ción, al ac­to pro­sai­co de la des­crip­ción. Pues sa­bien­do que to­do sím­bo­lo es una dis­tor­sión de lo real, ¿por qué con­for­mar­se con el su­ce­dá­neo de una invención? 

    Autasasinofilia. Quiero ser asesinado por una colegiala, de Usumaru Furuya | Goodreads

    Haruto Higashiyama no quie­re mo­rir. De he­cho, sien­te una in­ten­sa an­gus­tia an­te la idea de la muer­te. Sabe que es in­evi­ta­ble, pe­ro no la de­sea. O no de­sea la idea de de­jar de vi­vir. Porque Higasihyama, de 34 años y pro­fe­sor de ins­ti­tu­to, tie­ne un se­cre­to os­cu­ro: ya que en al­gún mo­men­to mo­ri­rá, de­sea ser ase­si­na­do por una chi­ca adolescente.

    Hot Tub Time Machine, de Steve Pink | Letterboxd

    A una co­me­dia hay que pe­dir­le que sea gra­cio­sa. Esto, que pa­re­ce una ob­vie­dad, no lo es pa­ra mu­chas per­so­nas: se ha con­ver­ti­do ya en un lu­gar co­mún el crí­ti­co que, de­fe­nes­tran­do el va­lor de una co­me­dia, sen­ten­cia al fi­nal «pe­ro al me­nos te ríes». Como si la fun­ción na­rra­ti­va de la co­me­dia no fue­ra, pre­ci­sa­men­te, eso. Hacerte reír. Hacerte cos­qui­llas es­tra­té­gi­ca­men­te has­ta que no pue­des evi­tar reír a carcajadas. 

    Hot Tub Time Machine no es una obra maes­tra. Tampoco lo pre­ten­de. Su bur­la a los tro­pos clá­si­cos del via­je en el tiem­po, su te­ma so­bre có­mo no exis­ten vi­das es­cri­tas de an­te­mano y su tono ge­ne­ral gam­be­rro, sin de­jar de ser ama­ble y di­ver­ti­do, ha­cen de la pe­lí­cu­la una co­me­dia des­en­fa­da­da y divertida. 

    David Lynch: The Art Life, de Rick Barnes, Olivia Neergaard-Holm y Jon Nguyen | Letterboxd

    Autor y obra son dos co­sas di­fe­ren­tes. No pue­den ser juz­ga­dos co­mo un to­do in­di­so­lu­ble; hay en­cuen­tros, pun­tos don­de se re­la­cio­nan, pe­ro ni la obra es la to­ta­li­dad del au­tor ni la to­ta­li­dad del au­tor es su obra. Triste y si­nies­tro se­ría lo contrario. 

    Goth, de Gen Takahashi | Letterboxd

    A ve­ces ir des­pa­cio es bueno. Permite ver co­sas que no son evidentes.

    Goth se to­ma las co­sas con cal­ma. Nos pre­sen­ta des­de el prin­ci­pio que hay un ase­sino en se­rie que le gus­ta cor­tar las ma­nos de sus víc­ti­mas, pe­ro a par­tir de ahí to­do va des­pa­cio. Relajado. Sin de­ma­sia­da pre­ten­sión de lle­gar rá­pi­do a nin­gu­na conclusión.

    Taxi 2, de Gérard Krawczyk | Letterboxd

    Ninjas. Humor chus­co. Japón en sus es­te­reo­ti­pos más ab­sur­dos (aun­que evi­tan­do los ofen­si­vos). Velocidad. Coches im­po­si­bles. Taxi 2.

    Barking Dogs Never Bite, de Bong Joon-ho | Letterboxd

    Solipsismo, ob­se­sión, in­ca­pa­ci­dad de co­mu­ni­car­se. Todos te­mas hil­va­na­dos en­tre sí. Pero cuan­do ade­más se in­tro­du­ce en la ecua­ción un pe­rro —o una se­rie de pe­rros— to­do se des­con­tro­la por el mo­ti­vo más evi­den­te de to­dos: las per­so­nas se com­por­tan con los pe­rros co­mo nun­ca se atre­ve­rían a com­por­tar­se co­mo las per­so­nas. Para bien o pa­ra mal. Y de ese mo­do ca­da pe­rro es en la ope­ra pri­ma de Bong Joon-ho un ca­ta­li­za­dor de los ver­da­de­ros sen­ti­mien­tos de los per­so­na­jes. Buenos, ma­los, ne­fas­tos. Pero sentimientos. 

    Aristophanes – Humans Become Machines (2017) | Studio Suicide

    Si al­go bueno ha traí­do Internet es rom­per el pe­que­ño ca­pa­ra­zón que su­po­nen los me­dios de pro­duc­ción na­cio­na­les. Al crear un sis­te­ma de co­mu­ni­ca­ción glo­bal cu­yo uso es (re­la­ti­va­men­te) in­tui­ti­vo y no de­pen­dien­te (en­te­ra­men­te) del len­gua­je, es fá­cil en­con­trar al­ter­na­ti­vas al dis­cur­so he­ge­mó­ni­co pre­sen­te en ca­da lu­gar. En otras pa­la­bras, quien se con­for­ma con es­cu­char lo que po­nen en su ra­dio de re­fe­ren­cia, es por­que no tie­ne nin­gún in­te­rés de sa­lir de su pe­que­ña bur­bu­ja de lu­ga­res comunes.

    Aristophanes hu­bie­ra si­do im­po­si­ble an­tes de la apa­ri­ción de Internet. Eso es ob­vio pa­ra cual­quie­ra. Taiwanesa, ra­pe­ra, fe­mi­nis­ta y pro­fe­so­ra de es­cri­tu­ra crea­ti­va, sus ba­ses áci­das y sus fra­seos agre­si­vos y poé­ti­cos fue­ron des­cu­bier­tos a oc­ci­den­te cuan­do, bu­cean­do por SoundCloud, Grimes la en­con­tró y de­ci­dió con­tar con ella pa­ra la can­ción más in­tere­san­te de Art Angels, Scream. Por eso es­ta­mos hoy aquí. Porque gra­cias a esa co­la­bo­ra­ción ha po­di­do fir­mar Humans Become Machines, un dis­co con pre­ten­sión global.

