Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

Aunque nos sal­ta­mos una se­ma­na, eso no im­pi­de que Colores prohi­bi­dos. Se pue­de ser re­gu­lar en la irre­gu­la­ri­dad. Se pue­de ha­cer de la re­gu­la­ri­dad una for­ma de vol­ver, aun­que no sea siem­pre exac­ta­men­te a tiem­po.

Siguiendo la es­te­la de la an­te­rior en­tre­ga, te­ne­mos bas­tan­tes más li­bros que pe­lí­cu­las. Lo cual si­gue cho­can­do. Además de un buen pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas ele­gi­das pa­ra que las vean prin­ce­sas de do­ce años, te­ne­mos tam­bién un pu­ña­do de crí­ti­cas de ci­ne de pe­lí­cu­las que han de­ja­do mu­cho de desear. En li­te­ra­tu­ra te­ne­mos de to­do: des­de un en­tu­sias­mo (es­pe­ro) con­ta­gio­so por li­bros alu­ci­nan­tes y so­no­ros bos­te­zos por otros que, si bien pro­me­tían, han aca­ba­do sien­do un ab­so­lu­to fias­co. Porque al fi­nal se­rá ver­dad lo que di­cen al­gu­nos es­cri­to­res. Que hoy en día, quie­nes me­jor es­cri­ben, son los ar­tis­tas, no los es­cri­to­res. Pero sea eso cier­to o no, aún nos que­da bas­tan­te mú­si­ca, una se­lec­ción de tex­tos aje­nos y co­mo de cos­tum­bre, la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai!, que si­gue cre­cien­do te­ma­zo a te­ma­zo.

Y an­tes de aca­bar, un pe­que­ño anun­cio. La edi­to­rial Shangri-la aca­ba de pu­bli­car el li­bro teó­ri­co so­bre ci­ne por­no­grá­fi­co Porno. Ven y mi­ra don­de ten­go el ho­nor de par­ti­ci­par con un tex­to lla­ma­do Ero-Monogatari. La evo­lu­ción de la re­pre­sen­ta­ción por­no­grá­fi­ca en la so­cie­dad ja­po­ne­sa. Para quien ten­ga in­te­rés, el li­bro se pue­de com­pren­der en la web de la edi­to­rial o en su li­bre­ría fa­vo­ri­ta. Dicho eso, con­clui­mos Colores prohi­bi­dos. Hoy, tal vez, un po­co más prohi­bi­dos que de cos­tum­bre.

Lo que hago

Películas japonesas que le gustarán a una niña de 12 años | Cinemanía

Algunos ni­ños dis­fru­tan con el ci­ne de Akira Kurosawa. Y en­tre esos, al­gu­nos ni si­quie­ra son de la reale­za. Con to­do, es com­pren­si­ble que mu­cha gen­te no se crea las afi­cio­nes de la prin­ce­sa Leonor. A fin de cuen­tas, el ci­ne ja­po­nés se nos ha ven­di­do siem­pre co­mo al­go len­to, fi­lo­só­fi­co y ex­tra­ño. Algo muy ale­ja­do del ima­gi­na­rio in­fan­til de aven­tu­ras, fan­ta­sía y co­lor. Pero eso es una tre­men­da men­ti­ra. En el ci­ne de Kurosawa, co­mo en el res­to del ci­ne ja­po­nés, ca­be to­do. Tanto adul­tos co­mo ni­ños, de lo más ma­du­ro a lo más in­fan­til. Para de­mos­trar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas que po­drá dis­fru­tar cual­quier preado­les­cen­te, in­clu­so si ca­re­ce de tí­tu­lo no­bi­lia­rio. O si sus pa­dres no le obli­gan a ver Dersu Uzala.

