Minientradas

  • Colores prohibidos (III) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (III) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Bienvenidos a Colores prohi­bi­dos, el re­su­men se­ma­nal de lo que ha­go y lo que se es­tá ha­cien­do. Esta se­ma­na pa­re­ce que vie­ne bas­tan­te te­má­ti­ca: adap­ta­cio­nes y cy­ber­punk son lo que más se re­pi­te en la se­lec­ción. Algo ló­gi­co, si se jun­tan el es­treno de la adap­ta­ción de Ghost in the Shell y no se pa­ra de ha­blar (bien) de Nier: Automata.

    En el res­to hay un po­co de to­do. Divulgación cien­tí­fi­ca. Música. Novela ne­gra. Incluso le to­ca­mos las pal­mas al siem­pre ex­ce­len­te Sion Sono.

    Pero no nos lie­mos. Vayamos di­rec­ta­men­te al con­te­ni­do. A fin de cuen­tas, de eso tra­ta de Colores prohi­bi­dos: de te­ner to­do el con­te­ni­do bien agru­pa­do, asea­do y lis­to pa­ra su con­su­mo en esas ton­tas tar­des de do­min­go. O de cual­quier otro día. Porque aquí se­gui­re­mos, si el mun­do si­gue en pie, el do­min­go que viene.

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  • Hablemos de holística. Dirk Gently (y Max Landis) a la luz de su primera temporada

    Hablemos de holística. Dirk Gently (y Max Landis) a la luz de su primera temporada

    En la na­rra­ti­va siem­pre hay un acer­ca­mien­to ho­lís­ti­co al mun­do. Es na­tu­ral. Damos por he­cho que to­do lo que apa­re­ce en un re­la­to tie­ne un pro­pó­si­to. Está co­nec­ta­do. De ahí fa­mo­sas re­glas de la na­rra­ti­va, co­mo la pis­to­la de Chéjov, o las igual­men­te fa­mo­sas que­jas so­bre la (hi­po­té­ti­ca) fal­ta de cohe­sión de cier­tas obras, co­mo los agu­je­ros de guión. Porque en un tex­to, co­mo en la vi­da, es­pe­ra­mos que to­do ten­ga sen­ti­do. Que de una ac­ción de­ven­ga una reacción.

    Incluso si, en nues­tro día a día, eso no es más que nues­tro ce­re­bro reor­de­nan­do nues­tros re­cuer­dos pa­ra que pa­rez­can te­ner un pro­pó­si­to úl­ti­mo que nun­ca tuvieron.

    Dirk Gently no es­ta­ría de acuer­do con no­so­tros. No sin mo­ti­vo. Por al­gu­na ra­zón que no al­can­za a com­pren­der, es­te au­to­nom­bra­do de­tec­ti­ve ho­lís­ti­co pa­re­ce en­con­trar­se siem­pre en el mo­men­to jus­to, en el lu­gar exac­to, pa­ra po­der se­guir ade­lan­te en la re­so­lu­ción de sus ca­sos. O al me­nos un ca­so. Él in­sis­te de for­ma vehe­men­te que una vez re­sol­vió un ca­so. Quizás. ¡Pero es­ta vez tie­ne la co­ra­zo­na­da de que se­rá diferente!

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    Aunque el re­su­men de la se­rie bien po­dría ha­ber sa­li­do de un gag de Los Simpson, re­sul­ta in­evi­ta­ble da­da su pre­mi­sa. O in­clu­so su gé­ne­sis. No por na­da Dirk Gently sur­gió cuan­do al es­cri­tor Douglas Adams, más co­no­ci­do por la no­ve­la La guía del au­to­es­to­pis­ta in­ter­ga­lác­ti­co, le ti­ra­ron atrás un guión pa­ra la se­rie de Doctor Who. Y de aque­llos pol­vos, es­tos lo­dos. No por na­da, mu­chos ele­men­tos del doc­tor más fa­mo­so de la te­le­vi­sión an­glo­sa­jo­na si­guen pre­sen­tes en Dirk Gently.