    Taxidermias concretas vol. VIII | Studio Suicide

    16 Psyche es cru­do. Oscuro. Como si al­guien, en mi­tad de la no­che, se me­tie­ra en tu cuar­to, te aga­rra de pies y ma­nos, y te apo­rrea­ra de for­ma cons­tan­te sin per­mi­tir­te reac­cio­nar. Pero tam­bién ocu­rri­ría al­go di­fe­ren­te. Algo sen­sual. Erótico. Descubrir al­go cá­li­do y ju­gue­tón en ese apo­rrear, al­go que, más allá del do­lor, quie­re ha­cer­te dis­fru­tar de la ex­pe­rien­cia. Y cuan­do se va, y se aca­ba, de­seas se­cre­ta­men­te que cuan­do vuel­vas a dor­mir­te vuel­van a des­per­tar­te esos garrotazos.

    Y lo que se está haciendo

    La directora más feminista (y censurada) de España | Cinemanía

    «La pri­me­ra vez que oí ha­blar de Cecilia Bartolomé pen­sé que era un hom­bre. Fue en 2014, du­ran­te la pro­mo­ción de La is­la mí­ni­ma, cuan­do el di­rec­tor Alberto Rodríguez ci­tó co­mo fuen­te de ins­pi­ra­ción los do­cu­men­ta­les de los her­ma­nos Bartolomé. Dos años des­pués, re­cién cum­pli­dos mis 32, me to­pé, en un ma­nual so­bre el Nuevo Cine Español, con el nom­bre en fe­me­nino. Pero se­guí sin caer en que Cecilia Bartolomé era uno de los her­ma­nos. Mosqueada por los es­cue­tos pá­rra­fos que le de­di­ca­ba el li­bro, en com­pa­ra­ción con sus com­pa­ñe­ros va­ro­nes Saura, Patino, Summers, Regueiro, etc, acu­dí po­cos días des­pués a la bi­blio­te­ca de la Academia de Cine, uno de los se­cre­tos me­jor guar­da­dos de Madrid pa­ra ci­né­fi­los y aman­tes de nues­tra his­to­ria del ci­ne. Tampoco allí en­con­tré nin­gún li­bro so­bre Cecilia Bartolomé –más tar­de co­no­ce­ría la exis­ten­cia de El en­can­to de la ló­gi­ca, com­pen­dio de tex­tos so­bre la ci­neas­ta reu­ni­dos por Josetxo Cerdán y Marina Díaz López den­tro de una se­rie de tí­tu­lo pro­fé­ti­co, Los ol­vi­da­dos – . Lo que sí que des­cu­brí aquel día fue una co­pia de tra­ba­jo de una pe­lí­cu­la su­ya, un me­dio­me­tra­je ti­tu­la­do Margarita y el lobo».

    Esta es en realidad Mar de Marchis, la misteriosa mujer que dirige “Jot Down” | El Confidencial

    «Es un fan­tas­ma, una voz sin ros­tro. De to­das las per­so­nas con in­fluen­cia cul­tu­ral en es­te país, Mar de Marchis, fun­da­do­ra y edi­to­ra de la re­vis­ta “Jot Down”, es de lar­go la me­nos co­no­ci­da. Su nom­bre no fi­gu­ra en nin­gún re­gis­tro ni exis­te ras­tro do­cu­men­tal de una de las per­so­nas fuer­tes en el pa­no­ra­ma edi­to­rial. Ni si­quie­ra sus más es­tre­chos co­la­bo­ra­do­res, aque­llos que lle­van seis años tra­ba­jan­do con ella a dia­rio edi­tan­do la re­vis­ta, son ca­pa­ces de iden­ti­fi­car­la en una fo­to­gra­fía. La es­cu­chan día a día, pe­ro nun­ca se han sen­ta­do fren­te a frente».

  • Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Aunque nos sal­ta­mos una se­ma­na, eso no im­pi­de que Colores prohi­bi­dos. Se pue­de ser re­gu­lar en la irre­gu­la­ri­dad. Se pue­de ha­cer de la re­gu­la­ri­dad una for­ma de vol­ver, aun­que no sea siem­pre exac­ta­men­te a tiempo.

    Siguiendo la es­te­la de la an­te­rior en­tre­ga, te­ne­mos bas­tan­tes más li­bros que pe­lí­cu­las. Lo cual si­gue cho­can­do. Además de un buen pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas ele­gi­das pa­ra que las vean prin­ce­sas de do­ce años, te­ne­mos tam­bién un pu­ña­do de crí­ti­cas de ci­ne de pe­lí­cu­las que han de­ja­do mu­cho de de­sear. En li­te­ra­tu­ra te­ne­mos de to­do: des­de un en­tu­sias­mo (es­pe­ro) con­ta­gio­so por li­bros alu­ci­nan­tes y so­no­ros bos­te­zos por otros que, si bien pro­me­tían, han aca­ba­do sien­do un ab­so­lu­to fias­co. Porque al fi­nal se­rá ver­dad lo que di­cen al­gu­nos es­cri­to­res. Que hoy en día, quie­nes me­jor es­cri­ben, son los ar­tis­tas, no los es­cri­to­res. Pero sea eso cier­to o no, aún nos que­da bas­tan­te mú­si­ca, una se­lec­ción de tex­tos aje­nos y co­mo de cos­tum­bre, la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai!, que si­gue cre­cien­do te­ma­zo a temazo. 

