Autor: Álvaro Arbonés

  • como LSD para chocolate

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    La re­pre­sen­ta­ción del amor co­mo una dro­ga na­tu­ral es una cons­tan­te bas­tan­te ex­ten­di­da en la fic­ción de to­da cla­se. Aunque cla­ro, vien­do los des­equi­li­brios hor­mo­na­les que nos pro­du­ce el ena­mo­rar­nos no es­tá, ni mu­chí­si­mo me­nos, le­jos de la ver­dad esa ana­lo­gía. Pero el amor, co­mo el LSD, se en­cuen­tra en Sky And Sand de Paul & Fritz Kalkbrenner.

    Con una me­lo­día sen­ci­lla, ca­si in­exis­ten­te, se des­plie­ga en con­jun­to con un jue­go de ba­te­ría que de­li­mi­tan y dan for­ma a la can­ción. Las ac­ti­tu­des vo­ca­les de los her­ma­nos Kalkbrenner tam­po­co des­ta­can en una can­ción que, a prio­ri, no nos ten­dría que de­cir na­da. Pero en el mi­ni­mal se jue­ga con otras re­glas y aquí me­nos es más ex­po­nen­cial­men­te. Así el so­ni­do es li­ge­ro, sen­ci­llo, con un cier­to re­gus­to am­bient en su ba­se que ayu­da a di­ge­rir una can­ción que, aun­que mí­ni­ma, es­tá cons­trui­da por y pa­ra des­per­tar en no­so­tros una cier­ta me­lan­co­lía. Justo de lo que nos ha­bla su le­tra, una his­to­ria de amor don­de el ena­mo­ra­do es in­ca­paz de te­ner los pies en la tie­rra cuan­do tie­ne den­tro de sí su de­seo. Ese cons­truir cas­ti­llos en la are­na y en el ai­re nos trans­por­ta al mun­do de los ena­mo­ra­dos y de los ra­ve­ros, el mun­do don­de el LSD y el amor tie­nen las mis­mas con­se­cuen­cias. Rayando el cie­lo mien­tras du­ra nos da­mos un tre­men­do gol­pe con­tra la reali­dad cuan­do se aca­ba, bus­can­do nues­tra si­guien­te do­sis. ¿Pero a quién le im­por­ta si se va a aca­bar? Lo más im­por­tan­te es dis­fru­tar de es­ta dro­ga mien­tras du­re, ya sea to­da una vi­da o ya sean los cua­tro bre­ví­si­mos mi­nu­tos de Sky and Sand.

    Ya des­de ha­ce unos años el mi­ni­mal nos sor­pren­de con pie­zas im­pres­cin­di­bles que no de­be­ría­mos de­jar pa­sar y siem­pre lo ha­ce co­mo evo­ca­dor úl­ti­mo de sen­ti­mien­tos. Quizás sea ver­dad aque­llo de que las me­jo­res co­sas de la vi­da son aque­llas más sen­ci­llas. Nosotros, por nues­tra par­te, se­gui­re­mos ha­cien­do cas­ti­llos de are­na en el aire.

  • detrás del machete se encuentra lo que es justo

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    El con­cep­to de que to­do en ex­ce­so es ma­lo se ha lle­va­do qui­zás de­ma­sia­do li­te­ral­men­te en nues­tra so­cie­dad y, so­bre­to­do, ha si­do muy mal en­ten­di­do. En un mun­do don­de se in­ten­ta im­po­ner lo des­ca­fei­na­do, don­de se be­be la coca-cola sin ca­feí­na y el ta­ba­co men­to­la­do, el ex­ce­so es la úl­ti­ma for­ma de re­bel­día. Y Machete es un ex­ce­so de otro tiempo.

