Autor: Álvaro Arbonés

  • En el silencio encontramos las respuestas. Lista (de listas) del 2018

    En el silencio encontramos las respuestas. Lista (de listas) del 2018

    Todo es­tá bien. El in­cen­dió es­tá con­tro­la­do. El mun­do si­gue. No sa­be­mos du­ran­te cuán­to tiem­po ni en qué cir­cuns­tan­cias, pe­ro no pa­re­ce que to­do se va­ya a aca­bar ma­ña­na. En el ho­ri­zon­te hay co­sas por las que le­van­tar­se por las ma­ña­nas. Y si bien la ca­tás­tro­fe con­ti­núa, has­ta en tiem­pos de in­cen­dios hay si­tio pa­ra un buen ca­fé (si eres el di­bu­jo de un perro).

    2018 ha si­do un año fe­nó­me­nos cul­tu­ra­les dis­per­sos. No ha ha­bi­do nin­gún ele­men­to cla­ra­men­te do­mi­nan­te, mo­vién­do­se to­do en­tre ni­chos, don­de los ca­ta­clis­mos eran tre­men­dos, pe­ro li­mi­ta­dos a su en­torno. Cosa que se de­ja en­tre­ver en las po­cas re­pe­ti­cio­nes que po­de­mos en­con­trar en es­ta lis­ta. Algunos gui­ños, al­gu­na ten­den­cia que se re­pi­te de for­ma in­dis­cu­ti­ble, pe­ro el grue­so una di­ver­si­dad que ha­cía ya bas­tan­tes años que no veía­mos. Y eso siem­pre es mo­ti­vo de alegría.

    Por eso, mien­tras la ha­bi­ta­ción ar­de, to­do es­tá bien. Porque se­gui­mos reu­nién­do­nos, en­con­tran­do co­sas de las que ha­blar y nun­ca lle­gan­do a un con­sen­so cla­ro. Porque la ha­bi­ta­ción es­tá en lla­mas, pe­ro to­do es­tá bien.

    (más…)

  • Who knows. Mis libros favoritos de 2017

    Who knows. Mis libros favoritos de 2017

    Intentar re­su­mir la pro­duc­ción li­te­ra­tu­ra de un año es ob­je­ti­vo pa­ra to­da una vi­da. Literalmente. Podríamos ele­gir un año alea­to­ria­men­te y leer úni­ca ex­clu­si­va­men­te aque­llos li­bros que se pu­bli­ca­ron por pri­me­ra vez en ese año y, an­tes de mo­rir­nos, no ha­bría­mos leí­do ni un 10% de lo que nos ha­bía­mos pro­pues­to. Si ade­más su­má­ra­mos re-ediciones, clá­si­cos y tra­duc­cio­nes, en­ton­ces la ci­fra se vol­ve­ría dra­má­ti­ca­men­te me­nor. Es de­cir, pa­ra cri­bar con ob­je­ti­vi­dad, es me­jor acu­dir a la es­ta­dís­ti­ca o a la historia.

    Aunque sue­ne ex­tra­ño, eso re­sul­ta re­con­for­tan­te. Nos qui­ta res­pon­sa­bi­li­da­des. De ahí que, en es­ta lis­ta, más que la lis­ta ob­je­ti­va de me­jo­res li­bros apa­re­ci­dos en 2017, hay un mon­tón de pe­que­ños tram­pas, ata­jos y una mi­ra­da al in­te­rior de mi ca­be­za ca­si más que ha­cia el es­ta­do de la ac­tual in­dus­tria edi­to­rial. O el pár­na­so literario.

    Pero es­tá bien que sea así. Para de­ci­dir lo de­más, qué es his­tó­ri­co o ab­so­lu­to o im­pres­cin­di­ble, ya te­ne­mos he­rra­mien­tas in­exac­tas y un juez se­ve­ro. A par­tir de ahí, ¿por qué no in­ten­tar dis­fru­tar del resto?

    (más…)

  • GoGo Myself. Mis películas favoritas de 2017

    GoGo Myself. Mis películas favoritas de 2017

    A las lis­tas siem­pre las con­du­ce un cier­to ges­to nar­ci­sis­ta. En ese in­ten­to de con­tro­lar aque­llo que he­mos vis­to, leí­do o es­cu­cha­do, aque­llo que he­mos vi­vi­do, exis­te el in­te­rés de dar­le un sig­ni­fi­ca­do. De in­ten­tar ver­nos re­fle­ja­do en ello. Y aun­que pue­da so­nar ho­rri­ble­men­te mal, en reali­dad es al­go po­si­ti­vo: nos ayu­da a sa­ber quie­nes so­mos, pe­ro tam­bién ayu­da a los de­más a co­no­cer un po­co más de nosotros.