    Y an­tes de aca­bar, un pe­que­ño anun­cio. La edi­to­rial Shangri-la aca­ba de pu­bli­car el li­bro teó­ri­co so­bre ci­ne por­no­grá­fi­co Porno. Ven y mi­ra don­de ten­go el ho­nor de par­ti­ci­par con un tex­to lla­ma­do Ero-Monogatari. La evo­lu­ción de la re­pre­sen­ta­ción por­no­grá­fi­ca en la so­cie­dad ja­po­ne­sa. Para quien ten­ga in­te­rés, el li­bro se pue­de com­pren­der en la web de la edi­to­rial o en su li­bre­ría fa­vo­ri­ta. Dicho eso, con­clui­mos Colores prohi­bi­dos. Hoy, tal vez, un po­co más prohi­bi­dos que de costumbre.

    Lo que hago

    Películas japonesas que le gustarán a una niña de 12 años | Cinemanía

    Algunos ni­ños dis­fru­tan con el ci­ne de Akira Kurosawa. Y en­tre esos, al­gu­nos ni si­quie­ra son de la reale­za. Con to­do, es com­pren­si­ble que mu­cha gen­te no se crea las afi­cio­nes de la prin­ce­sa Leonor. A fin de cuen­tas, el ci­ne ja­po­nés se nos ha ven­di­do siem­pre co­mo al­go len­to, fi­lo­só­fi­co y ex­tra­ño. Algo muy ale­ja­do del ima­gi­na­rio in­fan­til de aven­tu­ras, fan­ta­sía y co­lor. Pero eso es una tre­men­da men­ti­ra. En el ci­ne de Kurosawa, co­mo en el res­to del ci­ne ja­po­nés, ca­be to­do. Tanto adul­tos co­mo ni­ños, de lo más ma­du­ro a lo más in­fan­til. Para de­mos­trar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas que po­drá dis­fru­tar cual­quier pre­ado­les­cen­te, in­clu­so si ca­re­ce de tí­tu­lo no­bi­lia­rio. O si sus pa­dres no le obli­gan a ver Dersu Uzala.

    [Crítica] ‘Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores’ – Pynchon no habla polaco | Canino

    En el ám­bi­to li­te­ra­rio se sue­le con­fun­dir el pos­mo­der­nis­mo con ha­ber leí­do a Thomas Pynchon. Con sen­tir­se pró­xi­mo ha­cia al­gu­nos de sus tro­pos. Y es na­tu­ral. No só­lo por­que sea un gran es­cri­tor o por­que su som­bra sea alar­ga­da, sino por­que sin­te­ti­za a la per­fec­ción cier­to es­pí­ri­tu de la épo­ca. Pero ya que vi­vi­mos ba­jo el pa­ter­na­lis­ta co­lo­nia­lis­mo an­glo­sa­jón, eso es co­mo de­cir que sin­te­ti­za el es­pí­ri­tu nor­te­ame­ri­cano. Aquello que le es pro­pio a la cul­tu­ra pop es­ta­dou­ni­den­se, no ne­ce­sa­ria­men­te a él. 

    En otras pa­la­bras, de Thomas Pynchon lo que se sue­le to­mar es la iro­nía. Esa mis­ma que com­par­te con Los Simpson.

    E3 2017 (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar el cinismo) | Canino

    Malas no­ti­cias: el for­ma­to del E3 se ago­ta. Ya no ha­ce gra­cia. Tras el enési­mo en­cor­ba­ta­do ven­dién­do­te su mier­da co­mo quien ven­de cre­ce­pe­lo de pue­blo en pue­blo y con el pú­bli­co aplau­dien­do a la na­da li­te­ral, uno se ago­ta. Empieza a sen­tir co­mo si le es­tu­vie­ran to­man­do el pe­lo. Y tal vez por eso las com­pa­ñías, len­ta­men­te, han ido cam­bian­do el for­ma­to con el que tra­ba­jan. Pasar de la clá­si­ca con­fe­ren­cia con de­sa­rro­lla­do­res dan­do da­tos y, en el me­jor de los ca­sos, bo­rra­chos de ma­sas ‑o en el ca­so de la Konami de 2010, tal vez só­lo borrachos‑, ha­cia otras for­mas más dinámicas.

    Mes Mini, de AnaitGames | Goodreads

    De vi­deo­jue­gos se es­cri­be mu­cho, pe­ro po­cas ve­ces bien. Siendo un me­dio jo­ven, con los clá­si­cos sien­do al­go que bien se pue­de ha­ber co­no­ci­do en el mo­men­to de su re­cep­ción, sa­ber a qué o có­mo afe­rrar­se es di­fí­cil. Si es que no di­rec­ta­men­te im­po­si­ble. Por eso re­sul­ta tan es­ti­mu­lan­te y va­lien­te cuan­do al­guien en­cuen­tra el mo­do de es­cri­bir de vi­deo­jue­gos: por­que es una ano­ma­lía den­tro de la ra­ma más me­dio­cre del periodismo. 

    AnaitGames es uno de esos po­cos si­tios don­de se es­cri­be bien. Con es­ti­lo. Con sa­pien­cia. Sin ol­vi­dar la ne­ce­si­dad de edu­car y en­tre­te­ner al lec­tor. Algo ex­cep­cio­nal no só­lo en la pren­sa de los vi­deo­jue­gos. Y en Mes Mini, li­bro que re­co­pi­la las trein­ta re­se­ñas de los trein­ta jue­gos que com­pu­sie­ron la sa­li­da de la NES Mini, po­de­mos ver has­ta qué pun­to es cier­to. Hasta qué pun­to su en­ten­di­mien­to y com­pren­sión de los jue­gos clá­si­cos de 8Bits les sir­ve pa­ra pen­sar los vi­deo­jue­gos, lo re­tro, la cul­tu­ra e, in­clu­so, pa­ra la escritura. 