[Crítica] ‘Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores’ – Pynchon no habla polaco | Canino

En el ám­bi­to li­te­ra­rio se sue­le con­fun­dir el pos­mo­der­nis­mo con ha­ber leí­do a Thomas Pynchon. Con sen­tir­se pró­xi­mo ha­cia al­gu­nos de sus tro­pos. Y es na­tu­ral. No só­lo por­que sea un gran es­cri­tor o por­que su som­bra sea alar­ga­da, sino por­que sin­te­ti­za a la per­fec­ción cier­to es­pí­ri­tu de la épo­ca. Pero ya que vi­vi­mos ba­jo el pa­ter­na­lis­ta co­lo­nia­lis­mo an­glo­sa­jón, eso es co­mo de­cir que sin­te­ti­za el es­pí­ri­tu nor­te­ame­ri­cano. Aquello que le es pro­pio a la cul­tu­ra pop es­ta­dou­ni­den­se, no ne­ce­sa­ria­men­te a él.

En otras pa­la­bras, de Thomas Pynchon lo que se sue­le to­mar es la iro­nía. Esa mis­ma que com­par­te con Los Simpson.

E3 2017 (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar el cinismo) | Canino

Malas no­ti­cias: el for­ma­to del E3 se ago­ta. Ya no ha­ce gra­cia. Tras el enési­mo en­cor­ba­ta­do ven­dién­do­te su mier­da co­mo quien ven­de cre­ce­pe­lo de pue­blo en pue­blo y con el pú­bli­co aplau­dien­do a la na­da li­te­ral, uno se ago­ta. Empieza a sen­tir co­mo si le es­tu­vie­ran to­man­do el pe­lo. Y tal vez por eso las com­pa­ñías, len­ta­men­te, han ido cam­bian­do el for­ma­to con el que tra­ba­jan. Pasar de la clá­si­ca con­fe­ren­cia con desa­rro­lla­do­res dan­do da­tos y, en el me­jor de los ca­sos, bo­rra­chos de ma­sas -o en el ca­so de la Konami de 2010, tal vez só­lo borrachos-, ha­cia otras for­mas más di­ná­mi­cas.

Mes Mini, de AnaitGames | Goodreads

De vi­deo­jue­gos se es­cri­be mu­cho, pe­ro po­cas ve­ces bien. Siendo un me­dio jo­ven, con los clá­si­cos sien­do al­go que bien se pue­de ha­ber co­no­ci­do en el mo­men­to de su re­cep­ción, sa­ber a qué o có­mo afe­rrar­se es di­fí­cil. Si es que no di­rec­ta­men­te im­po­si­ble. Por eso re­sul­ta tan es­ti­mu­lan­te y va­lien­te cuan­do al­guien en­cuen­tra el mo­do de es­cri­bir de vi­deo­jue­gos: por­que es una ano­ma­lía den­tro de la ra­ma más me­dio­cre del pe­rio­dis­mo.

AnaitGames es uno de esos po­cos si­tios don­de se es­cri­be bien. Con es­ti­lo. Con sa­pien­cia. Sin ol­vi­dar la ne­ce­si­dad de edu­car y en­tre­te­ner al lec­tor. Algo ex­cep­cio­nal no só­lo en la pren­sa de los vi­deo­jue­gos. Y en Mes Mini, li­bro que re­co­pi­la las trein­ta re­se­ñas de los trein­ta jue­gos que com­pu­sie­ron la sa­li­da de la NES Mini, po­de­mos ver has­ta qué pun­to es cier­to. Hasta qué pun­to su en­ten­di­mien­to y com­pren­sión de los jue­gos clá­si­cos de 8Bits les sir­ve pa­ra pen­sar los vi­deo­jue­gos, lo re­tro, la cul­tu­ra e, in­clu­so, pa­ra la es­cri­tu­ra.