    ¿Es esa la ra­zón por la que ha­go una lis­ta de mis pe­lí­cu­las fa­vo­ri­tas de 2017 aun cuan­do es­tá ahí la lis­ta de lis­tas o que ni si­quie­ra he po­di­do ver to­das las pe­lí­cu­las que de­sea­ría? Es po­si­ble. Pero sea por nar­ci­sis­mo, ob­se­sión por el con­trol o auto-conocimiento —si es que, fi­nal­men­te, exis­te di­fe­ren­cia al­gu­na en­tre las tres co­sas— no im­por­ta tan­to la ra­zón co­mo el he­cho de que otros han mos­tra­do in­te­rés en sa­ber cuál es mi top 10 de pe­lí­cu­las fa­vo­ri­tas de 2017 .

    Y cuan­do se tra­ta de los de­más, siem­pre es ad­mi­si­ble un pe­que­ño ges­to de narcisismo.

    (más…)

  • Ni cielo ni infierno en el mundo bajo los cielos. Lista (de listas) del 2017

    Ni cielo ni infierno en el mundo bajo los cielos. Lista (de listas) del 2017

    Vivir en el in­fierno tie­ne el pro­ble­ma de ha­cer im­po­si­ble ver más allá de có­mo evi­tar el do­lor, vi­vir en el cie­lo tie­ne el pro­ble­ma de ha­cer im­po­si­ble ver más allá de có­mo en­tre­gar­se al pla­cer. Tal vez por eso so­mos hu­ma­nos. Porque ha­bi­ta­mos el mun­do. Porque exis­ten mo­men­tos trá­gi­cos, pe­que­ñas ale­grías, gran­des de­cep­cio­nes y enor­mes sor­pre­sas. No exis­te na­da uní­vo­co. Incluso lo que pa­re­cía se­gu­ro to­da­vía pue­de sor­pren­der­nos; has­ta aque­llo que se mos­tra­ba co­mo in­fle­xi­ble pue­de rom­per­se pa­ra ge­ne­rar re­sul­ta­dos insospechados.

    Con to­do, el 2017 ha pa­re­ci­do un spin-off más bien ra­ro del 2016. Se nos han muer­to po­cos hé­roes, pe­ro mu­chos se han des­cu­bier­to co­mo mons­truos. Donald Trump (y tan­tos otros que nos caen más cer­ca) sigue(n) en el po­der, pe­ro no pa­re­ce que nos ha­ya­mos acos­tum­bra­do. Continúa la pe­sa­di­lla, pe­ro la pe­sa­di­lla ha cam­bia­do. Porque has­ta la par­te que tie­ne de sue­ño, ha si­do muy di­fe­ren­te: ha si­do un gran año pa­ra el vi­deo­jue­go, el ci­ne y la mú­si­ca. Parece que ha si­do al­go más ti­bio pa­ra la li­te­ra­tu­ra y la te­le­vi­sión. Es de­cir, to­do si­gue igual, pe­ro to­do es dis­tin­to. Hay cam­bios. No nos acos­tum­bra­mos y po­de­mos atis­bar la po­si­bi­li­dad de un cam­bio. Incluso si no sa­be­mos dón­de co­men­za­rá. O cómo.

    No nos ex­ten­da­mos más. Si vi­vi­mos en el mun­do, no en el cie­lo ni en el in­fierno, lo su­yo es que ha­blen quie­nes lo ha­bi­tan. Y de ahí la lis­ta: pa­ra co­ger el pul­so a lo que siem­pre se nos es­ca­pa una vez creía­mos ha­ber­lo com­pren­di­do. Porque eso es el mun­do. Un lu­gar ex­tra­ño y hos­til don­de, si pue­des so­bre­po­ner­te al ries­go, hay un mon­tón de for­mas de divertirse.

    (más…)

  • Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores Prohibidos ha vuel­to. Y lo ha­ce de for­ma irre­gu­lar, errá­ti­ca y el día que no to­ca­ba. ¿Por qué? Porque a ve­ces la vi­da no de­ja tiem­po ni pa­ra po­ner en or­den dos ideas, un pu­ña­do de en­la­ces y ele­gir en­tre me­dia do­ce­na de dibujos. 

