Categoría: The Sky Was Pink

  • Colores prohibidos (XI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Once se­ma­nas des­pués, con­ti­núa Colores prohi­bi­dos. Sin no­ve­da­des de en­ti­dad: só­lo vol­vien­do. Que no es po­co. No por na­da, vol­ver se­ma­na a se­ma­na, cri­bar el con­te­ni­do a com­par­tir e ir to­man­do no­ta de to­do lo que se va pu­bli­can­do de cuan­to es­cri­to es tam­bién un tra­ba­jo en sí mismo.

    ¿Qué te­ne­mos es­ta se­ma­na? Por el la­do del ci­ne te­ne­mos un díp­ti­co so­bre Trainspotting, otro bre­ve co­men­ta­rio so­bre John Wick —por­que, co­mo ya sa­brá cual­quie­ra que lle­ve un tiem­po por aquí, me gus­ta mu­cho John Wick— y, aho­ra que vuel­ve a es­tar de mo­da por el es­treno de su ter­ce­ra tem­po­ra­da, unas pa­la­bras so­bre el epi­so­dio pi­lo­to ori­gi­nal de Twin Peaks. Por el la­do mu­si­cal to­ca ha­blar del ex­ce­len­tí­si­mo 3 de Tricot y en Taxidermias con­cre­tas mez­cla­mos lo di­vino con lo pro­fano, el pop con el noi­se, ha­blan­do de lo úl­ti­mo de Asako Toki a la par que de uno de los in­nu­me­ra­bles dis­cos de Merzbow. Para re­ma­tar, te­ne­mos un en­sa­yo lar­go so­bre la re­la­ción en­tre la ope­ra y el vi­deo­jue­go a la luz de Final Fantasy VI, es­pe­cí­fi­ca­men­te de una de sus es­ce­nas más re­cor­da­das y que­ri­das: la del se­cues­tro en la ópera.

    Además en los ar­tícu­los re­co­men­da­dos, lo que se es­tá ha­cien­do, te­ne­mos post-censura, ar­tis­tas ja­po­ne­ses ins­pi­ra­dos por Goya, ci­ne so­bre ti­ro­teos y cons­pi­ra­cio­nes y al maes­tro Katsuhiro Otomo. No se pue­de de­cir que no ven­ga va­ria­di­to. Con eso, ade­más de re­cor­dan­do que la se­ma­na que vie­ne ha­brá de vol­ver la sec­ción otra vez, aca­ba otra en­tre­ga más de Colores prohi­bi­dos. ¿Acaba? No. Ahora que­da lo me­jor. Disfrutar de to­do lo que he­mos re­co­pi­la­do aquí pa­ra vosotros.

    Lo que hago

    Trainspotting, de Danny Boyle | Letterboxd

    Las pe­lí­cu­las, co­mo las per­so­nas, evo­lu­cio­nan. Aunque el nú­cleo es siem­pre el mis­mo, ya que tie­nen as­pec­tos es­truc­tu­ra­les por los cua­les son re­co­no­ci­bles in­clu­so años des­pués de ha­ber­las co­no­ci­do, sus for­mas sub­si­dia­rias van mu­tan­do. Tomando otras for­mas. De ahí que, las bue­nas pe­lí­cu­las, co­mo las per­so­nas in­tere­san­tes, son aque­llas que, aun sien­do siem­pre re­co­no­ci­bles, nun­ca sa­be­mos có­mo van a ir evo­lu­cio­nan­do con el tiempo.

    En ese sen­ti­do, Trainspotting ha si­do pa­ra mí tres pe­lí­cu­las dis­tin­tas. No es la mis­ma pe­lí­cu­la la que vi de ado­les­cen­te, la que vi de uni­ver­si­ta­rio y la que he vis­to aho­ra. No por­que la pe­lí­cu­la ha­ya cam­bia­do, tam­po­co por­que lo ha­ya he­cho yo; es só­lo que am­bos he­mos evo­lu­cio­na­do: yo he des­cu­bier­to otras fa­ce­tas de mí mis­mo, del ci­ne y del mun­do; ella de­be en­fren­tar­se al he­cho del pa­so del tiem­po, no ser la do­na pri­ma de la no­ve­dad y el mar­ke­ting ne­ce­sa­rio. En otras pa­la­bras, en ca­da en­cuen­tro, nues­tras cir­cuns­tan­cias han si­do di­fe­ren­tes. Y co­mo tal, cuán­to he­mos po­di­do o no que­rer­nos tam­bién ha si­do diferente.

    T2 Trainspotting, de Danny Boyle | Letterboxd

    Elegir la vi­da tam­bién sig­ni­fi­ca te­ner a quién afe­rrar­se. Y sa­ber có­mo hacerlo.

    Aunque Trainspotting aca­ba­ba con Mark Renton hu­yen­do ha­cia nin­gu­na par­te, to­da la pe­lí­cu­la gi­ra­ba al­re­de­dor de la mis­ma idea: so­mos aque­llo que nos ro­dean. Y por ex­ten­sión, no so­mos ni me­jo­res ni peo­res que las in­fluen­cias de las que se­pa­mos, o po­da­mos, apropiarnos.