De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami | Goodreads

Haruki Murakami es co­mo un an­ciano. Si al­go dis­fru­ta es te­ner una vi­da plá­ci­da, bien or­de­na­da, don­de to­do trans­cu­rra con la mo­no­to­nía pro­pia de los días, sin so­bre­sal­tos que no pue­de ges­tio­nar bien. Y de vez en cuan­do, en­con­trar­se con sus nie­tos. O, en ge­ne­ral, con gen­te más jo­ven. ¿Para qué? Para po­der con­ver­sar. No pa­ra de­cir­les có­mo de­ben vi­vir la vi­da, sino pa­ra con­tar­les él la su­ya. Ya que él vi­ve ya más en el pa­sa­do que en el pre­sen­te, y ellos aún vi­ven más ca­ra al fu­tu­ro que en el aho­ra, en­cuen­tran am­bos un lu­gar don­de en­con­trar­se: en ese es­pa­cio que pa­re­ce, de al­gún mo­do, des­co­nec­ta­do de lo que am­bos la­dos ca­re­cen.

Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cărtărescu | Goodreads

En de­ter­mi­na­do mo­men­to de Por qué nos gus­tan las mu­je­res su au­tor, Mircea Cărtărescu, re­tra­ta con pe­que­ñas es­tam­pas lo que di­ce el pro­pio tí­tu­lo. Por qué nos gus­tan las mu­je­res (a las hom­bres). Pero tras mu­cha ido­la­tría y re­cuer­dos, lle­ga un mo­men­to que ci­ta, ex­ta­sia­do, al bueno de Salinger. La ci­ta di­ce así:

«Aquí, so­bre la mar­cha, só­lo re­cuer­do a tres mu­cha­chas que me ha­yan im­pre­sio­na­do, la pri­me­ra vez que las vi, por su be­lle­za in­des­crip­ti­ble. Una de ellas era una chi­ca es­bel­ta, con un tra­je de ba­ño ne­gro, que ha­cía gran­des es­fuer­zos por abrir una som­bri­lla de co­lor na­ran­ja en la pla­ya de Jones, ha­cia 1936. A la se­gun­da la en­con­tré allá por el año 1939, en un cru­ce­ro por el Caribe, en el mo­men­to de ti­rar­le un en­cen­de­dor a una mar­so­pa. La ter­ce­ra era la ami­ga del je­fe, Mary Hudson.»

Al aca­bar su pro­pio re­la­to, Cărtărescu re­co­no­ce que no ha po­di­do ha­cer en sie­te pá­gi­nas —aun­que, se­gún él, ha­ya si­do só­lo una— lo que ha­ce Salinger en tres pa­la­bras —aun­que, pa­ra ser jus­tos, en el me­jor de los ca­sos el mí­ni­mo son diez. Y no lo con­si­gue no por la ex­ten­sión, sino por su for­ma de mi­rar.

Manga in Theory and Practice: The Craft of Creating Manga, de Hirohiko Araki | Letterboxd

Hirohiko Araki es un gran maes­tro del man­ga. Con su ex­tra­va­gan­te JoJo’s Bizarre Adventure no só­lo ha con­se­gui­do fu­sio­nar el ca­non clá­si­co grie­go con la es­té­ti­ca man­ga, el hiper-dinamismo y las his­to­rias cuasi-mitológicas ra­yano la pa­ro­dia his­té­ri­ca, sino tam­bién al­go mu­cho más di­fí­cil: un es­ti­lo pro­pio ca­paz de en­can­di­lar al pú­bli­co.

Manga in Theory and Practice es Araki abrién­do­nos su ca­be­za y en­se­ñán­do­nos to­dos sus se­cre­tos. Como él mis­mo se­ña­la, una idea tan ma­la co­mo la del ma­go ex­pli­can­do sus tru­cos.