    En es­tas dos se­ma­nas ha da­do tiem­po pa­ra mu­cho. Por ejem­plo, pa­ra ha­blar de vi­deo­jue­gos re­tro, ci­ne asiá­ti­co y ese gé­ne­ro ¿muer­to? Conocido co­mo va­por­wa­ve en lo que co­rres­pon­de a Canino. Para Cinemanía, por su par­te, he po­di­do ha­blar de dos gran­des di­rec­to­res co­mo son Bong Joon-ho y Sunao Katabuchi. Y no aca­ba ahí el ci­ne. Porque en Letterboxd he te­ni­do tiem­po pa­ra es­cri­bir crí­ti­cas no só­lo de to­da la fil­mo­gra­fía de Katabuchi, sino tam­bién pa­ra ha­blar de clá­si­cos an­ti­guos, co­mo La Matanza de Texas, o clá­si­cos fu­tu­ros, co­mo Baby Driver. Además, si­guien­do con la idea de los clá­si­cos, en Studio Suicide ha­blo de un pu­ña­do de ellos. Como lo ha­go en Goodreads so­bre la con­ti­nua­ción del man­ga de Sherlock y el clá­si­co en­tre clá­si­cos, que, por fin, es­tá pu­bli­ca­do en es­pa­ñol: JoJo’s Bizarre Adventure.

    Pero bas­ta. No más. Es su­fi­cien­te. ¿Para qué se­guir le­yén­do­me ha­cer un su­ma­rio de to­do lo que en­con­tra­rás pa­sa­das es­tas pa­la­bras si só­lo tie­nes que sal­tar­te los pri­me­ros tres pá­rra­fos y acu­dir di­rec­ta­men­te a lo que im­por­ta? Cada vez son me­nos im­por­tan­tes las in­tro­duc­cio­nes. Cada vez es más im­por­tan­te ir al grano. Ir di­rec­tos a lo que im­por­ta. Y lo que im­por­ta, en Colores prohi­bi­dos, es lo conectado. 

    Lo que hago

    9 videojuegos clásicos imprescindibles (y cómo jugarlos. Ahora mismo) | Canino

    No es fá­cil ac­ce­der a jue­gos an­ti­guos. Dada la es­ca­la­da ar­ma­men­tís­ti­ca que su­po­ne la eter­na ne­ce­si­dad de no­ve­da­des en la in­dus­tria del vi­deo­jue­go, po­cas com­pa­ñías po­nen nin­gún mi­mo en man­te­ner sus ca­tá­lo­go dis­po­ni­bles. Lo cual es una pe­na. Porque no só­lo nos obli­gan a re­cu­rrir a mé­to­dos ale­ga­les pa­ra ju­gar sus jue­gos, sino que tam­bién nos ha­cen per­der tiem­po tras­tean­do con emu­la­res y ROMs. 

    Nintendo anuncia SNES Mini y estos son sus 4 juegos de los que no has oído hablar | Canino

    Tras el éxi­to de NES Mini era evi­den­te que no tar­da­ría en lle­gar la SNES Mini. Y aquí es­tá. La ver­sión en mi­nia­tu­ra de la SNES ven­drá con dos man­dos, y vein­tiún jue­gos, en­tre los que hay clá­si­cos in­dis­cu­ti­bles co­mo Kirby Super Star, Super Mario World o The Legend of Zelda: A Link to the Past. Además de clá­si­cos aje­nos a la pro­pia Nintendo co­mo Secret of Mana o Super Clastevania 4. Sale el 29 de sep­tiem­bre y, a fal­ta de con­fir­ma­ción del pre­cio ofi­cial en nues­tro te­rri­to­rio, en EEUU cos­ta­rá 79 do­la­res. Al me­nos si con­si­gues com­prar­la an­tes de que se agoten.

    Bong Joon-ho – Entre el activismo y la familia | Canino

    A ve­ces ol­vi­da­mos la im­por­tan­cia de la fa­mi­lia. Cuando to­do lo de­más fa­lla, cuan­do to­do se vie­ne aba­jo, en las úni­cas per­so­nas que po­de­mos con­fiar a cie­gas es aque­llos que nos quie­ren de for­ma in­con­di­cio­nal. Por eso fa­mi­lia no es ne­ce­sa­ria­men­te aque­llos con quie­nes com­par­ti­mos ge­nes, sino con quie­nes com­par­ti­mos sen­ti­mien­tos. En oca­sio­nes la fa­mi­lia pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos san­gres, pe­ro tam­bién pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos un sue­ño, un ideal o un sen­ti­mien­to. Incluso, en al­gu­nos ca­sos, per­so­nas que no son per­so­nas. ¿O es que aca­so no pue­de ser fa­mi­lia un cer­do gigante?

    Bong Joon-ho no tie­ne du­das. Al fi­nal lo úni­co que te­ne­mos es a las per­so­nas que que­re­mos y nos quie­ren. Ese es el te­ma pri­mor­dial de su ci­ne. Y pa­ra de­mos­trar­lo, y pa­ra que cual­quie­ra pue­da aden­trar­se en su obra con ga­ran­tías, he­mos he­cho es­ta guía. Para que co­noz­cas a Bong Joon-ho co­mo si fue­ra de tu pro­pia familia.

