Autor: Álvaro Arbonés

  • técnica bajo testosterona

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    Cuando se abor­da una ta­rea exis­ten una se­rie de ele­men­tos li­mi­ta­dos con los cua­les rea­li­zar­la. Si se da el ca­so de que pa­ra al­gu­na de las par­tes del mis­mo nos que­da­mos cor­to de ma­te­rial ten­dre­mos que aban­do­nar o re­for­mu­lar esa par­te. Aunque exis­te otra po­si­bi­li­dad, op­ti­mi­zar­la pa­ra ha­cer de nues­tros pun­tos fla­cos un pun­to fuer­te ines­pe­ra­do. De es­to nos pue­de dar mu­chas cla­ses Tomonobu Itagaki, pe­ro se ve muy cla­ra­men­te en Ninja Gaiden 2.

    Si de al­go ca­re­ce Ninja Gaiden 2 es de la ne­ce­si­dad de pre­sen­ta­ción. Su ar­gu­men­to, que es más una ex­cu­sa que un ar­gu­men­to, es la enési­ma lu­cha del nin­ja Ryu Hayabusa con­tra el clan de la ara­ña ne­gra que in­ten­ta des­per­tar un mal pri­mi­ge­nio. La tí­pi­ca ac­ción que co­rres­pon­de a los cá­no­nes de cual­quier co­mi­ti­va de nin­jas del mal®. Así nos su­mer­gi­mos en el mun­do su­per­la­ti­vo de Itagaki don­de, en lo ana­tó­mi­co, to­do tie­ne te­tas des­co­mu­na­les ade­más de que los cuer­pos hu­ma­nos tie­nen 30 li­tros de san­gre y miem­bros de man­te­qui­lla. En lo ju­ga­ble lle­ga has­ta el pa­ro­xis­mo más obs­ceno y bru­tal al lle­gar, in­clu­so en la di­fi­cul­tad más fá­cil, a ser un jue­go en­dia­bla­da­men­te di­fí­cil, en­tre otras co­sas, por­que nues­tros enemi­gos siem­pre tie­nen mu­chos más re­cur­sos que no­so­tros. Viendo se­me­jan­te fas­ci­na­ción por la épi­ca más hi­per­bo­li­za­da por ríos de tes­tos­te­ro­na uno se es­pe­ra in­fi­ni­tud de mo­men­tos pa­ra re­cor­dar. Pero el mo­men­to más pro­di­gio­so ocu­rre in­ten­tan­do su­bir unas escaleras.

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  • dios sí juega a los dados

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    Existir es to­mar elec­cio­nes vi­ta­les a cie­gas. Así, si el hom­bre eli­ge siem­pre an­te una de­ter­mi­na­ción im­po­si­ble, ¿por qué Dios, de exis­tir, es di­fe­ren­te si so­mos una fi­gu­ra a su ima­gen y se­me­jan­za? Esto se lo cues­tio­na muy acer­ta­da­men­te Hitoshi Matsumoto en su gran pe­lí­cu­la, Symbol.

    El en­mas­ca­ra­do de lu­cha li­bre Escargot Man se en­fren­ta a un du­ro com­ba­te den­tro de muy po­co en el cual se en­fren­ta­rá a una nue­va ge­ne­ra­ción de lu­cha­do­res, mu­cho más jó­ve­nes y vi­ta­les. A su vez, un hom­bre des­pier­ta en una ha­bi­ta­ción en blan­co, sin puer­tas ni ven­ta­nas, don­de es­tá el so­lo y, pa­ra aña­di­du­ra, un mon­tón de pe­nes de que­ru­bi­nes que al ser to­ca­dos arro­jan co­sas o cau­san even­tos en la ha­bi­ta­ción. El en­fren­tar­se a lo des­co­no­ci­do, lo que nun­ca sa­be­mos que nos de­pa­ra es lo que ocu­rre a am­bos per­so­na­jes. Uno te­me por si se­rá ca­paz de se­guir man­te­nien­do su ni­vel, si po­drá man­te­ner su iden­ti­dad. El otro te­me el co­mo sa­lir de allí, el co­mo so­bre­vi­vir el tiem­po su­fi­cien­te; el co­mo po­der ser al­go más allá de la prác­ti­ca pa­ra ser téc­ni­ca. El res­to, es slaps­tick y pedos.