The Belko Experiment, de Greg McLean | Letterboxd

Violencia al on­ce. Crítica so­cio­po­lí­ti­ca de los chi­nos. Victoria de los bue­nos. Amarga, pe­ro vic­to­ria. Con un fi­nal su­fi­cien­te­men­te abier­to co­mo pa­ra in­si­nuar una se­gun­da par­te, si es que la pri­me­ra fun­cio­na co­mo pa­ra con­ti­nuar la sa­ga. Esas son las cla­ves de cual­quier pe­lí­cu­la de te­rror de es­tu­dio. Hacer al­go di­rec­to, sen­ci­llo y di­ge­ri­ble que se pue­da ven­der tan­to al ado­les­cen­te que só­lo quie­re un re­vul­si­vo po­ten­te co­mo al crí­ti­co que quie­re ha­cer lec­tu­ras más pro­fun­das de sus ob­je­tos de con­su­mo. Y eso es lo que nos ofre­ce Greg McLean.

Shimmer Lake, de Oren Uziel | Letterboxd

Sólo hay dos ra­zo­nes pa­ra se­guir una es­truc­tu­ra na­rra­ti­va no-lineal: o que no se en­tien­da de for­ma li­neal o que el te­ma o el sub­tex­to de la his­to­ria re­quie­re que no sea li­neal. Cualquier otra ra­zón es es­pu­ria. Hacer una his­to­ria no-lineal por­que mo­la más o, dios nos li­bre, pa­ra ocul­tar lo ab­so­lu­ta­men­te en­de­ble del guión, es un de­li­to con­tra la na­rra­ti­va. Y esos de­li­tos no se pa­gan ni con cár­cel ni con la muer­te, pe­ro sí se co­bran con el peor cas­ti­go po­si­ble pa­ra un ar­tis­ta. Con el os­tra­cis­mo.

Power Rangers, de Dean Israelite | Letterboxd

A los Power Rangers só­lo les pi­do una co­sa: el po­der de la amis­tad, mons­truos gi­gan­tes y hos­tias co­mo pa­nes. Si en el pro­ce­so in­clu­yen per­so­na­jes me­mo­ra­bles, al­gu­nos bue­nos pun­tos de co­me­dia y un dra­ma de ba­ja in­ten­si­dad que no mo­les­te de­ma­sia­do, en­ton­ces ya me doy con un can­to en los dien­tes. Literalmente. Podría re­ven­tar­me los dien­tes con un can­to ro­da­do si los ame­ri­ca­nos, ade­más de sa­blear des­ca­ra­da­men­te el con­te­ni­do de Super Sentai, se mo­les­ta­ran, de una pu­ñe­te­ra vez, en es­tu­diar por­qué fun­cio­na de un mo­do tan per­fec­to la poé­ti­ca del to­ku­satsu.

Leon – Bird World (2017) | Studio Suicide

La mú­si­ca de vi­deo­jue­go nun­ca pa­sa de mo­da. Aunque sur­gió co­mo una mo­da en apa­rien­cia efí­me­ra, el chip­tu­ne pa­re­ce ser tan eterno co­mo las to­na­di­llas que imi­tan: aque­llo que era una li­mi­ta­ción por pu­ra ne­ce­si­dad co­yun­tu­ral, se ha con­ver­ti­do en una for­ma es­té­ti­ca. Y al igual que el pi­xel art va co­bran­do ca­da vez más fuer­za, el chip­tu­ne va acom­pa­ñán­do­lo en pa­ra­le­lo.

Pero hay ahí un pro­ble­ma. Que lo in­tere­san­te de los vi­deo­jue­gos de los 80’s y 90’s no eran sus li­mi­ta­cio­nes. Era có­mo las apro­ve­cha­ban. A fin de cuen­tas, ¿qué mú­si­co, de ha­ber te­ni­do la po­si­bi­li­dad, no hu­bie­ra uti­li­za­do ma­yo­res re­cur­sos que de los que dis­po­nía?