    Pesadilla en el centro comercial: vida y muerte del vaporwave | Canino

    Esto no es un ar­tícu­lo. Es una exhu­ma­ción. Y una en la cual, ade­más, ya no que­da ni ca­dá­ver que en­se­ñar­le al juez, si nos guia­mos por lo que se lee por ahí: el va­por­wa­ve (esa co­sa que po­dría ser un mo­vi­mien­to mu­si­cal y ar­tís­ti­co) lle­va re­ci­bien­do cer­ti­fi­ca­dos de de­fun­ción des­de ha­ce más de un lus­tro. Los re­ci­bió jus­to des­pués de su na­ci­mien­to, allá por 2010. También en 2015, cuan­do Sandtimer pu­bli­có el ele­pé Vaporwave is Dead. La MTV pu­do ha­ber­le da­do la pun­ti­lla ese mis­mo año, y, aho­ra que lle­ga su sép­ti­mo ani­ver­sa­rio, los ar­ticu­los so­bre su es­ta­do pu­tre­fac­to ya no ha­cen ni gra­cia. Hasta en Forocoches se han re­par­ti­do es­que­las, no de­ci­mos más.

    The Mo Brothers. El cine de Indonesia más allá de ‘The Raid’ | Canino

    Para mu­chas per­so­nas no exis­te na­da fue­ra de EEUU. No ar­tís­ti­ca­men­te ha­blan­do. Salvo la mí­ni­ma de­fe­ren­cia te­le­vi­si­va que se tie­ne ha­cia los paí­ses nór­di­cos pa­ra el noir y ha­cia Inglaterra pa­ra el his­tó­ri­co, to­do lo que se nos ofre­ce sue­le es­tar cor­ta­do por los gus­tos he­ge­mó­ni­cos de la co­lo­nia go­ber­na­da por el hom­bre del pe­lu­quín de oro. Porque la épo­ca del post-colonialismo, de la im­po­si­ción cul­tu­ral vía ca­pi­ta­lis­mo neo-liberal, es­tá muy le­jos de ha­ber concluido.

    7 películas que ver antes de Okja | Cinemania

    Bong Joon-Ho pa­re­ce lan­za­do. Tras el exi­to­so des­em­bar­co en oc­ci­den­te que su­pu­so Snowpiercer, su pró­xi­ma pe­lí­cu­la ha te­ni­do gran re­per­cu­sión en los me­dios. Aunque tal vez no por los me­jo­res mo­ti­vos po­si­bles. Pero ob­vian­do po­lé­mi­cas con Cannes y Almodovar de por me­dio, Okja, que se es­tre­na el 28 de ju­nio en Netflix, nos pro­me­te al­go muy pro­pio del di­rec­tor co­reano: mons­truos gi­gan­tes, crí­ti­cas al ca­pi­ta­lis­mo, so­fla­mas eco­lo­gis­tas y ni­ños pro­ta­go­nis­tas a los cua­les da ga­nas de abra­zar. Algo po­co co­mún en el ci­ne. Y pa­ra ce­le­brar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las pa­ra ir pre­pa­rán­do­nos pa­ra su desembarco. 

    Sunao Katabuchi: el hombre que no era Miyazaki | Cinemania

    Studio Ghibli tie­ne un pa­trón muy cla­ro pa­ra sus per­so­na­jes pro­ta­go­nis­tas. Chicas jó­ve­nes, fuer­tes, con los pies en el sue­lo. Similar al clá­si­co pro­ta­go­nis­ta de li­bro in­fan­til, pe­ro lle­va­do al gé­ne­ro con­tra­rio. Al que his­tó­ri­ca­men­te se le han prohi­bi­do las aventuras. 

    Porque si de al­go es­tá tru­fa­do Studio Ghibli es de aven­tu­ras. De ima­gi­na­ción. De ese es­pí­ri­tu in­fan­til que nos per­mi­te ver un océano en una go­ta de agua y un rei­no en un par de nubes. 

    Pero eso no es al­go ex­clu­si­vo de Studio Ghibli. O pa­ra ser exac­tos, Hayao Miyazaki com­par­te ese gus­to con otras mu­chas per­so­nas. Algunas de esas per­so­nas, an­ti­guos co­la­bo­ra­do­res. Porque mu­cho an­tes de que Miyazaki fue­ra uno de los gran­des nom­bres del ani­me, fue tam­bién un jo­ven pro­me­te­dor con mu­cho que de­mos­trar. Y a su la­do ha­bía un hom­bre que só­lo aho­ra pa­re­ce que ha con­se­gui­do des­ta­car en oc­ci­den­te: Sunao Katabuchi.