    John Wick Chapter 2, de Chad Stahelski | Letterboxd

    Esos pe­que­ños de­ta­lles. Ese cua­dro, esa es­ta­tua, ese nom­bre. Ese ges­to su­til, esa ima­gen de fon­do, eso que só­lo se ve por el ra­bi­llo del ojo. Ese dis­fru­tar pau­san­do, ha­cien­do cap­tu­ras de pan­ta­llas, pen­san­do en có­mo han hi­la­do tal sub­tra­ma con el con­flic­to prin­ci­pal pa­ra man­te­ner­te siem­pre den­tro, bien co­gi­do por los hue­vos, pa­ra que no sien­tas que hay ni un só­lo se­gun­do fue­ra de si­tio. Porque to­do lo que es sen­so­rial y apa­bu­llan­te en la pri­me­ra vuel­ta, es lo que se ga­na en la se­gun­da en lo que ya era evi­den­te en la pri­me­ra, pe­ro se vuel­ve acu­cian­te en la se­gun­da: su pul­so per­fec­to, su ne­ce­si­dad de que to­do es­té co­nec­ta­do sin per­mi­tir que ha­ya un só­lo hue­co que de po­si­bi­li­dad de fuga.

    Twin Peaks, de David Lynch | Letterboxd

    A Lynch le han caí­do mu­chas eti­que­tas es­tú­pi­das. Pero la más es­tú­pi­da de to­das, es que su ci­ne no tie­ne sentido.

    Nuestros ce­re­bros son bas­tan­te sim­ples en sus pre­fe­ren­cias. Les gus­tan las re­pe­ti­cio­nes, la cau­sa­li­dad y las his­to­rias. Si una his­to­ria nos re­sul­ta fa­mi­liar, me­jor. Si ade­más es im­pac­tan­te, miel so­bre ho­jue­las. Pero al­go que só­lo ocu­rre una vez o que no tie­ne sen­ti­do al­guno es al­go que nues­tro ce­re­bro no pue­de asi­mi­lar bien. Nuestro ce­re­bro fun­cio­na a ba­se de có­di­gos es­tric­tos. Repetición. Causalidad. Impacto. Esos son los tres ele­men­tos que de­be te­ner to­da bue­na his­to­ria. ¿Repetimos? Eso cau­sa­ría im­pac­to en nues­tros ce­re­bros. Y se­ría una bue­na his­to­ria: apren­der algo.

    De la ópera al videojuego. O cómo Final Fantasy VI nos hace pensar en los límites del medio | Presura

    No po­ca gen­te cree que el me­dio más cer­cano al vi­deo­jue­go es el ci­ne. Ya que com­par­ten no po­cos ras­gos (ima­gen, so­ni­do y mon­ta­je), aun­que di­fie­ran en el más im­por­tan­te (la in­ter­ac­ción), tien­de a ver­se en­tre ellos un ai­re de fa­mi­lia que ha lle­va­do al vi­deo­jue­go a adop­tar cier­tas for­mas pro­pias del ci­ne. Nada ra­ro has­ta aquí. A fin de cuen­tas, imi­tar los usos del ci­ne des­de el vi­deo­jue­go es bas­tan­te sen­ci­llo. El pro­ble­ma es que el ci­ne no es el me­dio al que más se pa­re­cía en ori­gen. Dadas las li­mi­ta­cio­nes téc­ni­cas con las que na­ció, el me­dio al que más se pa­re­cía era la ópera.

    Tricot — 3 (2017) | Studio Suicide

    Aceptemos un axio­ma do­lo­ro­so: ha­cer pop es di­fí­cil. Conseguir que al­go sue­ne me­ló­di­co, que in­ter­pe­le al pú­bli­co y que ade­más no sea exac­ta­men­te igual que to­das las de­más can­cio­nes pop>/i>, es un tra­ba­jo ar­duo. A fin de cuen­tas, ha­bla­mos de al­go cu­ya be­lle­za no pue­de ser in­te­lec­tual, no pue­de ra­di­car en re­co­no­cer lo com­ple­jo de sus es­ca­las o lo in­no­va­dor de su so­ni­do, sino que de­be so­nar, ob­je­ti­va­men­te, bo­ni­to.

    Taxidermias concretas vol. IV | Studio Suicide

    Si en un dis­co jun­tas a Mats Gustafsson, Balázs Pándi y Thurston Moore ese dis­co se con­vier­te, au­to­má­ti­ca­men­te, en al­go a se­guir de cer­ca. Salvo si el per­pre­tra­dor es Merzbow. Entonces, co­mo por ar­te de ma­gia, a na­die le im­por­ta lo que ha­ga. Y si bien Cuts of Guilt, Cuts Deeper es adus­to, ári­do y di­fí­cil, tam­bién es una im­pre­sio­nan­te pie­za de noi­se que fu­sio­na lo me­jor del free jazz con el rui­dis­mo ha­bi­tual del ja­po­nés. No tan re­don­do co­mo An Untroublesome Defencelessness, pe­ro aun así, un pe­que­ño gran tapado.