    De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami | Goodreads

    Haruki Murakami es co­mo un an­ciano. Si al­go dis­fru­ta es te­ner una vi­da plá­ci­da, bien or­de­na­da, don­de to­do trans­cu­rra con la mo­no­to­nía pro­pia de los días, sin so­bre­sal­tos que no pue­de ges­tio­nar bien. Y de vez en cuan­do, en­con­trar­se con sus nie­tos. O, en ge­ne­ral, con gen­te más jo­ven. ¿Para qué? Para po­der con­ver­sar. No pa­ra de­cir­les có­mo de­ben vi­vir la vi­da, sino pa­ra con­tar­les él la su­ya. Ya que él vi­ve ya más en el pa­sa­do que en el pre­sen­te, y ellos aún vi­ven más ca­ra al fu­tu­ro que en el aho­ra, en­cuen­tran am­bos un lu­gar don­de en­con­trar­se: en ese es­pa­cio que pa­re­ce, de al­gún mo­do, des­co­nec­ta­do de lo que am­bos la­dos carecen.

    Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cărtărescu | Goodreads

    En de­ter­mi­na­do mo­men­to de Por qué nos gus­tan las mu­je­res su au­tor, Mircea Cărtărescu, re­tra­ta con pe­que­ñas es­tam­pas lo que di­ce el pro­pio tí­tu­lo. Por qué nos gus­tan las mu­je­res (a las hom­bres). Pero tras mu­cha ido­la­tría y re­cuer­dos, lle­ga un mo­men­to que ci­ta, ex­ta­sia­do, al bueno de Salinger. La ci­ta di­ce así: 

    «Aquí, so­bre la mar­cha, só­lo re­cuer­do a tres mu­cha­chas que me ha­yan im­pre­sio­na­do, la pri­me­ra vez que las vi, por su be­lle­za in­des­crip­ti­ble. Una de ellas era una chi­ca es­bel­ta, con un tra­je de ba­ño ne­gro, que ha­cía gran­des es­fuer­zos por abrir una som­bri­lla de co­lor na­ran­ja en la pla­ya de Jones, ha­cia 1936. A la se­gun­da la en­con­tré allá por el año 1939, en un cru­ce­ro por el Caribe, en el mo­men­to de ti­rar­le un en­cen­de­dor a una mar­so­pa. La ter­ce­ra era la ami­ga del je­fe, Mary Hudson.»

    Al aca­bar su pro­pio re­la­to, Cărtărescu re­co­no­ce que no ha po­di­do ha­cer en sie­te pá­gi­nas —aun­que, se­gún él, ha­ya si­do só­lo una— lo que ha­ce Salinger en tres pa­la­bras —aun­que, pa­ra ser jus­tos, en el me­jor de los ca­sos el mí­ni­mo son diez. Y no lo con­si­gue no por la ex­ten­sión, sino por su for­ma de mirar. 

    Manga in Theory and Practice: The Craft of Creating Manga, de Hirohiko Araki | Letterboxd

    Hirohiko Araki es un gran maes­tro del man­ga. Con su ex­tra­va­gan­te JoJo’s Bizarre Adventure no só­lo ha con­se­gui­do fu­sio­nar el ca­non clá­si­co grie­go con la es­té­ti­ca man­ga, el hiper-dinamismo y las his­to­rias cuasi-mitológicas ra­yano la pa­ro­dia his­té­ri­ca, sino tam­bién al­go mu­cho más di­fí­cil: un es­ti­lo pro­pio ca­paz de en­can­di­lar al público.

    Manga in Theory and Practice es Araki abrién­do­nos su ca­be­za y en­se­ñán­do­nos to­dos sus se­cre­tos. Como él mis­mo se­ña­la, una idea tan ma­la co­mo la del ma­go ex­pli­can­do sus trucos.

    The Belko Experiment, de Greg McLean | Letterboxd

    Violencia al on­ce. Crítica so­cio­po­lí­ti­ca de los chi­nos. Victoria de los bue­nos. Amarga, pe­ro vic­to­ria. Con un fi­nal su­fi­cien­te­men­te abier­to co­mo pa­ra in­si­nuar una se­gun­da par­te, si es que la pri­me­ra fun­cio­na co­mo pa­ra con­ti­nuar la sa­ga. Esas son las cla­ves de cual­quier pe­lí­cu­la de te­rror de es­tu­dio. Hacer al­go di­rec­to, sen­ci­llo y di­ge­ri­ble que se pue­da ven­der tan­to al ado­les­cen­te que só­lo quie­re un re­vul­si­vo po­ten­te co­mo al crí­ti­co que quie­re ha­cer lec­tu­ras más pro­fun­das de sus ob­je­tos de con­su­mo. Y eso es lo que nos ofre­ce Greg McLean.

    Shimmer Lake, de Oren Uziel | Letterboxd

    Sólo hay dos ra­zo­nes pa­ra se­guir una es­truc­tu­ra na­rra­ti­va no-lineal: o que no se en­tien­da de for­ma li­neal o que el te­ma o el sub­tex­to de la his­to­ria re­quie­re que no sea li­neal. Cualquier otra ra­zón es es­pu­ria. Hacer una his­to­ria no-lineal por­que mo­la más o, dios nos li­bre, pa­ra ocul­tar lo ab­so­lu­ta­men­te en­de­ble del guión, es un de­li­to con­tra la na­rra­ti­va. Y esos de­li­tos no se pa­gan ni con cár­cel ni con la muer­te, pe­ro sí se co­bran con el peor cas­ti­go po­si­ble pa­ra un ar­tis­ta. Con el ostracismo. 