    Y mien­tras uno es un hom­bre cu­yo des­tino se ve fi­nal­men­te eje­cu­ta­do de un mo­do ab­sur­do por un dios de­men­ta­do, el otro es el cau­san­te de los nue­vos efec­tos en el mun­do. Mientras uno es un hom­bre en prác­ti­cas, el otro es un dios en prác­ti­cas. El eterno pro­yec­to, la as­cen­sión, el lle­gar a ser a tra­vés del apren­der es la ba­se y fin de to­dos. Ya sean hom­bres, ya sean dioses.

  • corredores suicidas en el tour de la muerte

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    Una se­rie me­ta­fíl­mi­ca ultra-violenta tie­ne to­das las pa­pe­le­tas pa­ra ejer­cer una fas­ci­na­ción in­sa­na en los fans de la se­rie. Sin du­da Rasca y Pica ejer­ce tan ho­no­ra­ble pa­pel y aco­me­ten su fa­ma en es­te fan­tás­ti­co es­pe­cial de Los Simpson Comic de­di­ca­do en­te­ra­men­te a una de sus su­rrea­les y ex­plo­si­vas, li­te­ral­men­te, aventuras.

    Después de aca­bar una tem­po­ra­da de su show Rasca des­cu­bre que es más po­bre que una ra­ta de­bi­do a un des­fa­vo­ra­ble con­tra­to que fir­mó sin leer. Se le apa­re­ce sin em­bar­go su re­den­ción en for­ma de con­cur­so en un via­je al­re­de­dor de la tie­rra con un mi­llón de do­la­res pa­ra el ga­na­dor. Ante la pers­pec­ti­va de la no apa­ri­ción de Pica tie­ne to­das con­si­go pa­ra ga­nar pe­ro con su in­clu­sión a úl­ti­ma ho­ra se con­vier­te en un li­te­ral tour de for­ce de ma­sa­cre mun­dial. Los gags con­ti­nuos de slaps­tick ade­re­za­dos de es­tam­pas pop e his­tó­ri­cas co­mo un su­bli­me Hindenburg Rasca lo si­túan co­mo una hi­la­ran­te su­ce­sión de ex­plo­sio­nes y des­cuar­ti­za­mien­tos sos­te­ni­dos en una en­de­ble, y ca­si in­ne­ce­sa­ria, ex­cu­sa ar­gu­men­tal. El gi­ro fi­nal, con vic­to­ria ines­pe­ra­da, es so­lo un ar­gu­men­to más pa­ra ver la ge­nia­li­dad del có­mic. No so­lo se atre­ve a bus­car el gag del gag, el gag pos­te­rior a la ex­plo­sión, sino que crea un fi­nal tram­po­so y so­lo per­mi­si­ble en los di­bu­jos animados.

    La in­fi­ni­ta cruel­dad que se des­ata en Rasca y Pica en­cuen­tra su pri­mer ce­nit en un tour mun­dial don­de la ma­sa­cre y la auto-inmolación son la cons­tan­te del ab­sur­do más im­pe­pi­na­ble de to­dos; el ga­nar co­mo sea. Pica pu­tea a Rasca y es­te se auto-mutila con tal de ga­nar co­mo sea ese di­ne­ro que no tie­ne por pu­ra im­be­ci­li­dad. La cruel­dad del ra­tón se la bus­có el gato.

  • el hype es el nuevo lost

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    La seu­do­fies­ta del con­su­mo nos in­ci­ta a con­su­mir ofre­cién­do­nos una esen­cia per­di­da que nos ele­va­ra a una me­ta­fó­ri­ca di­vi­ni­dad pe­ro el re­sul­ta­do es siem­pre el mis­mo: la de­cep­ción. Tras la seu­do­fies­ta del con­su­mo so­lo se es­con­de una cruel y bru­tal de­cep­ción que se sos­tie­ne en la fal­sa es­pe­ran­za y ne­ce­si­dad de se­guir con­su­mien­do en bus­ca de esa eu­fo­ria pa­sa­je­ra. Necesitamos el nue­vo chu­te que nos ha­ga sen­tir lo mismo.