    Y lo que se está haciendo

    Escenas de la guerra cultural en el extremo centro comercial | CTXT

    «El nú­cleo del li­bro de Soto Ivars, y de to­do el tin­gla­do in­for­ma­ti­vo que se ha mon­ta­do a su ve­ra, es el con­cep­to de “pos­cen­su­ra”: “Un sis­te­ma re­pre­si­vo que no re­quie­re le­yes ni Estado cen­sor, y que im­po­ne sus prohi­bi­cio­nes in­fun­dien­do el mie­do a ser ca­ta­lo­ga­dos co­mo trai­do­res” (“De la pos­ver­dad a la pos­cen­su­ra: ob­se­sio­na­dos con no ofen­der”, El Mundo, 30 de abril de 2017). En nu­me­ro­sos ar­tícu­los y en­tre­vis­tas ha glo­sa­do Soto Ivars ese con­cep­to, aler­tan­do de una pro­li­fe­ra­ción de “lin­cha­mien­tos di­gi­ta­les” que “ame­na­za con en­mu­de­cer­nos a to­dos”: “Ser cri­ti­ca­do, ata­ca­do, in­sul­ta­do, boi­co­tea­do, con­de­na­do, mul­ta­do, pe­na­do, des­pe­di­do de tu em­pleo… Eso su­ce­día an­tes con la cen­su­ra fran­quis­ta, y aho­ra con la pos­cen­su­ra” (La Vanguardia, 11 de ma­yo de 2017). Aunque me­nu­dea con ca­sos de “pos­cen­su­ra” de de­re­chas o con­ser­va­do­ra, es más ge­ne­ro­so en ejem­plos de in­to­le­ran­cia de iz­quier­das, es­to es, “lin­cha­mien­tos” con­tra per­so­nas ca­li­fi­ca­das de ma­chis­tas, ra­cis­tas u ho­mó­fo­bas por par­te de “pa­ji­lle­ros de la indignación”».

    ‘Newtown’ – Política, periodismo y cine sobre el tiroteo que nunca existió | Canino

    «La ma­sa­cre de Newtown ‑el ase­si­na­to de vein­te ni­ños y seis adul­tos en la es­cue­la pri­ma­ria Sandy Hook- es­tá con­si­de­ra­da co­mo la ma­tan­za más san­grien­ta de la his­to­ria ja­más pro­du­ci­da en un cen­tro es­co­lar. Pero pa­ra mu­chos aquel su­ce­so nun­ca tu­vo lu­gar. Lo que acon­te­ció aquel 14 de di­ciem­bre en Newtown no fue otra co­sa que unas de las cons­pi­ra­cio­nes me­jor hi­la­das de la his­to­ria ame­ri­ca­na. Una cons­pi­ra­ción que ha aca­ba­do sal­pi­can­do has­ta al mis­mí­si­mo Donald Trump».

    Las pinceladas barrocas de un japonés que lo dejó todo atrás deslumbrado por Goya y Velázquez | El País

    «En 1974, cuan­do el pin­tor Yasumasa Toshima se fue a vi­vir a Madrid, el bi­lle­te de má­xi­ma de­no­mi­na­ción per­mi­ti­do en España era de mil pe­se­tas. La eco­no­mía ja­po­ne­sa era la nú­me­ro uno y los ja­po­ne­ses dic­ta­ban ten­den­cias mun­dia­les en tec­no­lo­gía, mo­de­los de pro­duc­ción y con­su­mo. El yen era om­ni­po­ten­te y la ma­ne­ra más se­gu­ra de ha­cer­lo ren­dir era in­ver­tir en las eti­que­tas más pres­ti­gio­sas del mo­men­to: Chanel, Mercedes Benz, Manhattan y Picasso».

    Katsuhiro Otomo On Creating “Akira” And Designing The Coolest Bike In All Of Manga And Anime | Forbes

    «For most peo­ple outsi­de of Japan, Akira is pro­bably their first con­tact with the world of man­ga and ani­me. The ori­gi­nal man­ga is an epic work and the mo­vie is ar­guably one of the fi­nest ani­ma­ted films ever ma­de. So it see­med en­ti­rely ne­ces­sary to meet up with the crea­tor Katsuhiro Otomo at his ho­me in Tokyo to dis­cuss all of his work».

  • Colores prohibidos (X) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (X) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Ya es­tá aquí. Ya lle­gó. Es la dé­ci­ma se­ma­na de Colores prohi­bi­dos. Y aun­que pa­ra mu­chos eso no se­ría na­da, ape­nas sí un sus­pi­ro, al­go que se les ha­brá pa­sa­do in­clu­so sin dar­se cuen­ta, lle­var só­lo dos me­ses y me­dio ca­si pa­re­ce po­co: en cier­tos mo­men­tos, sien­to co­mo si lle­va­ra to­da la vi­da ha­cien­do es­tos re­sú­me­nes. Como si ya fue­ran par­te cons­ti­tu­ti­va de la ru­ti­na se­ma­nal. O al me­nos, cuan­do na­da im­pi­de sa­lir al aire. 

    ¿Qué trae­mos es­ta se­ma­na? Poco, pe­ro se­lec­to. Hablamos de ani­me cy­ber­punk a cau­sa del es­treno de Blame!, la adap­ta­ción del clá­si­co man­ga de Tsutomu Nihei que ha lle­va­do ade­lan­te Netflix, nos mar­ca­mos una se­sión do­ble con es­pías tan dis­tin­tos co­mo los de U.N.C.L.E. y Anacleto y con­clui­mos nues­tro vi­sio­na­do de Rebuild of Evangelion. También ha­bla­mos de black me­tal y gos­pel y, en las ta­xi­der­mias con­cre­tas, nos cen­tra­mos en los nue­vos sen­ci­llos de Burial y Cruyff in the Bedroom. Eso por un la­do. Por el la­do de lo que ha­go. Y por lo que se es­tá ha­cien­do trae­mos la ce­le­bra­ción del dé­ci­mo ani­ver­sa­rio del de­but del ya men­ta­do Burial por un la­do y un in­tere­san­te tex­to so­bre 3DCG en el ani­me que vie­ne al pe­lo la se­ma­na del es­treno de Blame!. Especialmente con­si­de­ran­do con los pa­los que ya le es­tán ca­yen­do por no ha­ber si­do ani­ma­do de for­ma tradicional.