    Power Rangers, de Dean Israelite | Letterboxd

    A los Power Rangers só­lo les pi­do una co­sa: el po­der de la amis­tad, mons­truos gi­gan­tes y hos­tias co­mo pa­nes. Si en el pro­ce­so in­clu­yen per­so­na­jes me­mo­ra­bles, al­gu­nos bue­nos pun­tos de co­me­dia y un dra­ma de ba­ja in­ten­si­dad que no mo­les­te de­ma­sia­do, en­ton­ces ya me doy con un can­to en los dien­tes. Literalmente. Podría re­ven­tar­me los dien­tes con un can­to ro­da­do si los ame­ri­ca­nos, ade­más de sa­blear des­ca­ra­da­men­te el con­te­ni­do de Super Sentai, se mo­les­ta­ran, de una pu­ñe­te­ra vez, en es­tu­diar por­qué fun­cio­na de un mo­do tan per­fec­to la poé­ti­ca del to­ku­satsu.

    Leon – Bird World (2017) | Studio Suicide

    La mú­si­ca de vi­deo­jue­go nun­ca pa­sa de mo­da. Aunque sur­gió co­mo una mo­da en apa­rien­cia efí­me­ra, el chip­tu­ne pa­re­ce ser tan eterno co­mo las to­na­di­llas que imi­tan: aque­llo que era una li­mi­ta­ción por pu­ra ne­ce­si­dad co­yun­tu­ral, se ha con­ver­ti­do en una for­ma es­té­ti­ca. Y al igual que el pi­xel art va co­bran­do ca­da vez más fuer­za, el chip­tu­ne va acom­pa­ñán­do­lo en paralelo.

    Pero hay ahí un pro­ble­ma. Que lo in­tere­san­te de los vi­deo­jue­gos de los 80’s y 90’s no eran sus li­mi­ta­cio­nes. Era có­mo las apro­ve­cha­ban. A fin de cuen­tas, ¿qué mú­si­co, de ha­ber te­ni­do la po­si­bi­li­dad, no hu­bie­ra uti­li­za­do ma­yo­res re­cur­sos que de los que disponía? 

    Taxidermias concretas vol. VI | Studio Suicide

    Llegó la ho­ra. Tras un buen pu­ña­do de EP’s Cigarettes After Sex le­van­tan la lie­bre. Y su dis­co ho­mó­ni­mo es co­mo sus ade­lan­tos: sua­ve, nar­có­ti­co, ele­gan­te. Ese post-punk re­vi­val tan ape­ga­do a la épo­ca co­mo al sa­bor de la ni­co­ti­na en la gar­gan­ta. A la sa­li­va en la bo­ca. Al se­xo don­de sea que lo ha­ya ha­bi­do. A nos­tal­gia. A al­go co­no­ci­do. Y co­mo tal en­tra bien. Como te­lón de fon­do; co­mo de­co­ra­do de otras ac­cio­nes. Porque eso son Cigarettes After Sex un te­lón de fon­do. Algo que em­pie­za y se ago­ta en ca­da escucha.

    Ryan Adams — 1989 (2015) | Studio Suicide

    El pop in­dus­trial ame­ri­cano es una per­fec­ta pie­za de di­se­ño. Literalmente. Hacen fal­ta dos do­ce­nas de le­tris­tas, com­po­si­to­res y téc­ni­cos de so­ni­dos pa­ra con­se­guir que ca­da can­ción sue­ne exac­ta­men­te co­mo de­be so­nar. Y si bien eso de­ja po­co o nin­gún si­tio pa­ra la per­so­na­li­dad, el al­ma o cual­quier for­ma de ar­te, no es eso pa­ra lo que sir­ve el pop. El pop (in­dus­trial) atien­de a con­di­cio­nes co­mer­cia­les. Al al­go­rit­mo del gus­to me­dio. Y o se cum­ple o no tie­ne propósito. 

    Taxidermias concretas vol. VII | Studio Suicide

    No ha­ce fal­ta ser un ge­nio pa­ra ser un buen ar­tis­ta. Sólo ha­ce fal­ta ha­cer al­go di­fe­ren­te. Cumplir unos mí­ni­mos ge­ne­ra­les, en­con­trar un as­pec­to par­ti­cu­lar en lo cual po­de­mos mar­car la di­fe­ren­cia y ex­plo­tar­lo. Even the songs in the de­part­ment sto­re, can ma­ke me happy the­se days. es un sin­gle bas­tan­te di­rec­to: ni la ins­tru­men­ta­ción des­ta­ca ni sus co­ros son na­da nue­vo ni la fu­sión de hard­co­re con in­die rock de prin­ci­pios del si­glo es na­da nue­vo. ¿Por qué ha­bría que es­cu­char­lo en­ton­ces? Porque ha­ce to­do eso bien. Y ade­más de ha­cer­lo bien, aña­de un plus: su can­tan­te, can­tan­do a to­da ve­lo­ci­dad, ha­cien­do que sue­ne co­mo al­go to­tal­men­te nue­vo. Como si el hard­co­re siem­pre hu­bie­ra ne­ce­si­ta­do eso: ace­le­rar to­da­vía un po­co más.

    Y lo que se está haciendo

    Estudiar hasta la muerte en Corea del Sur | El Mundo

    «Los Hagwons y ca­fés li­bre­ría son una de las imá­ge­nes re­cu­rren­tes en torno a la em­ble­má­ti­ca es­ta­ción de me­tro de Gangnam, que da nom­bre al ba­rrio de Seúl que po­pu­la­ri­zó el can­tan­te Psy. Los se­gun­dos po­drían ser la ver­sión muy edul­co­ra­da de los Hagwons y, por tan­to, ap­tos tan só­lo pa­ra los me­nos pro­cli­ves a las sin­gu­la­res nor­ma­ti­vas de esos cen­tros de es­tu­dio pri­va­dos. Además, sus pro­pios pro­mo­to­res ‑mu­chos de ellos, com­pa­ñías edi­to­ras que has­ta aho­ra te­nían es­ca­sa re­la­ción con el mun­do de la hostelería- re­co­no­cen que no sue­len ser ne­go­cios que re­por­ten gran­des in­gre­sos y que sim­ple­men­te lo ha­cen pa­ra apro­ve­char la pre­sen­cia de es­tu­dian­tes y pu­bli­ci­tar sus li­bros. Los más so­fis­ti­ca­dos, ade­más de ofre­cer el me­jor ca­fé, per­mi­ten tam­bién al­qui­lar or­de­na­do­res por­tá­ti­les y has­ta proyectores.