    Un com­pa­ñe­ro (en prin­ci­pio) no coope­ra­ti­vo. Viajes en el tiem­po. Identidad his­trió­ni­ca más bien ana­cró­ni­ca. Todo ele­men­tos que po­dría­mos acha­car al pro­gra­ma de la BBC. Pero Dirk Gently no es Doctor Who. Es otra cosa.

    Algo en lo que in­flu­ye la arro­lla­do­ra per­so­na­li­dad del guio­nis­ta de es­ta ver­sión, Max Landis.

    Odiado por mu­chos, ado­ra­do por una pe­que­ña co­mu­ni­dad de miem­bros de Hollywood y es­pec­ta­do­res afi­nes, su es­ti­lo es in­con­fun­di­ble. Sus per­so­na­jes pa­sa­dos de tuer­ca, los con­flic­tos emo­cio­na­les pla­nean­do de for­ma bru­tal so­bre su es­truc­tu­ra de de­tec­ti­ves­co pro­ce­di­men­tal y su hu­mor ra­yano la idio­tez su­pi­na, es­tán ahí pa­ra gri­tar­nos: es­to es una se­rie de Max Landis. Algo que sig­ni­fi­ca, de en­tra­da, al­go muy po­co co­mún de ver en te­le­vi­sión. La idea de que, de­trás de la se­rie, hay un au­tor a los mandos.

    Pero esa per­so­na­li­dad pro­pia im­pli­ca tam­bién que Dirk Gently se pa­re­ce po­co a Dirk Gently. El de la te­le­vi­sión no es el de los li­bros. El hu­mor ama­ble y con el re­tor­ci­mien­to jus­to de fi­lo­so­fía pa­ra do­tar de pro­fun­di­dad a la tra­ma que ca­rac­te­ri­za a Adams se ve sus­ti­tui­do aquí por un rit­mo fu­rio­so, cam­bian­do cons­tan­te­men­te el fo­co en­tre per­so­na­jes y con­flic­tos, pa­ra ha­cer lo que me­jor sa­be ha­cer su au­tor, el hi­jo del mí­ti­co John Landis: man­te­ner­nos pe­ga­dos a la pan­ta­lla in­cré­du­los por lo que es­tá ocu­rrien­do an­te nues­tros ojos.

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    Eso tie­ne sus in­con­ve­nien­tes. Esa voz au­to­ral, ese sen­ti­do úl­ti­mo de­trás de ca­da ges­to, pue­de ge­ne­rar ur­ti­ca­ria. Para mu­chos, Landis pue­de no ser na­da más que un ni­ño bo­ca­zas. Alguien que so­bre­po­ne el es­ti­lo so­bre la sus­tan­cia en el per­fec­to ejem­plo del que se ha cria­do to­da su vi­da ma­man­do cul­tu­ra te­le­vi­si­va y ci­ne de de­rri­bo. Algo que pro­ba­ble­men­te es cierto.

    Así y con to­do, na­da de eso jue­ga en de­tri­men­to de Dirk Gently.

    Que to­do ocu­rra de for­ma rá­pi­da, lle­nan­do el me­tra­je de gi­ros, fo­resha­do­wing y per­so­na­jes al bor­de del ata­que de his­te­ria (li­te­ral), tie­ne un sen­ti­do na­rra­ti­vo. Fortalece la es­truc­tu­ra. Al man­te­ner­nos siem­pre ocu­pa­dos ha­cien­do equi­li­brios con vein­te pla­tos al mis­mo tiem­po, con­si­gue que mi­re­mos al lu­gar que él de­sea. Algo que tam­bién ha­cia otra se­rie de au­tor bien co­no­ci­da: Perdidos.

    Si bien pue­de pa­re­cer que no exis­te pa­re­ci­do al­guno en­tre am­bas se­ries, la reali­dad es bien dis­tin­ta. Ambas jue­gan con ele­men­tos apa­ren­te­men­te in­co­ne­xos ba­jo un mis­mo con­tex­to co­mún. En otras pa­la­bras, en am­bas se­ries los con­flic­tos emo­cio­na­les y las sub­tra­mas de ca­da per­so­na­je pa­re­cen ir de for­ma se­pa­ra­da con res­pec­to de la tra­ma prin­ci­pal. Algo que, si bien no es des­co­no­ci­do en te­le­vi­sión, no es de­ma­sia­do co­mún. O no du­ran­te más de un par de episodios.