Taxidermias concretas vol. VI | Studio Suicide

Llegó la ho­ra. Tras un buen pu­ña­do de EP’s Cigarettes After Sex le­van­tan la lie­bre. Y su dis­co ho­mó­ni­mo es co­mo sus ade­lan­tos: sua­ve, nar­có­ti­co, ele­gan­te. Ese post-punk re­vi­val tan ape­ga­do a la épo­ca co­mo al sa­bor de la ni­co­ti­na en la gar­gan­ta. A la sa­li­va en la bo­ca. Al se­xo don­de sea que lo ha­ya ha­bi­do. A nos­tal­gia. A al­go co­no­ci­do. Y co­mo tal en­tra bien. Como te­lón de fon­do; co­mo de­co­ra­do de otras ac­cio­nes. Porque eso son Cigarettes After Sex un te­lón de fon­do. Algo que em­pie­za y se ago­ta en ca­da es­cu­cha.

Ryan Adams — 1989 (2015) | Studio Suicide

El pop in­dus­trial ame­ri­cano es una per­fec­ta pie­za de di­se­ño. Literalmente. Hacen fal­ta dos do­ce­nas de le­tris­tas, com­po­si­to­res y téc­ni­cos de so­ni­dos pa­ra con­se­guir que ca­da can­ción sue­ne exac­ta­men­te co­mo de­be so­nar. Y si bien eso de­ja po­co o nin­gún si­tio pa­ra la per­so­na­li­dad, el al­ma o cual­quier for­ma de ar­te, no es eso pa­ra lo que sir­ve el pop. El pop (in­dus­trial) atien­de a con­di­cio­nes co­mer­cia­les. Al al­go­rit­mo del gus­to me­dio. Y o se cum­ple o no tie­ne pro­pó­si­to.

Taxidermias concretas vol. VII | Studio Suicide

No ha­ce fal­ta ser un ge­nio pa­ra ser un buen ar­tis­ta. Sólo ha­ce fal­ta ha­cer al­go di­fe­ren­te. Cumplir unos mí­ni­mos ge­ne­ra­les, en­con­trar un as­pec­to par­ti­cu­lar en lo cual po­de­mos mar­car la di­fe­ren­cia y ex­plo­tar­lo. Even the songs in the de­part­ment sto­re, can ma­ke me happy the­se days. es un sin­gle bas­tan­te di­rec­to: ni la ins­tru­men­ta­ción des­ta­ca ni sus co­ros son na­da nue­vo ni la fu­sión de hard­co­re con in­die rock de prin­ci­pios del si­glo es na­da nue­vo. ¿Por qué ha­bría que es­cu­char­lo en­ton­ces? Porque ha­ce to­do eso bien. Y ade­más de ha­cer­lo bien, aña­de un plus: su can­tan­te, can­tan­do a to­da ve­lo­ci­dad, ha­cien­do que sue­ne co­mo al­go to­tal­men­te nue­vo. Como si el hard­co­re siem­pre hu­bie­ra ne­ce­si­ta­do eso: ace­le­rar to­da­vía un po­co más.

Y lo que se está haciendo

Estudiar hasta la muerte en Corea del Sur | El Mundo

«Los Hagwons y ca­fés li­bre­ría son una de las imá­ge­nes re­cu­rren­tes en torno a la em­ble­má­ti­ca es­ta­ción de me­tro de Gangnam, que da nom­bre al ba­rrio de Seúl que po­pu­la­ri­zó el can­tan­te Psy. Los se­gun­dos po­drían ser la ver­sión muy edul­co­ra­da de los Hagwons y, por tan­to, ap­tos tan só­lo pa­ra los me­nos pro­cli­ves a las sin­gu­la­res nor­ma­ti­vas de esos cen­tros de es­tu­dio pri­va­dos. Además, sus pro­pios pro­mo­to­res -mu­chos de ellos, com­pa­ñías edi­to­ras que has­ta aho­ra te­nían es­ca­sa re­la­ción con el mun­do de la hostelería- re­co­no­cen que no sue­len ser ne­go­cios que re­por­ten gran­des in­gre­sos y que sim­ple­men­te lo ha­cen pa­ra apro­ve­char la pre­sen­cia de es­tu­dian­tes y pu­bli­ci­tar sus li­bros. Los más so­fis­ti­ca­dos, ade­más de ofre­cer el me­jor ca­fé, per­mi­ten tam­bién al­qui­lar or­de­na­do­res por­tá­ti­les y has­ta pro­yec­to­res.