    Los Hagwons son una ins­ti­tu­ción apar­te. Las pro­pias au­to­ri­da­des ca­pi­ta­li­nas tu­vie­ron que es­ta­ble­cer ha­ce años una suer­te de to­que de que­da pa­ra po­ner freno a su de­sem­pe­ño, que les po­día lle­var a per­ma­ne­cer abier­tos has­ta la 1 de la mañana».

    Antoine d’Agata: el infierno soy yo | El País

    «Cuando al­guien se au­to­rre­tra­ta con la te­rri­ble fra­se “Mi úni­co in­fierno soy yo, mi úni­ca sa­li­da es el otro”, el tono de la con­ver­sa­ción es­tá cla­ro des­de el ini­cio. No hay tram­pas po­si­bles con Antoine d’Agata (Marsella, 1961), que pa­ra co­rro­bo­rar con ges­tos lo di­cho en pa­la­bras se re­ti­ra la man­ga de la ca­mi­sa y en­se­ña las ve­nas. D’Agata no so­lo es una gran es­tre­lla de la agen­cia Magnum y un ar­tis­ta y un ser hu­mano sen­si­ble y frá­gil has­ta más allá de lo ra­zo­na­ble. También es un yon­qui de la fo­to­gra­fía. No so­lo de la fo­to­gra­fía. También de lo que pa­ra él, se­gún su pro­fe­sión de fe, con­lle­va ir por el mun­do ha­cien­do fo­tos: “Compromiso, in­vo­lu­cra­ción, in­cons­cien­cia, deseo”».

    The Thin Line Between Reality and Fantasy in Ugetsu | The Criterion Collection

    «Kenji Mizoguchi was th­ree de­ca­des in­to his ca­reer when he had his in­ter­na­tio­nal breakth­rough with 1952’s The Life of Oharu, a de­vas­ta­ting dra­ma about the plight of wo­men in feu­dal Japan that he­ral­ded an ex­tra­or­di­nary run of mas­ter­pie­ces for the film­ma­ker las­ting un­til his un­ti­mely death in 1956. None of the­se was mo­re mo­men­to­us than 1953’s Ugetsu, a sixteenth-century ghost story ren­de­red in Mizoguchi’s sig­na­tu­re sty­le of long ta­kes and flo­wing ca­me­ra work. Drawing on dis­pa­ra­te li­te­rary sour­ces — two short sto­ries by eighteenth-century Japanese wri­ter Akinari Ueda and one by French mas­ter Guy de Maupassant — the di­rec­tor fashio­ned an ex­qui­si­te ex­plo­ra­tion of fe­ma­le sa­cri­fi­ce and ma­le va­nity out of the ta­le of two couples sun­de­red du­ring war­ti­me, the men’s foo­lish pur­suits of worldly glory in­du­cing them to aban­don their wi­ves, and ul­ti­ma­tely lea­ving them stran­ded in stran­ge and su­per­na­tu­ral realms. In this ex­cerpt from a sup­ple­ment on our edi­tion of the film, which we re­lea­sed in a Blu-ray up­gra­de this week, Japanese New Wave film­ma­ker Masahiro Shinoda (Double Suicide) dis­cus­ses how Mizoguchi seam­lessly wea­ves to­gether na­rra­ti­ve mo­des, in­ter­la­cing harsh rea­lism and spell­bin­ding fan­tasy to heigh­ten the tale’s tra­gedy and mystery».

  • Colores prohibidos (XII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Otra se­ma­na más. Otra oca­sión pa­ra los Colores prohi­bi­dos.

    Esta vez cam­bian las tor­nas. Tenemos bas­tan­tes li­bros, ha­bla­mos mu­cho de la di­fe­ren­cia en la re­pre­sen­ta­ción en­tre lo es­cri­to y lo ob­ser­va­do, to­do cor­te­sía de Otsuichi y John Berger. Además, tam­bién te­ne­mos si­tio pa­ra los clá­si­cos, por­que Cumbres bo­rras­co­sas no en­ve­je­cen nun­ca. En te­ma ci­ne va­mos más es­ca­sos, pe­ro to­da­vía te­ne­mos de qué ha­blar: es­pe­cial­men­te de Raw, de la cual te­ne­mos un ar­tícu­lo en es­ta mis­ma san­ta ca­sa que mar­ca (¡por fin!) el re­torno a la pro­duc­ción de con­te­ni­do pro­pio. Para re­ma­tar, en lo mu­si­cal, vol­ve­mos al siem­pre im­pres­cin­di­ble Nick Cave y echa­mos un vis­ta­zo a lo úl­ti­mo de Omar Rodríguez-López. O lo que era lo úl­ti­mo la se­ma­na pa­sa­da, ya que su rit­mo de pu­bli­ca­ción du­ran­te el 2017 re­sul­ta im­po­si­ble de se­guir. Entre las co­sas que se es­tán ha­cien­do, sen­ci­llo: al­go po­lí­ti­ca, bas­tan­te videojuegos.

    Nada más, na­da me­nos. Que no es po­co. No cuan­do vuel­ve The Sky Was Pink con un ar­tícu­lo lar­go, ade­más de es­tos re­po­si­to­rios. Pero no si­ga­mos de­mo­rán­do­nos. Ya lo he­mos he­cho lo su­fi­cien­te. Sólo re­cor­dar que la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai! si­gue cre­cien­do. Poco a po­co. Siempre ha­cia ade­lan­te. Como Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    Goth, de Otsuichi | Goodreads

    En el gé­ne­ro del sus­pen­se hay cier­tas cla­ves ab­so­lu­tas. Inviolables. Rasgos que no pue­den es­qui­var­se si se de­sea que la obra si­ga cir­cuns­cri­ta en el gé­ne­ro. Debe ha­ber al­gu­na cla­se de mis­te­rio, es ne­ce­sa­rio po­der con­je­tu­rar qué o quién es el cul­pa­ble del mis­mo y la re­ve­la­ción de­be ser sor­pren­den­te, pe­ro to­da­vía asen­ta­da so­bre la in­for­ma­ción que se nos ha ido do­si­fi­can­do a lo lar­go de la historia.