    Hasta aquí el re­su­men de la se­ma­na. Hasta aquí Colores prohi­bi­dos. El es­pa­cio don­de, an­tes de ir di­rec­ta­men­te al con­te­ni­do, te lo re­su­mi­mos y pe­di­mos dis­cul­pas, por­que siem­pre te­ne­mos al­gún én­fa­sis neu­ró­ti­co del que ha­cer­nos car­go. Por ejem­plo, re­cor­da­ros que la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai! si­gue cre­cien­do con no­ve­da­des, ra­re­zas y can­cio­nes que me gus­tan sin más. Eso por no de­cir que, ¿se­ra es­ta se­ma­na en la que ten­dre­mos nue­vo ar­tícu­lo del blog? ¡Quién sa­be si ha­brá tiem­po! Pero só­lo el tiem­po lo di­rá. Y ese tiem­po es la se­ma­na que vie­ne. El do­min­go. En Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    10 animes cyberpunk que deberías ver antes de ‘Blame!’ | Cinemania

    El ani­me tie­ne una lar­ga tra­di­ción de obras cy­ber­punk. No por na­da, Japón ya era cy­ber­punk cuan­do William Gibson, Bruce Sterling y Ridley Scott se sa­ca­ron el gé­ne­ro de la man­ga. Por eso, apro­ve­chan­do el es­treno de la adap­ta­ción ani­ma­da de Blame! por par­te de Netflix, he­mos he­cho una lis­ta de los pro­duc­tos de ani­ma­ción ja­po que me­jor ma­ri­dan con la obra de Tsutomu Nihei. Pero co­mo tam­po­co era cues­tión de re­pe­tir ob­vie­da­des, se­ña­lan­do otra vez lo gran­des que son Ghost in the Shell o Akira, he­mos de­ci­di­do ha­cer otro en­fo­que. Buscar otros ani­mes. Algunos añe­jos, otros po­co co­no­ci­dos, otros, sim­ple­men­te más mo­der­nos. Y es­tos son los diez ani­mes que han pa­sa­do nues­tra criba.

    Evangelion: 3.0 You Can (Not) Redo | Letterboxd

    Y es­ta­lló la bomba.

    Tras la an­te­rior pe­lí­cu­la de Rebuild of Evangelion era evi­den­te que es­to no era un me­ro re­ma­ke. Que si bien la se­rie tie­ne su pro­pia iden­ti­dad, las pe­lí­cu­las no iban a ser un me­ro la­va­do de ca­ra. Principalmente, por­que ni si­quie­ra lo necesita. 

    Anacleto, de Javier Ruiz Caldera | Letterboxd

    Anacleto es un te­beo con cier­to en­can­to. Su hu­mor, ju­gan­do con los lí­mi­tes del pro­pio me­dio —plás­ti­co, car­toon, di­bu­ja­do — , me­jo­ra cuan­to más ale­ja­do se man­tie­ne de los in­ten­tos de ser otro pro­duc­to Bruguera más. A fin de cuen­tas, no es Mortadelo y Filemón. Su ma­yor ba­za es­tá en el gag vi­sual y en la tro­pe­lía, no en la sa­cu­di­da cons­tan­te de chis­tes, me­ta­chis­tes y re­fe­ren­cias. Humor que, fue­ra de su me­dio, del có­mic, es prác­ti­ca­men­te irre­pro­du­ci­ble. Salvo, tal vez, pa­ra di­rec­to­res que ten­gan una con­si­de­ra­ción or­gá­ni­ca, plás­ti­ca y no mi­mé­ti­ca del ci­ne. Algo prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble de en­con­trar en el mun­do. E in­exis­ten­te en nues­tra in­dus­tria fílmica.

    Es por eso que Anacleto, la pe­lí­cu­la, no es más que una cu­rio­si­dad desaprovechada.

    The Man from U.N.C.L.E., de Guy Ritchie | Letterboxd

    Existen con­di­cio­nes muy es­pe­cí­fi­cas pa­ra que al­go sea pop. Hace fal­ta que sea co­lo­ri­do, ac­ce­si­ble, pe­ro tam­bién que ten­ga per­so­na­li­dad, sea ex­tra­va­gan­te, pe­ro de al­gún mo­do fa­mi­liar, sin de­jar, en to­do mo­men­to, de re­sul­tar cer­cano y, en apa­rien­cia, ágil e inteligente. 

    En otras pa­la­bras, es di­fí­cil crear un buen pro­duc­to pop. 

    Blame!, de Hiroyuki Seshita | Letterboxd

    Blame! es una ra­re­za. Publicado a fi­nal de los 90’s, co­mo man­ga cy­ber­punk es, tal vez, el úni­co que lo­gró ca­rac­te­ri­zar las for­mas más en­fer­mi­zas y fe­bri­les del ci­ne. El im­pac­to vi­sual. El rit­mo opre­si­vo. El va­cío. El cons­tan­te di­ri­gir­se ha­cia la muer­te sin sa­ber có­mo ni por­qué. Y por esa mis­ma ra­zón, fue un man­ga de cul­to sin de­ma­sia­da con­ti­nui­dad en el tiempo. 

    Pero en­ton­ces lle­gó Knight of Sidonia.