    La música de Marie, de Usumaru Furuya | CuCo. Cuadernos de Cómic

    A ve­ces pa­sa­mos por al­to las di­fe­ren­cias cul­tu­ra­les. No las gran­des di­fe­ren­cias. Esas son im­po­si­bles de ob­viar. Y no po­cas ve­ces, aque­llas ni si­quie­ra exis­ten. Pero los pe­que­ños de­ta­lles, las di­fe­ren­tes for­mas de ver un mis­mo sus­tra­to co­mún, son co­sas tan su­ti­les que aca­ban pa­san­do des­aper­ci­bi­do. En otras pa­la­bras, aun­que al fi­nal to­das las cul­tu­ras aca­ban pa­re­cién­do­se en más co­sas que en la que se di­fe­ren­cian, al fi­nal son las pe­que­ñas va­ria­cio­nes en don­de se po­ne el fo­co lo que per­mi­te en­ten­der el pen­sa­mien­to de otra cultura.

    Multiverso, de Grant Morrison | CuCo. Cuadernos de Cómic

    Desde ha­ce mu­chos años es prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble en­trar en el uni­ver­so de los có­mics ame­ri­ca­nos. Ya sea Marvel o DC, en­tre re­boots, cri­sis en tie­rras in­fi­ni­tas, gue­rras se­cre­tas y ma­cro even­tos ab­so­lu­ta­men­te in­in­te­li­gi­bles pa­ra quien no ten­ga un co­no­ci­mien­to tan en­ci­clo­pé­di­co co­mo des­pren­di­do sea en sus gas­tos men­sua­les en gra­pas, en­ten­der có­mo han ido evo­lu­cio­nan­do los su­per­hé­roes y sus mun­dos a lo lar­go del tiem­po re­sul­ta una ta­rea ar­dua. Indigna. Difícil pa­ra el lec­tor ca­sual, pe­ro di­rec­ta­men­te im­po­si­ble pa­ra quien pre­ten­da en­trar en el mun­do de los su­per­hé­roes por pri­me­ra vez.

    Sherlock: El Banquero Ciego, de Steven Moffat, Mark Gatiss y Jay | Goodreads

    En el có­mic ocu­rre al­go in­tere­san­te: es tan im­por­tan­te lo li­te­ra­rio co­mo lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor es in­ca­paz de es­cri­bir diá­lo­gos con­vin­cen­tes o lo­grar un rit­mo na­rra­ti­vo ade­cua­do, ni el me­jor di­bu­jo del mun­do sal­va­ra la obra. Por el con­tra­rio, ni un ex­ce­len­te guión ni unas ge­nia­les lí­neas de diá­lo­go po­drán sal­var un mal di­bu­jo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que exis­te un po­si­ble ter­cer pro­ble­ma. Uno que aú­na lo li­te­ra­rio y lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor no sa­be lle­var a su te­rreno el or­den com­po­si­ti­vo de las vi­ñe­tas o los pla­nos, no im­por­ta lo bien na­rra­do que es­té, el rit­mo tre­pi­dan­te que ten­ga o el di­bu­jo pre­cio­sis­ta que de­ten­te, la obra re­sul­tan­te se­rá un fra­ca­so ilegible. 

    En el ca­so de El ban­que­ro cie­go, si­gue la mis­ma lí­nea que Estudio en ro­sa. Dibujo cum­pli­dor, guión bien adap­ta­do, sen­sa­ción gra­ti­fi­can­te ge­ne­ral. Pero tie­ne un pro­ble­ma. Y es que en lo que aquel era un pe­que­ño pro­ble­ma, aquí es uno enorme.

    JoJo’s Bizarre Adventure, Part I: Phantom Blood, tomo 01 , de Hirohiko Araki | Goodreads

    Toda his­to­ria tie­ne un co­mien­zo. Siempre ar­bi­tra­rio. A ve­ces, in­clu­so cues­tio­na­ble. Pero lo que es cier­to es que to­da his­to­ria de­be em­pe­zar en al­gún si­tio. Y por lo ge­ne­ral, ese ori­gen no es el pri­mer mo­men­to que con­du­jo ha­cia los acon­te­ci­mien­tos que nos lle­van al con­flic­to, sino el ins­tan­te an­te­rior al conflicto.