    O lo que es lo mis­mo, en el sus­pen­se se ha­ce a gri­tos lo que en cual­quier otra ex­pre­sión na­rra­ti­va se ha­ce en­tre susurros.

    Goth, de Otsuichi y Kendi Oiwa | Goodreads

    No es ver­dad que una ima­gen val­ga más que mil pa­la­bras. Depende de qué ima­gen. De qué pa­la­bras. Existen imá­ge­nes equí­vo­cas, imá­ge­nes ma­lin­ten­cio­na­das e, in­clu­so, imá­ge­nes fal­sas. En ese ca­so, cual­quier pa­la­bra sin­ce­ra, por im­pre­ci­sa que sea, re­sul­ta más efec­ti­va. Pero in­clu­so así, la pro­ble­má­ti­ca no re­si­de en cuál de am­bos pro­ce­sos es más vá­li­do pa­ra trans­mi­tir lo real. Ambos lo son. El pro­ble­ma re­si­de en qué me­dio es más efec­ti­vo trans­mi­tir un de­ter­mi­na­do men­sa­je: si el de las imá­ge­nes o el de las palabras.

    Cuando las pa­la­bras de­ben con­ver­tir­se en imá­ge­nes, ocu­rre Goth. Porque el di­bu­jo y la com­po­si­ción de Kenji Oiwa in­ten­ta ha­cer­nos vi­vir la mis­ma ex­pe­rien­cia que las pa­la­bras de Otsuichi en la no­ve­la que adapta. 

    Cumbres borrascosas, de Emily Brönte | Goodreads

    Hay quien de­fien­de que la li­te­ra­tu­ra de­be te­ner una la­bor mo­ral. Que de­be edu­car en va­lo­res po­si­ti­vos a quien la lee. Pero a di­fe­ren­cia de lo que creen esos cu­ras de púl­pi­to, li­bro u hoz y mar­ti­llo, la li­te­ra­tu­ra só­lo tie­ne obli­ga­cio­nes es­té­ti­cas. Su fi­na­li­dad, aque­llo que trans­mi­te, de­be que­dar só­lo en­tre el li­bro y el lec­tor. Y si se ter­cia, que no siem­pre, con el au­tor mediando.

    Cumbres bo­rras­co­sas es un li­bro so­bre el amor. Específicamente, so­bre có­mo el amor lo pue­de todo. 

    Ways of Seeing, de John Berger | Goodreads

    Algo que sa­be cual­quier ar­tis­ta es que la mi­ra­da de­be ser edu­ca­da. Que to­dos ve­mos, pe­ro no to­dos sa­be­mos mirar. 

    Esto pue­de so­nar ra­ro, pe­ro pen­se­mos un mo­men­to. ¿Son el mo­ra­do y el vio­le­ta el mis­mo co­lor? Para mu­chas per­so­nas, la res­pues­ta es ob­via: no. Pero pa­ra otros mu­chos, esa res­pues­ta no es tan ob­via. Y si po­ne­mos una mues­tra de am­bos co­lo­res, no po­ca gen­te se con­fun­di­ría o no sa­bría de­cir qué co­lor es ca­da cual. Y se­ría nor­mal. Porque no­so­tros ve­mos de for­ma pre-lingüística, pe­ro ob­ser­va­mos con el len­gua­je. Si per­ci­bi­mos el mo­ra­do y el vio­le­ta (y el li­la y el ma­gen­ta y el bur­deos) co­mo co­lo­res di­fe­ren­tes, no co­mo me­ras gra­da­cio­nes del mis­mo co­lor, es por­que sa­be­mos co­mo mi­rar a los co­lo­res. Cómo diferenciarlos.

    Raw, de Julia Ducournau | Letterboxd

    Para vi­vir en so­cie­dad se nos exi­ge ser nor­ma­les. Mediocres. En la me­dia. Esforzarnos lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Porque ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio au­to­mu­ti­lar nues­tra iden­ti­dad, que así sea.

    A Cure for Wellness, de Gore Verbinski | Letterboxd

    En el ci­ne el va­lor de una obra no es la me­ra su­ma de sus par­tes. Puedes te­ner una fan­tás­ti­ca fo­to­gra­fía, una in­tere­san­te ban­da so­no­ra, un guión só­li­do y una bue­na di­rec­ción y que el re­sul­ta­do sea una pe­lí­cu­la so­po­rí­fe­ra in­ca­paz de fas­ci­nar a na­die que no ven­ga ya de ca­sa con la sa­lu­da­ble in­ten­ción de ena­mo­rar­se. Porque en el ci­ne, co­mo en el ar­te o en la co­ci­na, lo im­por­tan­te es la mez­cla. Cómo con­flu­yen los ele­men­tos. Y en A Cure for Wellness ca­da cual aca­ba yen­do a su aire. 

    Siguiendo la his­to­ria de una ex­tra­ña clí­ni­ca que ejer­ce co­mo re­ti­ro es­pi­ri­tual pa­ra los pri­vi­le­gia­dos, su con­flic­to re­sul­ta tan ri­dí­cu­la­men­te en­de­ble (el pro­ta­go­nis­ta se ve obli­ga­do a ir a la clí­ni­ca en bus­ca del CEO de la em­pre­sa en la que tra­ba­ja) que la pe­lí­cu­la se aca­ba sos­te­nien­do so­bre el úni­co ele­men­to in­dis­cu­ti­ble de la pe­lí­cu­la: su ca­pa­ci­dad pa­ra evo­car un am­bien­te de pe­sa­di­lla per­fec­ta­men­te asép­ti­co, frío y distante. 