    Zeal & Ardor – Devil is Fine (2017) | Studio Suicide

    Como mú­si­ca de van­guar­dia, el black me­tal es­tá des­apro­ve­cha­do. Detrás de to­da su cru­de­za, hay un gé­ne­ro que, co­mo ba­se pa­ra fu­sio­nes e in­ter­pre­ta­cio­nes sui ge­ne­ris, re­sul­ta ex­ce­len­te. Por eso re­sul­ta ri­dícu­lo lo po­co apro­ve­cha­do que es­tá en cier­tos cam­pos te­má­ti­cos. Pues si su prin­ci­pal cam­po de ba­ta­lla es el at­mos­fé­ri­co, el rui­dis­ta y el sa­tá­ni­co, ¿por qué no ex­plo­rar esos mis­mos cam­pos des­de otras ópticas? 

    Eso de­bían pen­sar Zeal & Ardor. Mezclando black me­tal con gos­pel, can­tán­do­le al dia­blo co­mo le can­ta­rían a dios, con­si­guen en Devil is Fine un de­but no só­lo sor­pren­den­te, sino mu­si­cal­men­te arriesgado. 

    Taxidermias concretas vol. III | Studio Suicide

    Burial si­gue dán­do­nos lan­za­mien­tos a cuen­ta go­tas. Casi co­mo si qui­sie­ra que vea­mos su evo­lu­ción ar­tís­ti­ca a cá­ma­ra len­ta. Algo que se ha­ce no­tar en Subtemple / Beach Fires en un acer­ca­mien­to fa­mi­liar, pe­ro di­fe­ren­te, a su pro­pio so­ni­do. Pues aquí cae más cer­ca del am­bient que del dubs­tep. Es por eso que, mien­tras que Subtemple se sien­te pe­sa­da, una opor­tu­ni­dad per­di­da de ha­ber he­cho al­go di­fe­ren­te, Beach Fires sí cum­ple su pro­pó­si­to. Siendo es­tric­ta­men­te am­bient, su acer­ca­mien­to sin­gu­lar ha­cia el cor­pus del ar­tis­ta re­sul­ta tan ex­tra­ño, pe­ro de al­gún mo­do cohe­ren­te, que jus­ti­fi­ca la exis­ten­cia de es­te sen­ci­llo. Al me­nos, has­ta que vea­mos en dón­de desem­bo­ca cuan­do, por fin, vuel­va al ca­mino del lar­ga duración.

    Y lo que se está haciendo

    Burial turns 10: The roots of a dubstep masterpiece | Fact Magazine

    «Burial’s self-titled de­but al­bum was re­lea­sed on May 15, 2006, and it felt li­ke it had been a long ti­me coming.

    We’d al­ready di­ges­ted the mys­te­rious South London Boroughs EP and we­re des­pe­ra­te for mo­re. Burial pro­vi­ded the fix, and without gi­ving away any per­so­nal de­tails about William Bevan, who­se na­me hadn’t even been re­vea­led yet. There we­re pre­cious few in­ter­views, and we ne­ver got to see him stan­ding behind a pair of decks on an ele­va­ted sta­ge at so­me cor­po­ra­te fes­ti­val or other. We just got han­ded vi­bes, and that’s all we really needed».

    Embracing the 3DCG menace, ambitious action — Girls und Panzer: The Movie | Sakuga Blog

    «We must uni­te against 3DCG sin­ce it’s the enemy of hand drawn ani­ma­tion! And all ani­me CGI is com­ple­te gar­ba­ge! – But is it though?»

  • Colores prohibidos (VIII+IX) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (VIII+IX) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Cof, cof. Corramos un tu­pi­do ve­lo so­bre los he­chos in­sig­ni­fi­can­tes, co­mo que ten­ga­mos que re­pe­tir do­ble­te, y ale­gré­mo­nos de que ya ha­ya vuel­to Colores prohi­bi­dos. Esta vez con en­tra­da doble. 

    ¿Qué te­ne­mos es­tas dos úl­ti­mas se­ma­nas? Pues la lis­ta de los ani­mes de pri­ma­ve­ra, bue­nas do­sis de Evangelion, no po­cos có­mics y un gran en­tu­sias­mo con pe­lí­cu­las tan pa­sa­das de vuel­tas que no nos ca­bía sino ce­le­brar­las. También, y muy es­pe­cial­men­te, dos es­tre­nos: en Studio Suicide he­mos em­pe­za­do una sec­ción de crí­ti­cas bre­ves, Taxidermias Concretas, que se pu­bli­can ca­da sá­ba­do. Ya lle­va­mos dos en­tre­gas y de mo­men­to fun­cio­na a la per­fec­ción. Por otro la­do, he co­men­za­do una lis­ta de Spotify, lla­ma­da Banzai! Banzai! Banzai! don­de iré su­bien­do la mú­si­ca que des­cu­bra, me gus­te o sim­ple­men­te lo que me ha­ya dan­do por ahí in­tro­du­cir. La lis­ta pue­de cam­biar, ser re­or­ga­ni­za­da, que can­cio­nes des­apa­rez­can y otras sean reor­de­na­das. Esa es la ma­gia de Banzai! Banzai! Banzai!, esa es la ma­gia de mi imprevisibilidad. 

