Minientradas

  • Del mito oral al actioner. «John Wick» como heredera de la narrativa Shōnen Jump

    Del mito oral al actioner. «John Wick» como heredera de la narrativa Shōnen Jump

    Existe cier­ta creen­cia ge­ne­ra­li­za­da de que el pú­bli­co es idio­ta. Que las ver­da­de­ras obras maes­tras nun­ca son en­ten­di­das en su tiem­po. Y si bien pue­de ha­ber al­go de cier­to en ello, no de­ja de ser in­jus­to. Existen tan­tos ni­chos, tan­tos gru­pos ce­rra­dos de gus­tos y cri­te­rios dis­pa­res, que es im­po­si­ble que nin­gu­na obra maes­tra sea ele­va­da a los al­ta­res. O que to­do lo que se re­co­noz­ca co­mo ge­nial por la ma­yo­ría sea na­da más que ba­su­ra. A fin de cuen­tas, la na­rra­ti­va tie­ne la pe­cu­lia­ri­dad de ser aque­llo ca­paz de re­so­nar no só­lo en nues­tras ca­be­zas, sino tam­bién en nues­tros corazones.

    Eso no quie­re de­cir que ha­ya al­go irra­cio­nal en la apre­cia­ción es­té­ti­ca. Eso im­pli­ca­ría que nues­tros gus­tos son alea­to­rios. Pero co­mo de­mues­tra la ex­pe­rien­cia, la cues­tión es que nues­tros jui­cios se sus­ten­tan en to­da una se­rie de apa­ra­tos crí­ti­cos in­cons­cien­tes de los que no so­le­mos percatarnos.

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  • Veinte años de «El club de la lucha». Mutaciones, ideas víricas y el autor como ficción

    Veinte años de «El club de la lucha». Mutaciones, ideas víricas y el autor como ficción

    Cocinando ideas

    «Siempre es me­jor acu­dir al ori­gi­nal». Todos he­mos di­cho eso al­gu­na vez por­que no de­ja de so­nar ló­gi­co: en­tre la co­pia y el ori­gi­nal siem­pre ha de ser me­jor el ori­gi­nal. Toda co­pia no de­ja de ser un de­gra­da­do, la for­ma ca­si idén­ti­ca, pe­ro di­fe­ren­te, de al­go que exis­te en pri­me­ra ins­tan­cia. Salvo por­que a ve­ces la co­pia apor­ta su pro­pia iden­ti­dad en el cambio.

    El Club de la Lucha es un li­bro más co­no­ci­do de oí­das que por ha­ber si­do leí­do. Oídas que nos re­mi­ten a la pe­lí­cu­la, a las re­fe­ren­cias, a los me­mes. Como cual­quier otro gran even­to cul­tu­ral su iden­ti­dad ha aca­ba­do de­for­mán­do­se pa­ra ser no aque­llo que es, sino la ima­gen que se ha trans­mi­ti­do de él. Veinte años des­pués de su pu­bli­ca­ción ya no pen­sa­mos en la no­ve­la de Chuck Palahniuk, sino en lo que han he­cho de la no­ve­la de Chuck Palahniuk. Y por des­gra­cia, la no­ve­la es in­fi­ni­ta­men­te más su­ges­ti­va que cual­quier otro acer­ca­mien­to «de oí­das» que po­da­mos ha­cer ella.

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  • No hay entendimiento sin comunicación. Pensando «Chiisakobee» de Minetarō Mochizuki

    No hay entendimiento sin comunicación. Pensando «Chiisakobee» de Minetarō Mochizuki

    De palabras e imágenes

    Adaptar una obra es di­fí­cil. Dado que to­da his­to­ria se na­rra siem­pre con las he­rra­mien­tas pro­pias de su me­dio, la tras­la­ción re­quie­re una tra­duc­ción no só­lo de los tér­mi­nos, sino tam­bién de las he­rra­mien­tas. Es ne­ce­sa­rio en­con­trar el mo­do con que, al pa­sar de pa­la­bras a imá­ge­nes o so­ni­dos o cual­quier otra for­ma abs­trac­ta del pen­sa­mien­to, se co­mu­ni­que la mis­ma idea sin per­ver­tir­se. Sin que que­pa el ma­len­ten­di­do de con­ver­tir­se en otra co­sa.

    No sin iro­nía, el lec­tor es­pa­ñol no pue­de juz­gar Chiisakobee co­mo adap­ta­ción. O no aquel que no se­pa ja­po­nés, ya que la no­ve­la ori­gi­nal de Shūgorō Yamamoto no ha si­do tra­du­ci­da. Y así y con to­do, es in­ne­ga­ble que es un man­ga de­li­ca­do y pro­di­gio­so. Un per­fec­to ejer­ci­cio de sutilezas.

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  • Pensando a la bruja. «The Witch» como (ambigua) reflexión sociopolítica

    Pensando a la bruja. «The Witch» como (ambigua) reflexión sociopolítica

    Incluso si las co­sas per­ma­ne­cen sin ne­ce­si­dad de que na­die las per­ci­ba, re­sul­ta di­fí­cil creer que la reali­dad exis­te cuan­do no hay na­die pa­ra ates­ti­guar­lo. De ahí la ob­se­sión fi­lo­só­fi­ca con los mo­dos de la exis­ten­cia. En tan­to no te­ne­mos ac­ce­so di­rec­to a lo real, pues nues­tros co­no­ci­mien­to es­tá me­dia­do por los lí­mi­tes im­pues­tos por nues­tros sen­ti­dos y nues­tro en­ten­di­mien­to, siem­pre hay cier­to gra­do de con­di­cio­na­mien­to —ideo­ló­gi­co, éti­co o es­té­ti­co— en la for­ma en que asi­mi­la­mos el acon­te­ci­mien­to del mun­do. Existe cier­to gra­do de fic­ción en aque­llo que lla­ma­mos reali­dad. Pues si bien po­de­mos con­ve­nir que exis­te al­go así co­mo la ver­dad, es­tá siem­pre de­pen­de de los ojos de aquel que mira.

    En ese con­flic­to realidad/ficción el ca­so de la bru­ja re­sul­ta pa­ra­dig­má­ti­co. Si bien sa­be­mos que exis­tie­ron, que hu­bo mu­je­res re­co­no­ci­das (por otros o por sí mis­mas) co­mo tal, el sig­ni­fi­ca­do his­tó­ri­co o so­cial de la bru­ja nos es, en el me­jor de los ca­sos, es­qui­vo. Si ejer­cía de sier­va del mal o de cu­ran­de­ra bien­in­ten­cio­na­da, si era una en­fer­ma men­tal o al­guien ale­ja­da de la so­cie­dad por in­ter­me­dia­ción de ideo­lo­gías tó­xi­cas ha­cia las mu­je­res, es al­go que, más allá de nues­tra in­ter­pre­ta­ción, se es­ca­pa a nues­tro co­no­ci­mien­to. No po­de­mos co­no­cer con se­gu­ri­dad la ver­da­de­ra iden­ti­dad so­cial de las bru­jas más allá del or­den sim­bó­li­co que se les ha con­fe­ri­do con el tiem­po. De ahí que, an­te la au­sen­cia de fuen­tes fia­bles o in­for­ma­ción más o me­nos fun­da­da, to­do lo que po­de­mos sa­ber de ellas no só­lo es­tá me­dia­do por nues­tro co­no­ci­mien­to al res­pec­to de las mis­mas, sino tam­bién de qué te­sis nos pa­re­cen más plau­si­ble se­gún nues­tras ideas es­té­ti­cas, po­lí­ti­cas o historiográficas.

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