    En el pri­mer to­mo de JoJo’s Bizarre Adventure ocu­rre al­go cu­rio­so: exis­ten dos prin­ci­pios. El prin­ci­pio de la se­rie y el prin­ci­pio del ar­co, Phantom Blood. Ambos se so­la­pan, su­per­po­nen y dan con­tex­to mu­tua­men­te. El prin­ci­pio de la se­rie tra­ta so­bre ri­tos an­ti­guos de pue­blos pre-colombinos, más­ca­ras fu­nes­tas y la bús­que­da de la in­mor­ta­li­dad; el prin­ci­pio del ar­co tra­ta so­bre Jonathan Joestar, un jo­ven blan­do y con­sen­ti­do que as­pi­ra a ser un ca­ba­lle­ro, y Dio Brando, un jo­ven ma­quia­vé­li­co y re­sa­bia­do que as­pi­ra a apo­de­rar­se de la for­tu­na de los Joestar. Con to­do eso te­ne­mos to­dos los in­gre­dien­tes pa­ra lo que es tan­to la se­rie co­mo es­te ar­co en par­ti­cu­lar. Tenemos las gran­des pa­sio­nes, la ac­ción cons­tan­te y el tono big­ger than li­fe ra­yano lo ri­dícu­lo; pe­ro tam­bién el de­sa­rro­llo à la no­ve­la gó­ti­ca, co­mo si fue­ra más un rip off ele­gan­tí­si­mo de Cumbres bo­rras­co­sas más que un man­ga de la Shōnen Jump.

    Christopher Doyle: Filming in the Neon World | Letterboxd

    Christopher Doyle es có­mo ma­ne­ja la luz. 

    Este fa­mo­so di­rec­tor de fo­to­gra­fía, co­no­ci­do por su he­te­ro­do­xo acer­ca­mien­to a su dis­ci­pli­na —lle­na de efec­tos, usan­do mu­cha ilu­mi­na­ción am­bien­tal, ca­gán­do­se en to­das las re­glas no-escritas de la fo­to­gra­fía — , lo es por có­mo ha he­cho de su mo­do de ges­tio­nar la luz su par­ti­cu­lar se­ña de iden­ti­dad. Porque mu­cho an­tes de Nicolas Winding Refn, cuan­do ha­blá­ba­mos de lu­ces de neon —que no de co­lo­res neon, equí­vo­co co­mún de mu­cha gen­te: lo de Refn son co­lo­res, lo de Doyle lu­ces — , ha­bla­mos de es­te se­gun­do. Hablamos de Doyle. 

    En este lugar del mundo, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    En la vi­da no po­see­mos el tiem­po. Lo cual im­pli­ca que no po­see­mos la vi­da. Todo pa­sa, to­do ocu­rre, y nues­tro lu­gar en el mun­do es tem­po­ral. Pero na­da de eso nos qui­ta re­le­van­cia. Mientras es­ta­mos vi­vos, es­ta­mos ata­dos a los otros y sus cir­cuns­tan­cias; só­lo en tan­to so­mo pa­ra los otros, en­con­tra­mos un rin­cón que po­de­mos lla­mar propio. 

    Arete Hime, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    Todos sa­be­mos có­mo aca­ba­ran las his­to­rias de prin­ce­sas. Incluso cuan­do Disney es­tá de­trás, la prin­ce­sa siem­pre en­con­tra­rá el amor, des­cu­bri­rá que su fuer­za ra­di­ca en los otros y que, al la­do de un hom­bre —o en tiem­pos mo­der­nos, de su no­ble fa­mi­lia — , pue­de lo­grar to­do lo que se pro­pon­ga. Porque es una prin­ce­sa. Porque es, de fac­to, al­guien con más po­der, y más po­si­bi­li­dad de in­fluir so­bre el des­tino de su tie­rra, que prác­ti­ca­men­te cual­quier otro ser humano.

    Mai Mai Miracle, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    Shinko Aoki vi­ve en el pa­sa­do. Como una suer­te de Sei Shōnagon in­fan­til y pa­sa­da de vuel­tas. En el pre­sen­te tie­ne a su abue­lo, la tran­qui­la vi­da en el cam­po y sus ami­gos del co­le­gio. En el pa­sa­do tie­ne una vi­da de prin­ce­sa y la po­si­bi­li­dad de vi­vir ex­tra­ñas aven­tu­ras, aun­que ex­tra­ñas más por des­co­lo­ca­das en el tiem­po que por des­con­cer­tan­tes. Al me­nos, has­ta que apa­re­ce una ni­ña nue­va en el pue­blo. Y con ella, con Kiiko Shimazu, ten­drá que apren­der a vi­vir tam­bién en el presente.

    The Texas Chain Saw Massacre, de Tobe Hooper | Letterboxd

    Algunas pe­lí­cu­las son eter­nas. No por­que per­du­ren, sino por­que en esa eter­ni­dad po­si­ble siem­pre ca­be la po­si­bi­li­dad de vol­ver a ellas. No se ago­tan. Pues su tex­to, su sub­tex­to y su téc­ni­ca siem­pre tie­nen otra vuel­ta de tuer­ca. Otra for­ma de mos­trar­se que, has­ta el mo­men­to, nos ha­bía pa­sa­do desapercibida. 