    Un ofi­cial de po­li­cía co­no­ci­do co­mo Machete, por su pre­di­lec­ción por tal ar­ma, es trai­cio­na­do por su je­fe y ven­di­do al ma­yor ca­pó de los nar­cos del país. Aunque su fa­mi­lia mue­re mi­se­ra­ble­men­te an­te sus ojos el con­si­gue so­bre­vi­vir du­ran­te 3 años en el otro la­do de la fron­te­ra con tra­ba­jos de mier­da. Todo da un gi­ro ra­di­cal cuan­do se ve en­vuel­to en los tur­bios ne­go­cios de un se­na­dor que in­ten­ta ser re-elegido pa­ra ce­rrar las fron­te­ras, al­go que el je­fe de los nar­cos me­xi­ca­nos quie­re apro­ve­char pa­ra con­se­guir el mo­no­po­lio de la dro­ga en EEUU. Traicionado y per­se­gui­do por to­dos, Machete so­bre­vi­vi­rá y trae­rá la muer­te a to­dos cuan­tos se cru­cen en su ca­mino. Y con to­do es­to se des­ata la con­sa­bi­da y es­pe­ra­da or­gía de vís­ce­ras de lo más es­pec­ta­cu­lar. El prin­ci­pal pro­ble­ma que se le acha­ca es que no da lo que pro­me­te, que es­to no es se­rie B de los 70’s-80’s. Nada más le­jos de la reali­dad, es­to es jus­to lo que de­be­ría ser. Quizás las elip­sis en las es­ce­nas de se­xo in­co­mo­den a al­gu­nos pe­ro eso es al­go que ya ocu­rría en el ci­ne trash dé­ca­das atrás. Los com­ba­tes, aun­que po­drían ser más con­ti­nua­dos, son de­li­cio­sa­men­te cons­cien­tes y pro­du­cen car­ca­ja­das pa­ra na­da in­vo­lun­ta­rias des­de el sin­ce­ro ca­ri­ño. Y si con es­to no les va­le, aun tie­nen más car­ca­ja­das con los im­pre­sen­ta­bles me­xi­ca­nos ile­ga­les a fa­vor de ce­rrar las fron­te­ras o de los guar­dias de se­gu­ri­dad con du­das antropológico-existenciales.

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  • la jocosidad ensanchará vuestras almas

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    Algo que ya en­ten­dió en su día Marx es que es más sen­ci­llo rea­li­zar una crí­ti­ca ha­cia la so­cie­dad des­de el hu­mor que des­de el po­si­cio­na­mien­to cru­do a la pro­pia reali­dad. De es­to Banksy nun­ca ha en­ten­di­do lo más mí­ni­mo y Los Simpson siem­pre lo han en­ten­di­do qui­zás de­ma­sia­do li­te­ral­men­te y en el ca­pi­tu­lo ter­ce­ro de la tem­po­ra­da 20 aú­nan fuer­zas pa­ra ello.

    Después de una in­tro ha­bi­tual, so­lo que lleno de pin­ta­das de Banksy a lo lar­go de la ciu­dad, el gag del so­fá nos trans­por­ta has­ta unas imá­ge­nes de una fac­to­ría de Corea. Represión, tra­ba­jo in­fan­til, ga­tos des­cuar­ti­za­dos pa­ra re­lle­nar pe­lu­ches con su pe­lo y uni­cor­nios pa­ra ha­cer agu­je­ros de DVD’s de, co­mo no, la pro­pia se­rie de Los Simpson. Y aquí co­mien­za el des­atino de to­dos, pen­sar que hay una crí­ti­ca abier­ta al mo­do de pro­duc­ción de la se­rie pro­pia­men­te di­cho. Hemos de te­ner en cuen­ta que el gag del so­fá, es­te in­clui­do, es sim­ple y lla­na­men­te un re­cur­so hu­mo­rís­ti­co re­cu­rren­te que, en se­gun­do lu­gar, pue­de te­ner un tras­fon­do político-social, no al re­vés. El pre­cin­tar ca­jas con la ca­be­za de un del­fín o usar un uni­cor­nio de agu­je­rea­dor es al­go có­mi­co en la li­nea cán­di­da y li­ge­ra­men­te ab­sur­da que han ido ca­da vez co­se­chan­do más en la se­rie. ¿Pero hay crí­ti­ca en­ton­ces? Por su­pues­to, pe­ro no con­tra la se­rie, sino con­tra el pro­pio mo­de­lo de pro­duc­ción ca­pi­ta­lis­ta. Probablemente los di­bu­jan­tes co­rea­nos no es­tén en unas cir­cuns­tan­cias per­ni­cio­sas y ho­rri­bles pe­ro no de­ja de ser cier­to que lo que nos en­se­ñan si ocu­rre en otros ca­sos de co­no­ci­das mul­ti­na­cio­na­les. El chis­te no es so­bre Los Simpson, una vez más, es una iro­ni­za­ción de to­da la so­cie­dad se­ña­lán­do­se a si mis­mos, co­mo cuan­do cri­ti­can jo­co­sa­men­te a la FOX por al­gu­nas atro­ces (y fic­ti­cias) ac­ti­tu­des capitalistas.