    Y con eso ya he­mos he­cho el su­ma­rio ge­ne­ral de lo que han da­do de sí es­tas dos se­ma­nas. ¿Si hay más co­sas? Por su­pues­to. Estupendas crí­ti­cas de li­bros. Acongojantes con­se­jos li­te­ra­rios. Maravillosas en­tre­vis­tas. Algunos con­te­ni­dos pro­pios, otros aje­nos. Porque de eso tra­ta Colores prohi­bi­dos. De mos­trar lo que ha­go y lo que se es­tá ha­cien­do. Semana a se­ma­na. Al me­nos, cuan­do el tiem­po lo per­mi­te. Y has­ta el do­min­go que vie­ne, aquí que­da la lec­tu­ra de la oc­ta­va (y la no­ve­na) en­tre­ga. (más…)

  • Colores prohibidos (VII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (VII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohi­bi­dos vuel­ve in­clu­so cuan­do es puen­te. Tras la ri­ma bo­chor­no­sa, po­de­mos ir di­rec­ta­men­te a lo im­por­tan­te: a lo que trae­mos es­ta se­ma­na. Por ejem­plo, mu­cho ka­waii, por­que Kirby cum­plió ha­ce unos días vein­ti­cin­co años, in­clu­so si pa­ra él no pa­san los años. También te­ne­mos un do­cu­men­tal so­bre Arnold Schwarzenegger an­tes de ser el ac­tor fa­mo­so que es hoy, un re­pa­so de por­qué es tan bri­llan­te el pri­mer ca­pí­tu­lo de la se­rie Sherlock y por­qué Guardianes de la Galaxia vol. 2 po­dría ha­bér­se­lo aho­rra­do Marvel. Como bá­si­ca­men­te ca­si to­das las pe­lí­cu­las que han pro­du­ci­do, por otra par­te. Para re­ba­jar eso te­ne­mos una bue­na se­lec­ción de man­gas (y una no­ve­la) y, pa­ra aca­bar, Studio Suicide si­gue en la bre­cha y, es­ta se­ma­na, trae­mos una com­bi­na­ción de post-rock con mú­si­ca folk co­rea­na. O no. No exactamente. 

    En tex­tos aje­nos tam­po­co ha si­do una ma­la se­ma­na. Aunque con me­nos ví­deos de lo nor­mal. Tenemos una en­tre­vis­ta al es­cri­tor Gonzalo Torné, un ar­tícu­lo so­bre la dra­ma­tur­ga Sarah Kane y pa­ra aca­bar el anun­cia­do pri­mer acer­ca­mien­to (pú­bli­co, al me­nos) a la no-ficción por par­te de Cormac McCarthy. Para aca­bar, na­da co­mo un po­co de vi­deo­jue­gos y có­mo las com­pa­ra­cio­nes no son só­lo odio­sas, sino per­ni­cio­sas pa­ra el arte. 

    Con eso con­clu­ye por hoy Colores prohi­bi­dos. O em­pie­za. A par­tir de aquí, to­dos los links y los ex­trac­tos pa­ra bu­cear por es­ta tí­mi­da, pe­ro co­que­ta, se­lec­ción se­ma­nal. ¿Y qué ca­be es­pe­rar la se­ma­na que vie­ne? Quién sa­be. Quizás, in­clu­yo ha­ya al­gu­na pe­que­ña sorpresa.

    Lo que hago

    25 años de Kirby – ‘Kirby’s Dream Land’ y el sueño de un sólo botón de Masahiro Sakurai | Canino

    Kirby, 25 años des­pués de la sa­li­da de Kirby’s Dream Land, si­gue en ple­na for­ma. No hay na­die más ka­waii que él. Comiéndole tam­po­co pue­de ga­nar­le na­die. Y si bien la gran mas­co­ta de Nintendo es Mario, en po­pu­la­ri­dad no le an­da de­ma­sia­do le­jos. Por eso, ¿qué me­jor for­ma de ce­le­brar su cum­plea­ños que ha­blan­do de sus orí­ge­nes y su creador?

    Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores: Baladinas y romances, de Ignacy Karpowicz | Goodreads

    Thomas Pynchon tie­ne una no­ta­ble in­fluen­cia so­bre la li­te­ra­tu­ra con­tem­po­rá­nea. Y no es pa­ra me­nos. Maestro de la pa­la­bra pre­ci­sa, ar­te­sano de la fra­se in­trin­ca­da y fi­ló­so­fo sin tí­tu­lo, no hay pá­gi­na de Pynchon que pue­da con­si­de­rar­se des­apro­ve­cha­da. No en lo téc­ni­co, da­da su ten­den­cia a ti­rar pá­gi­nas y pá­gi­nas en be­llí­si­mos equi­li­bris­mos no ne­ce­sa­ria­men­te co­nec­ta­dos con la na­rra­ti­va glo­bal de sus novelas.

    Hasta aquí na­da ma­lo. De la be­lle­za del ar­te­sano tam­bién se vi­ve. Pero el pro­ble­ma lle­ga cuan­do sus imi­ta­do­res no en­tien­den que los de­fec­tos del maes­tro sin sus vir­tu­des no sir­ven pa­ra nada. 

    El Multiverso, de Grant Morrison | Goodreads

    A Grant Morrison le pe­sa su ob­se­sión. Su ne­ce­si­dad de vol­ver cons­tan­te­men­te al con­flic­to me­ta­tex­tual, al he­cho de in­vo­lu­crar al lec­tor ac­ti­va­men­te en la lec­tu­ra —ha­cien­do que sus tra­mas trans­cu­rran en los in­ters­ti­cios en­tre el mun­do del có­mic y el mun­do real — , ha­ce que, al­gu­nos de sus me­jo­res tru­cos, aca­ben pa­re­cien­do ago­ta­dos no por­que ya no sean efec­ti­vos, sino por­que ya los ha usa­do más ve­ces de los que nues­tra cre­du­li­dad nos permite.

    Algo tris­te, por­que Morrison es­tá le­jos de ser un pe­rro de un só­lo truco. 