    Eso pue­de so­nar iló­gi­co pa­ra ha­blar de La Matanza de Texas. Su li­mi­ta­da du­ra­ción, sus re­cur­sos mí­ni­mos y su pro­pues­ta en­tre el pu­ro go­re y la ab­so­lu­ta au­sen­cia de go­re —ha­cien­do que su te­sis sea la pro­pia con­tra­dic­ción: es bru­tal, obs­ce­na y muy grá­fi­ca por­que no lo es en ab­so­lu­to; só­lo se nos in­si­núa que lo es a tra­vés del mon­ta­je y la es­té­ti­ca, de­jan­do que nues­tro ce­re­bro la re­cuer­de más bru­tal de lo que real­men­te es — , nos po­drían ha­cer pen­sar que es un pro­duc­to de se­rie B sin ma­yo­res in­ten­cio­nes de tras­cen­den­cia. Pero es que la in­ten­cio­na­li­dad no tie­ne na­da que ver con el ar­te. El ar­te se pro­du­ce por sín­te­sis, no por cálcu­lo. O en otras pa­la­bras, al ar­te se lle­ga ca­mi­nan­do por te­rre­nos res­ba­la­di­zos, no si­guien­do el ca­mino ya conocido. 

    Baby Driver, de Edgar Wright | Letterboxd

    Impacto emo­cio­nal. Ritmo. Constante in cres­cen­do. Es to­do lo que ne­ce­si­ta un guión pa­ra man­te­ner­nos aten­tos a la pantalla.

    Lo an­te­rior no es nin­gu­na bou­ta­de. Nuestros ce­re­bros, esas ma­ra­vi­llo­sas má­qui­nas de pre­ci­sión ge­ne­ra­das por mi­le­nios de se­lec­ción na­tu­ral, tie­nen un cir­cui­to ce­rra­do muy es­pe­cí­fi­co. No son ca­pa­ces de man­te­ner la aten­ción de for­ma ple­na por mu­cho tiem­po, pa­ra evi­tar si­tua­cio­nes de pe­li­gro don­de no po­da­mos de­fen­der­nos; les gus­tan los pa­tro­nes rít­mi­cos, por­que per­mi­ten en­trar y sa­lir sin ellos sin es­fuer­zo in­clu­so si se ven in­te­rrum­pi­dos; y pue­den re­cor­dar me­jor aque­llo que se sa­le de la nor­ma, por­que pue­de ser un in­di­ca­ti­vo de as­pec­tos que pue­den au­men­tar (o dis­mi­nuir) nues­tra es­pe­ran­za de vi­da. Están di­se­ña­dos pa­ra so­bre­vi­vir. Para ma­xi­mi­zar la efi­cien­cia de las úni­cas dos co­sas que ha­ce­mos me­jor que nin­gún otro ani­mal: aso­ciar he­chos apa­ren­te­men­te in­co­ne­xos y po­der ha­cer co­sas du­ran­te lar­gos pe­rio­dos de tiempo.

    Dj Shadow – The Private Press (2002) | Studio Suicide

    Ciertos dis­cos só­lo se pue­den com­pren­der con pers­pec­ti­va. Cuando se ve có­mo han mar­ca­do el pa­so del tiem­po, có­mo de­ja­ron atrás su épo­ca ade­lan­tán­do­se a un fu­tu­ro in­cier­to, es en­ton­ces cuan­do se pue­de afir­mar su ver­da­de­ro al­can­ce. A fin de cuen­tas, to­do lo de­más es es­pe­cu­la­ción. El éxi­to o el fra­ca­so de un dis­co es cir­cuns­tan­cial. Y su ca­pa­ci­dad pa­ra se­guir sien­do re­le­van­te diez o quin­ce años des­pués al­go que só­lo el pa­so del tiem­po pue­de atestiguar.

    A pe­sar de que The Private Press fue un te­rre­mo­to en su mo­men­to, la crí­ti­ca cul­tu­ral no ha ce­le­bra­do su re­cien­te quin­ce cum­plea­ños. Y no es de ex­tra­ñar. Sigue sien­do hoy un dis­co tan ex­tra­ño co­mo en 2002. 