    Colossal, de Nacho Vigalondo | Letterboxd

    Nacho Vigalondo es la eter­na pro­me­sa. Cada nue­va pe­lí­cu­la su­ya ro­za la ge­nia­li­dad, pe­ro nun­ca lo­gra al­can­zar­la. Nos ha­ce pen­sar siem­pre la pró­xi­ma se­rá la bue­na, pe­ro cuan­do lle­ga la pró­xi­ma, va­mos al ci­ne ilu­sio­na­dos y, una vez más, nos va­mos a ca­sa con la sen­sa­ción agri­dul­ce de que se­rá la siguiente.

    A Colossal es im­po­si­ble en­trar sin ex­pec­ta­ti­vas. Siendo la ver­sión del kai­ju ei­ga de un di­rec­tor tan per­so­nal, es im­po­si­ble que no sea interesante.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree (2016) | Studio Suicide

    A Nick Cave el tono ele­gia­co se le da por sen­ta­do. Sus ob­se­sio­nes, siem­pre en­tre dios y la mu­gre, co­mo si só­lo fue­ra po­si­ble en­con­trar un ac­to de fe ver­da­de­ra o un mi­la­gro real­men­te va­lio­so cuan­do se mi­ra ha­cia los me­nos afor­tu­na­dos, ha­cen im­po­si­ble que pue­da ir más allá de la nau­sea co­mo con­ven­ción poé­ti­ca. Como te­ma. O si se pre­fie­re, co­mo pe­ga­men­to: aque­llo que man­tie­ne uni­dos to­dos sus in­tere­ses es la pa­sión con los que los ob­ser­va des­de el pun­to de vis­ta de los ca­lle­jo­nes más oscuros. 

    Taxidermias concretas vol. V | Studio Suicide

    A Omar Rodríguez-López no le asus­ta na­da. Ningún gé­ne­ro. Ninguna ins­tru­men­ta­ción. Todo es ap­to pa­ra sus ideas. Y si en Birth Of A Ghost de­be co­que­tear con las or­ques­tas y con la mú­si­ca asiá­ti­ca, es­pe­cial­men­te la ét­ni­ca chi­na, y ha­cer lo más pa­re­ci­do a una ope­ra de la di­nas­tía Ming en pleno si­glo XXI, o la ban­da so­no­ra de un J‑RPG clá­si­co, que así sea. Porque por el ca­mino, nos da­rá una pe­que­ña jo­ya que nos ha­rá re­cor­dar, una vez más, que llo­ra­mos po­co a The Mars Volta. Incluso si hay océa­nos en­te­ros de sus lágrimas.

    Be normal. Raw, antropofagia y el terror de la palabra «normal» | The Sky Was Pink

    Toda so­cie­dad tie­ne su pro­pia con­cep­ción de lo nor­mal. En la nues­tra, ser nor­mal sig­ni­fi­ca ser me­dio­cre. En la me­dia. Esforzarse lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Bajo esa dis­tor­sión si­nies­tra del jus­to me­dio aris­to­té­li­co, ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio re­cu­rrir a la mu­ti­la­ción, de­jan­do par­te de nues­tra iden­ti­dad por el ca­mino, que así sea.

    Y lo que se está haciendo

    Mi casero me sube un 40% y tengo que desprenderme de 5.000 libros | El Confidencial

    «Me pre­gun­tan muy en se­rio por qué voy llo­ran­do por los rin­co­nes por te­ner­me que des­pren­der de ca­si 5.000 de mis 15.000 li­bros. Pues ahí van las cin­co ra­zo­nes principales».

    “Disgaea 5 Complete” es el juego más raro (e infinito) de Nintendo Switch | GQ

    «Disgaea es una sa­ga de una com­pa­ñía ja­po­ne­sa muy mo­des­ta (Nippon Ichi se lla­man: “Los Número 1 de Japón”). Es in­des­crip­ti­ble si no se jue­ga o no se ve ju­gar, pe­ro ima­gi­na una es­pe­cie de aje­drez lo­quí­si­mo don­de se cru­zan a la vez las es­té­ti­cas y las pro­pues­tas de un cu­bo de Rubik y de los ani­mes fli­pa­dos. Es co­mo un jue­go de es­tra­te­gia de Son Gokus con­tra Freezers, cam­bian­do “pla­ne­ta Namek” por di­men­sio­nes in­fer­na­les, don­de lo de rom­per un mun­do es más o me­nos al­go que pue­des ha­cer en las 10 pri­me­ras ho­ras de jue­go y que só­lo quie­re glo­ri­fi­car y lle­var al lí­mi­te má­xi­mo los sis­te­mas de com­ba­te de jue­gos co­mo los Final Fantasy. Es un “¿has­ta dón­de po­de­mos lle­gar en los jue­gos con tur­nos y ca­si­llas?”, pe­ro que se­gún ha ido avan­zan­do se ha con­ver­ti­do en “¿has­ta dón­de po­de­mos lle­gar en es­to de te­ner ideas muy ja­po­ne­sas, que na­die en­tien­de muy bien pe­ro que de­jan a to­do el mun­do con la bo­ca abierta?”».

    “Life Is Unfair”: A Q&A With Nier: Automata’s Director | Kotaku

    «Nier: Automata is both a wild ac­tion ga­me and an in­tros­pec­ti­ve look at the things that ma­ke us hu­man. We co­rres­pon­ded with di­rec­tor Yoko Taro via e‑mail to talk about the game’s the­mes, what goes in­to wri­ting me­mo­ra­ble cha­rac­ters, and what he’d li­ke vi­deo ga­me pla­yers to stop doing».