    Sherlock: Estudio en rosa, de Jay | Goodreads

    Toda adap­ta­ción im­pli­ca ir al nú­cleo de la idea. No que­dar­se con la tra­duc­ción li­te­ral, sino in­ten­tar apro­ve­char el me­dio al cual se es­tá adap­tan­do pa­ra ha­cer al­go que, al ser di­fe­ren­te, sea igual. Pero eso no sig­ni­fi­ca que sea ne­ce­sa­rio que la adap­ta­ción no sea fiel al ori­gi­nal. En oca­sio­nes, la ex­tre­ma fi­de­li­dad al ori­gi­nal es el me­jor mo­do de ex­plo­rar las par­ti­cu­la­ri­da­des del medio.

    Plinivs 1, de Mari Yamazaki | Goodreads

    Gayo Plinio Segundo, au­tor de la hoy nin­gu­nea­da Naturalis his­to­ria más co­no­ci­do co­mo Plinio El Viejo, es un au­tor muy po­co leí­do hoy en oc­ci­den­te. Su com­bi­na­ción de es­tu­dio cien­tí­fi­co de la cien­cia, mi­to­lo­gía, his­to­rias per­so­na­les y anéc­do­tas le han otor­ga­do el pa­pel de fuen­te his­tó­ri­ca irre­le­van­te, sin que mu­chos pue­dan en­ten­der dón­de ra­di­ca su va­lor úl­ti­mo: es un escritor.

    Pumping Iron, de George Butler y Robert Fiore | Letterboxd

    Existen mun­dos com­ple­ta­men­te aje­nos al nues­tro. Auténticos mi­cro­cos­mos don­de las cla­ves que he­mos asu­mi­do co­mo ab­so­lu­tas va­rían de tal mo­do que re­sul­tan esen­cial­men­te in­in­te­li­gi­bles pa­ra cual­quie­ra que no per­te­nez­ca a ellos. Y de vez en cuan­do, esos mun­dos im­pac­tan con­tra el nuestro.

    Pumping Iron in­ten­ta trans­mi­tir­nos eso. Cuál es la poé­ti­ca de­trás del fi­sio­cul­tu­ris­mo. Qué lle­va a un hom­bre a in­ver­tir ho­ras de gim­na­sio en ser una mo­le mus­cu­lar per­fec­ta­men­te de­fi­ni­da cu­yo vo­lu­men y si­me­tría es tan in­men­sa co­mo per­fec­ta. Y pa­ra ha­cer­lo, nos ha­ce se­guir los pa­sos del sie­te ve­ces cam­peón del Mr. Olympia: Arnold Schwarzenegger.

    Sherlock – A Study in Pink, de Paul McGuigan | Letterboxd

    Hay obras que ya es­tán que­ma­das. Clásicos de la li­te­ra­tu­ra que, des­pués de cien­tos, mi­les de adap­ta­cio­nes, cual­quier po­si­bi­li­dad de dar­les una vuel­ta de tuer­ca no es só­lo ab­sur­da, sino que re­quie­re de­trás un ar­tis­ta real­men­te bri­llan­te pa­ra do­tar­les de una vi­da que ya só­lo tie­nen en su obra original. 

    Ahora bien, ¿qué ocu­rre cuan­do la obra ori­gi­nal es tan de­pen­dien­te de un con­tex­to que es im­po­si­ble adap­tar­la? Que en­ton­ces só­lo ca­be in­ven­tar­se al­go di­fe­ren­te. Y eso ha­cen Steven Moffat y Mark Gatiss: Inventarse A Study in Pink .

    Guardians of the Galaxy, vol. 2, de James Gunn | Letterboxd

    No bas­ta con te­ner ta­len­to. Ni si­quie­ra con te­ner una gran idea. A ve­ces, in­clu­so con una téc­ni­ca im­pe­ca­ble es in­su­fi­cien­te. Es ne­ce­sa­rio sa­ber man­te­ner la co­he­ren­cia, sa­ber ca­li­brar to­do ello y dar­le la for­ma ade­cua­da, in­ten­tan­do que las in­ter­fe­ren­cias, per­so­na­les o co­mer­cia­les, no aca­ben las­tran­do el con­jun­to. Porque in­clu­so cuan­do se es un ar­tis­ta ima­gi­na­ti­vo y un ar­te­sano im­pe­ca­ble eso no sig­ni­fi­ca que no pue­da aca­bar sa­lien­do to­do re­ma­ta­da­men­te mal.

    En Guardianes de la Galaxia 2 to­do sa­le mal. Pero sa­le mal del mo­do más ex­tra­ño, des­qui­cia­do y bo­chor­no­so: por pu­ra sa­tu­ra­ción de bue­nas ideas. 

    Jambinai – Différance (2012÷2017) | Studio Suicide

    Existen ar­tis­tas que de­sa­fían to­da ca­te­go­ri­za­ción. Hacen mú­si­ca tan per­so­nal, tan des­co­nec­ta­da de la ex­pe­rien­cia co­mún, que pre­ten­der usar eti­que­tas con ellos re­sul­ta ab­sur­do. Si es que no in­sul­tan­te. A fin de cuen­tas, ¿es po­si­ble de­fi­nir aque­llo que va más allá de to­do lo que conocemos? 