    Taxidermias Concretas vol.9 | Studio Suicide

    The National siem­pre cam­bian. The National nun­ca cam­bian. Cada dis­co es di­fe­ren­te al an­te­rior, pe­ro siem­pre sue­nan del mis­mo mo­do. Tienen per­so­na­li­dad. Y en sus ade­lan­tos de su nue­vo tra­ba­jo, no es di­fe­ren­te. Guilty Party sue­na fa­mi­liar, cer­cano a aque­llo por lo que nos gus­ta Trouble Will Find Me —el tono me­lan­có­li­co, la ba­te­ría mar­ca­da, el ba­jo su­til — , pe­ro tam­bién hay al­go ex­tra­ño. Diferente. Su gui­ta­rra se fu­ga de for­ma su­til, ha­cien­do del fi­nal de la can­ción un ex­ce­so post-algo, glitch in­clui­do, que re­sul­ta, con­tra to­do pro­nós­ti­co, re­con­for­tan­te. Como una he­ri­da tan pro­fun­da co­mo cá­li­da. Ese su­su­rro de «to­do irá bien» en nues­tro oí­do mien­tras nos aho­gan con la al­moha­da que, iró­ni­ca­men­te, siem­pre he­mos necesitado.

    Taxidermias Concretas vol.10 | Studio Suicide

    A es­tas al­tu­ras na­die du­da de la im­por­tan­cia his­tó­ri­ca de Radiohead. Escuchar OK Computer su­po­ne es­cu­char to­das las gran­des ten­den­cias den­tro del in­die rock de los úl­ti­mos vein­te años con­den­sa­das en me­nos de una ho­ra. Ahí es­tá el post-punk re­vi­val, el in­die tí­mi­da­men­te elec­tró­ni­co e in­clu­so (en un ro­bo des­ca­ra­do) el so­ni­do de Muse a par­tir de Absolution. En ese ca­so, ¿qué apor­ta OK Computer OKNOTOK 1997 – 2017? Nada. Sus des­car­tes lo eran por al­go; el dis­co ya era per­fec­to tal y co­mo era. Pero co­mo ex­cu­sa pa­ra vol­ver a él, re­sul­ta per­fec­to: hoy, co­mo ha­ce vein­te años, OK Computer si­gue sien­do una obra maes­tra re­vo­lu­cio­na­ria. Y con eso de­be­ría ser suficiente.

    Y lo que se está haciendo

    Una demolición necesaria. Respuesta a José Luis Pardo sobre Slavoj Zizek | Ernesto Castro

    «El ar­tícu­lo de José Luis Pardo con­tra Slavoj Zizek que se ha pu­bli­ca­do re­cien­te­men­te en el dia­rio El País me ha de­ja­do es­tu­pe­fac­to. Zizek tam­po­co es san­to de mi de­vo­ción, pe­ro de ahí a afir­mar que es un in­ven­to de las re­des so­cia­les es sim­ple­men­te equi­vo­car­se de fe­chas. Facebook, Twitter y YouTube na­cie­ron a me­dia­dos de la dé­ca­da de los 2000; Zizek pu­bli­có su pri­mer li­bro en 1972, y des­de en­ton­ces ha es­cri­to un cen­te­nar de ellos. Por ese mo­ti­vo pa­re­ce tan fi­lis­tea la au­to­ca­li­fi­ca­ción de Pardo co­mo un “in­te­lec­tual que se re­be­la con­tra es­ta si­tua­ción y se em­pe­ña en se­guir es­cri­bien­do li­bros”: lo más ob­je­ta­ble de Zizek (y de cier­ta in­te­lec­tua­li­dad es­pa­ño­la en­cas­ti­lla­da en su co­lum­na de opi­nión) es pre­ci­sa­men­te que se em­pe­ñen en se­guir es­cri­bien­do cuan­do no tie­nen na­da que aña­dir y so­lo les que­da autoplagiarse.».

    Por qué deberíamos tener fines de semana de tres días | GQ

    «“La re­vo­lu­ción di­gi­tal a lo me­jor nos trae el fin de se­ma­na de tres días…”. Álvaro Nadal, mi­nis­tro de Energía, Turismo y Agenda Digital, de­ja­ba caer ayer en la inau­gu­ra­ción de Futuro Digital, even­to or­ga­ni­za­do por El País Retina, una idea ca­da vez más ex­ten­di­da: un fu­tu­ro la­bo­ral en el que la jor­na­da la­bo­ral se re­duz­ca lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra de­jar­nos un día li­bre ex­tra. El puen­te permanente».

    Shigesato Itoi, The Copywriter: A Comprehensive Look | Yomuka!

    «As every per­son in Japan knows, and as most over­seas fans of Itoi know, Shigesato Itoi is, first and fo­re­most — be­fo­re and af­ter his stint of en­ti­rely ca­sual vi­deo ga­me pro­duc­tion — a copyw­ri­ter. His ta­gli­nes (known in Japanese as “catch co­pies”, a term I much pre­fer) in­clu­de many ubi­qui­tious ph­ra­ses that are re­cog­ni­za­ble to an­yo­ne in Japan, re­gard­less of whether they ha­ve ever heard of Itoi The Man».