    Nadie du­da de que Banksy sea de­ma­sia­do ex­pli­ci­to en sus men­sa­jes o que Los Simpson ya no son ni pro­ba­ble­men­te se­rán lo que fue­ron pe­ro en la com­bi­na­ción han vuel­to a la crí­ti­ca mor­daz y po­la­ri­za­do­ra. Y la de­mos­tra­ción de es­to es, pre­ci­sa­men­te, que nin­guno de los gran­des me­dios ha ter­mi­na­do de en­ten­der la crí­ti­ca. Las crí­ti­cas jo­co­sas son ali­men­to pa­ra la ideología.

  • el duelo a muerte se esconde en tu rima

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    Aunque no to­das las tra­di­cio­nes se res­pe­tan al­gu­nas que han caí­do en el ol­vi­do son res­ca­ta­das años o in­clu­so, sino mi­le­nios si, si­glos des­pués de que es­tas des­apa­re­cie­ran. Lo que en la an­ti­gua Grecia fue qui­zás no pu­die­ra ser du­ran­te to­do es­te tiem­po has­ta la lle­ga­da de la pos­mo­der­ni­dad, que le da un nue­vo sen­ti­do. Y jus­to es­to pre­sen­cia­mos en The Amazing Spider-Man #611.

    En una caó­ti­ca his­to­ria de Spider-Man en un mo­men­to da­do apa­re­ce el bo­ca­za más gran­de del uni­ver­so Marvel, el Spider-Man con pis­to­las y ka­ta­na, el in­igua­la­ble Deadpool. Y a par­tir de aquí vie­nen una mi­ría­da de hos­tias, ex­plo­sio­nes y chis­tes in­dig­nos de los per­so­na­jes, ca­ren­tes de gran par­te de la chis­pa que tie­nen ca­da uno de los per­so­na­jes. Nada va co­mo de­be de ir has­ta que caen en un pe­que­ño par­que don­de, al in­sul­tar Deadpool a la ma­dre de nues­tro arác­ni­do fa­vo­ri­to unos jó­ve­nes re­cri­mi­nan al hom­bre ara­ña su no con­tes­ta­ción. Así se ini­cia el due­lo más su­rrea­lis­ta por el cual ha­ya te­ni­do que pa­sar Peter Parker, tie­ne que ven­cer en una ba­ta­lla de ga­llos a un ad­ver­sa­rio de ver­bo­rrea aun más fá­cil que él mis­mo. Así en­tre hu­mi­lla­cio­nes e in­sul­tos van vo­lan­do del uno al otro sus bra­va­tas has­ta que el com­ba­te vuel­ve a las ma­nos, vuel­ve ha­cia la muer­te. Y es­to es así jus­to co­mo en la an­ti­gua Grecia, don­de el due­lo ver­bal era un due­lo a muer­te don­de so­lo uno sal­dría vi­vo del mis­mo. Como los acer­ti­jos de la es­fin­ge don­de so­lo el que sea más in­ge­nio­so de los dos so­bre­vi­vi­rá a la muer­te del otro, don­de so­lo la pre­gun­ta o la res­pues­ta co­rrec­ta nos sal­va­rá de una jus­ta muer­te. Así, el due­lo de ga­llos se es­ce­ni­fi­ca co­mo el ri­tual de la muer­te, el círcu­lo de bar­dos don­de so­lo exis­te o la glo­ria o la muerte.