    Lo an­te­rior pue­de so­nar pre­ten­cio­so. Incluso ab­sur­do. Pero es nor­mal po­ner­se fi­lo­só­fi­cos pa­ra ha­blar de Jambinai

    Y lo que se está haciendo

    Sarah Kane y las encías de Antonin Artaud | El Estado Mental

    «Si, co­mo Artaud pen­sa­ba, los sue­ños, pa­ra ser li­bres, pa­ra ser re­co­no­ci­dos co­mo ver­da­de­ros sue­ños, han de es­tar im­preg­na­dos de cruel­dad y ho­rror, si la ver­da­de­ra sen­sa­ción es una mor­de­du­ra ve­ne­no­sa, el tea­tro de Sarah Kane es el tem­plo de­fi­ni­ti­vo de la con­fron­ta­ción con to­do lo que nos ha­ce ani­ma­les sen­si­bles y te­me­ro­sos. Una mu­jer co­rrien­do ba­jo una tor­men­ta, una mu­jer gri­tan­do, una mu­jer que no mi­ra atrás, una es­cri­to­ra al en­cuen­tro de la muer­te sin va­ci­la­cio­nes, que de­ja po­de­ro­sas hue­llas en un fan­go que aca­ba­rá por tra­gár­se­la viva».

    Entrevista a Gonzalo Torné | Vicente Luis Mora. Diario de lecturas

    «Bien mi­ra­do hu­bie­se po­di­do ci­tar otros trein­ta no­ve­lis­tas que ten­go pre­sen­te cuan­do es­cri­bo. Aspiro a “dia­lo­gar” con tan­ta tra­di­ción co­mo sea ca­paz de ab­sor­ber. Es muy di­fí­cil hi­lar fino, de­pen­de un po­co del li­bro, y, en cual­quier ca­so, lo in­tere­san­te es ver dón­de nos se­pa­ra­mos de los “maes­tros” y no don­de los se­gui­mos a pies jun­ti­llas. Si es que lo lo­gra­mos, claro».

    Picture in a Frame | Medium

    «I think a lot about how we fra­me things. The way we pre­sent sub­jects can im­me­dia­tely chan­ge its per­cep­tion. A chan­ge in head­li­ne can be the dif­fe­ren­ce bet­ween so­meo­ne en­ga­ging em­pathe­ti­cally or tur­ning away in dis­gust. It’s so­mething that con­ti­nually reap­pears within cul­tu­ral dis­cus­sions, and its im­por­tant to hel­ping de­fi­ne cul­tu­ral attitudes».

    The Kekulé Problem | Nautilus

    «I call it the Kekulé Problem be­cau­se among the my­riad ins­tan­ces of scien­ti­fic pro­blems sol­ved in the sleep of the in­qui­rer Kekulé’s is pro­bably the best known. He was trying to arri­ve at the con­fi­gu­ra­tion of the ben­ze­ne mo­le­cu­le and not ma­king much pro­gress when he fell as­leep in front of the fi­re and had his fa­mous dream of a sna­ke coiled in a hoop with its tail in its mouth — the ou­ro­bo­ros of mytho­logy — and wo­ke ex­clai­ming to him­self: “It’s a ring. The mo­le­cu­le is in the form of a ring.” Well. The pro­blem of cour­se — not Kekulé’s but ours — is that sin­ce the un­cons­cious un­ders­tands lan­gua­ge per­fectly well or it would not un­ders­tand the pro­blem in the first pla­ce, why doesnt it simply ans­wer Kekulé’s ques­tion with so­mething li­ke: “Kekulé, it’s a bloody ring.” To which our scien­tist might res­pond: “Okay. Got it. Thanks.”».

  • Colores prohibidos (VI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (VI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Otra se­ma­na más, otra en­tre­ga de Colores prohi­bi­dos. Y si bien en es­ta oca­sión vie­ne sen­si­ble­men­te más exigua, to­da­vía hay bas­tan­te de lo que ha­blar. Por ejem­plo, de Death Note. También so­bre un pu­ña­do de pe­lí­cu­las de cul­to y, de pa­so, de una pe­lí­cu­la re­cién es­tre­na­da que tie­ne to­das las pa­pe­le­tas pa­ra con­ver­tir­se en fu­tu­ra re­fe­ren­cia uni­ver­sal. Pero lo más im­por­tan­te es que ha re­gre­sa­do Studio Suicide, el blog mu­si­cal don­de va­mos cri­ban­do lo me­jor (y a ve­ces, lo sim­ple­men­te in­tere­san­te o la no­ve­dad que to­que de­fe­nes­trar) del ám­bi­to mu­si­cal con­tem­po­rá­neo. Especialmente de esos már­ge­nes, ya sean por ex­tre­mos o por no an­glo­sa­jo­nes, que otros sue­len ol­vi­dar­se de trillar.

    Por otro la­do, ha si­do una se­ma­na de bue­nos tex­tos aje­nos. Ya sea pa­ra ha­blar de vi­deo­jue­gos, pí­xe­les y hos­tias co­mo pa­nes, o pa­ra ha­blar de li­bros, esa fu­tu­ra pe­lí­cu­la de cul­to ya nom­bra­da o el pro­ble­ma del ca­pi­ta­lis­mo en su enési­ma for­ma ad­qui­ri­da, no se­rá es­ta se­ma­na cuan­do nos que­de­mos cor­tos en lec­tu­ras re­co­men­da­das pa­ra quien ten­ga ne­ce­si­da­des más allá de los tex­tos del au­tor de es­te blog. 

    Dicho eso, co­mo siem­pre, da­mos pa­so al re­su­men. No sin re­cor­dar an­tes que, la se­ma­na que vie­ne, vol­ve­rá Colores prohi­bi­dos. Y, con un po­co de suer­te, lo ha­rá con un po­co más de contenido.

    (más…)