Los Hagwons son una ins­ti­tu­ción apar­te. Las pro­pias au­to­ri­da­des ca­pi­ta­li­nas tu­vie­ron que es­ta­ble­cer ha­ce años una suer­te de to­que de que­da pa­ra po­ner freno a su desem­pe­ño, que les po­día lle­var a per­ma­ne­cer abier­tos has­ta la 1 de la ma­ña­na».

Antoine d’Agata: el infierno soy yo | El País

«Cuando al­guien se au­to­rre­tra­ta con la te­rri­ble fra­se “Mi úni­co in­fierno soy yo, mi úni­ca sa­li­da es el otro”, el tono de la con­ver­sa­ción es­tá cla­ro des­de el ini­cio. No hay tram­pas po­si­bles con Antoine d’Agata (Marsella, 1961), que pa­ra co­rro­bo­rar con ges­tos lo di­cho en pa­la­bras se re­ti­ra la man­ga de la ca­mi­sa y en­se­ña las ve­nas. D’Agata no so­lo es una gran es­tre­lla de la agen­cia Magnum y un ar­tis­ta y un ser hu­mano sen­si­ble y frá­gil has­ta más allá de lo ra­zo­na­ble. También es un yon­qui de la fo­to­gra­fía. No so­lo de la fo­to­gra­fía. También de lo que pa­ra él, se­gún su pro­fe­sión de fe, con­lle­va ir por el mun­do ha­cien­do fo­tos: “Compromiso, in­vo­lu­cra­ción, in­cons­cien­cia, de­seo”».

The Thin Line Between Reality and Fantasy in Ugetsu | The Criterion Collection

«Kenji Mizoguchi was th­ree de­ca­des in­to his ca­reer when he had his in­ter­na­tio­nal breakth­rough with 1952’s The Life of Oharu, a de­vas­ta­ting dra­ma about the plight of wo­men in feu­dal Japan that he­ral­ded an ex­tra­or­di­nary run of mas­ter­pie­ces for the film­ma­ker las­ting un­til his un­ti­mely death in 1956. None of the­se was mo­re mo­men­to­us than 1953’s Ugetsu, a sixteenth-century ghost story ren­de­red in Mizoguchi’s sig­na­tu­re sty­le of long ta­kes and flo­wing ca­me­ra work. Drawing on dis­pa­ra­te li­te­rary sour­ces — two short sto­ries by eighteenth-century Japanese wri­ter Akinari Ueda and one by French mas­ter Guy de Maupassant — the di­rec­tor fas­hio­ned an ex­qui­si­te ex­plo­ra­tion of fe­ma­le sa­cri­fi­ce and ma­le va­nity out of the ta­le of two couples sun­de­red du­ring war­ti­me, the men’s foo­lish pur­suits of worldly glory in­du­cing them to aban­don their wi­ves, and ul­ti­ma­tely lea­ving them stran­ded in stran­ge and su­per­na­tu­ral realms. In this ex­cerpt from a sup­ple­ment on our edi­tion of the film, which we re­lea­sed in a Blu-ray up­gra­de this week, Japanese New Wave film­ma­ker Masahiro Shinoda (Double Suicide) dis­cus­ses how Mizoguchi seam­lessly wea­ves to­get­her na­rra­ti­ve mo­des, in­ter­la­cing harsh rea­lism and spell­bin­ding fan­tasy to heigh­ten the tale’s tra­gedy and mys­tery».

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