    Algo tan ig­no­mi­nio­so pa­ra al­gu­nos co­mo es el rap aca­ba por ser la re­su­rrec­ción de un es­ti­lo de lu­cha ver­bal que se ha­bía per­di­do des­de la an­ti­güe­dad clá­si­ca. Según al­gu­nos ja­más se crea na­da nue­vo, to­do es una trans­for­ma­ción de lo que ya te­nía­mos an­tes. Y qui­zás sea ver­dad pe­ro in­clu­so la adap­ta­ción de un an­ti­guo due­lo es una nue­va mues­ca en los in­ven­tos de la humanidad.

  • contra la violencia institucional

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    En el fer­vor de la vic­to­ria es co­mún ol­vi­dar las ba­ta­llas que se de­be­rían es­tar li­bran­do en ese mis­mo ins­tan­te que que­dan aho­ga­das en­tre los gri­tos de jú­bi­lo del pú­bli­co. Así mien­tras to­dos cla­man por la me­re­ci­da vic­to­ria de Vargas Llosa to­dos pa­re­cen ol­vi­dar o, al me­nos, de­jar en un se­gun­do plano el no­bel de la paz pa­ra Liu Xiaobo.

    ¿Qué ha he­cho es­te ca­ba­lle­ro pa­ra me­re­cer se­me­jan­te ho­nor? Estar en su se­gun­do año de pe­na car­ce­la­ria de on­ce que de­be­rá cum­plir por, se­gún el go­bierno chino, lan­zar men­sa­jes sub­ver­si­vos con­tra la au­to­ri­dad y el país. Esa es la ver­sión ofi­cial. La reali­dad es que es el prin­ci­pal im­pul­sor del ma­ni­fies­to Charter 08 por la de­fen­sa de los de­re­chos hu­ma­nos me­dian­te un ra­di­cal cam­bio en el seno del go­bierno chino. Algunas de las die­ci­nue­ve pe­ti­cio­nes que se ha­cen en es­te ma­ni­fies­to son la se­pa­ra­ción de po­de­res, li­ber­tad de aso­cia­ción, cul­to y ex­pre­sión ade­más de unas elec­cio­nes pú­bli­cas y uni­ver­sa­les. A co­mien­zos del s. XXI un hom­bre es en­car­ce­la­do por exi­gir los de­re­chos que to­do ciu­da­dano oc­ci­den­tal da por he­chos por el me­ro he­cho de ser­lo. En ver­dad, a na­die de­be­ría sor­pren­der­le, to­dos co­no­ce­mos las res­tric­cio­nes de in­for­ma­ción y cen­su­ra en China que, ade­más, po­co a po­co han in­ten­ta­do imi­tar al­gu­nos paí­ses eu­ro­peos con es­ca­sa for­tu­na. Pero por es­to, pre­ci­sa­men­te, la lu­cha no es con­tra China sino con­tra los es­ta­dos co­mo opre­so­res de los in­tere­ses de su po­bla­ción. No ha­ce fal­ta re­sal­tar que aquí en España, en una me­di­da mu­cho me­nor, es­ta­mos an­te una se­rie de po­lí­ti­cas crea­das por un par­ti­do «so­cia­lis­ta» ba­sa­das en la re­pre­sión, ya sea me­dian­te el em­peo­ra­mien­to de los em­pleos o la di­fi­cul­tad del ac­ce­so a la cul­tu­ra. Quizás per­mi­ti­mos es­tos des­va­rios pen­san­do que no nos to­can de cer­ca pe­ro si China es el fu­tu­ro ejem­plo a se­guir pa­ra las de­más na­cio­nes co­mo aho­ra lo es EEUU, to­dos de­be­ría­mos em­pe­zar a temblar.

    Recuerden el pe­ga­di­zo es­lo­gan crea­do por los in­te­li­gen­tí­si­mos y des­gra­cia­da­men­te des­apa­re­ci­dos The Designers Republic: ¡Trabaja! ¡Compra! ¡Consume! ¡Muere! No es­pe­ren otro con­se­jo de sus go­bier­nos, no es­pe­ren otro fa­vor de los po­li­ti­cas­tros a los que vo­tan, en­ho­ra­bue­na, es­to es lo que us­te­des han ele­gi­do. Todos so­mos Liu Xiaobo, so­lo que unos lo so­mos más que otros.