    Una vez más pa­ra ver co­mo ejer­ce la so­cie­dad es­pec­ta­cu­lar un con­trol ¿ca­si? me­siá­ni­co a tra­vés del con­su­mo so­lo te­ne­mos que ver el pro­duc­to de con­su­mo más po­pu­lar en los úl­ti­mos tiem­pos de una for­ma ca­si uná­ni­me, Lost. Prometida al es­pec­ta­dor co­mo un zeit­geist cul­tu­ral se afian­zó des­pués de una pri­me­ra tem­po­ra­da de mis­te­rios, sor­pre­sas y gi­ros in­sos­pe­cha­dos co­mo un im­pres­cin­di­ble, un must ha­ve, de lo que se de­be ver y lo que de­be ser la te­le­vi­sión. La co­ber­tu­ra me­diá­ti­ca lo en­sal­za y con­vier­te en un hi­to ge­ne­ra­cio­nal a tra­vés de las tem­po­ra­das y sus fans ven re­li­gio­sa­men­te ca­da ca­pí­tu­lo co­mo una suer­te de ca­tar­sis co­lec­ti­va. Si el ca­pí­tu­lo es bueno o ma­lo es al­go ab­so­lu­ta­men­te irre­le­van­te, lo que si es re­le­van­te es la co­mu­nión que se crea, las ex­pec­ta­ti­vas, el fal­so dia­lo­go y com­pren­sión que los ele­va a un nue­vo en­ten­di­mien­to fic­ti­cio. No ven la se­rie pa­ra dis­fru­tar de ca­da ca­pí­tu­lo, ven la se­rie en bús­que­da de una ilu­mi­na­ción fi­nal que acla­re to­do lo que ocu­rre en la is­la, en sus men­tes, en su vi­da es­pec­ta­cu­lar. Ven la se­rie pa­ra ser en­tes su­pe­rio­res, los me­jo­res de los con­su­mi­do­res po­si­bles. Y así, lle­gó la sea­son finale.

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  • carl sagan no sabía cantar

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    Si al­go nos de­jó Carl Sagan es una pa­sión por el in­fi­ni­to y el es­pa­cio que ja­mas na­die po­drá su­pe­rar. Además de eso tam­bién nos de­jo un mon­tón de dis­cur­sos que, jun­to a los de otros gran­des aman­tes del es­pa­cio, con­for­man las can­cio­nes del fas­ci­nan­te Symphony of Science.

    Las ba­ses de una elec­tró­ni­ca sen­ci­lla y agra­da­ble que nos evo­can via­jes es­pa­cia­les son can­ta­das por pe­da­zos de dis­cur­sos de di­vul­ga­do­res cien­tí­fi­cos pa­sa­dos por el vo­co­der. El re­sul­ta­do son fas­ci­nan­tes can­cio­nes don­de la be­lle­za de la pro­pia can­ción se ve am­pli­fi­ca­da por la ge­nia­li­dad de los pro­pios dis­cur­sos que se cons­tru­yen con los frag­men­tos de los dis­cur­sos de los ora­do­res. Así con­si­guen con­ju­gar a la per­fec­ción lo mu­si­cal, muy bien eje­cu­ta­do, con lo di­vul­ga­ti­vo, que a gol­pe de de­cons­truc­ción con­si­gue ci­men­tar nue­vos dis­cur­sos tan bue­nos (o me­jo­res) que los originales.

    La fas­ci­na­ción que pro­du­ce el es­pa­cio en el hom­bre no ha cam­bia­do ni aun ápi­ce en es­te tiem­po. Como pio­ne­ro Sagan nos ofre­ció una fas­ci­na­ción y amor in­fi­ni­to por el es­pa­cio. Un amor que se ve re­com­pen­sa­do y re­for­mu­la­do en la me­jor mú­si­ca pa­ra mi­rar tan­to ha­cia arri­ba co­mo ha­cia adelante.