    Pero in­clu­so ahí hay una di­fe­ren­cia ra­di­cal. Donde en Perdidos só­lo se va pos­po­nien­do la re­so­lu­ción, en Dirk Gently se con­vier­te al pro­ce­so de causa-efecto en un puzz­le estructural.

    Aquí siem­pre hay res­pues­tas. Y siem­pre lle­gan en el mo­men­to me­nos es­pe­ra­do. De ese mo­do con­si­gue que lo que es un to­do en apa­rien­cia ca­co­fó­ni­co y di­ver­gen­te se con­vier­te en una me­lo­día per­fec­ta­men­te ejecutada.

    A eso es a lo que lla­ma­mos un mé­to­do ho­lís­ti­co. O si se pre­fie­re, na­rra­ti­va. Al he­cho de con­se­guir que ca­da pe­que­ño ele­men­to, ca­da mis­te­rio o co­sa in­si­nua­da o só­lo di­cha de re­fi­lón, ten­ga su si­tio en el gran puzz­le que es su es­truc­tu­ra. Porque to­do tie­ne un sen­ti­do. Todo se re­suel­ve. Y ni es ca­sua­li­dad que Dirk aca­be en el apar­ta­men­to de Todd, el po­bre des­gra­cia­do que ac­túa co­mo su ayu­dan­te, ni es ca­sua­li­dad ni ac­ci­den­te que al me­nos tres gru­pos di­fe­ren­tes per­si­gan al bueno de Dirk.

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    Ese es el va­lor úl­ti­mo de la se­rie. Landis ha co­gi­do la obra ori­gi­nal, la ha des­nu­da­do y la ha he­cho su­ya. Y en ese pro­ce­so de apro­pia­ción, ha des­cu­bier­to el mo­do de ha­cer que sea más efectiva.

    Al fi­nal, to­da la pri­me­ra tem­po­ra­da de Dirk Gently no tra­ta so­bre la cua­li­dad ho­lís­ti­ca de la reali­dad. Trata de al­go más real. Más de­li­ca­do. Más de­li­ca­do, in­clu­so. Nos ha­bla de có­mo las per­so­nas nos ne­ce­si­ta­mos los unos a los otros, có­mo la pér­di­da es irre­pa­ra­ble y que, en oca­sio­nes, en­con­tra­mos aque­llo que ne­ce­si­ta­mos en las per­so­nas que me­nos hu­bié­ra­mos imaginado.

    Ese es su sub­tex­to. No có­mo es­tá to­do co­nec­ta­do, sino có­mo, al fi­nal, en­con­tra­mos lo que ne­ce­si­ta­mos a tra­vés de aque­llo con lo que conectamos.

    Algo pa­re­ci­do, pe­ro su­til­men­te diferente.

    Algo que tie­ne con­se­cuen­cias que po­drían leer­se co­mo ne­ga­ti­vas. A fin de cuen­tas, es co­mo de­cir que es­ta­mos atra­pa­dos en el de­ter­mi­nis­mo a pos­te­rio­ri de nues­tra men­te. Que vi­vi­mos na­rra­cio­nes in­tere­sa­das, no la reali­dad ex­ter­na. Pero, ¿y si eso fue­ra liberador?

    Imaginemos un es­ce­na­rio plau­si­ble. Imaginemos que Todd, al po­co de co­men­zar la se­rie, har­to de las apa­ren­tes di­va­ga­cio­nes es­qui­zo­fré­ni­cas de Dirk, hu­bie­ra de­ci­di­do aban­do­nar­le. Mudarse de ca­sa. De ciu­dad. Sólo ir­se, des­apa­re­cer y se­guir con su mier­da de vi­da. No cam­biar. Seguir co­mo has­ta el mo­men­to. Sin di­ne­ro, sin tra­ba­jo, en­ga­ñan­do a su fa­mi­lia; sin na­da que ha­cer, sal­vo ver pa­sar los días, to­dos idén­ti­cos al an­te­rior y al si­guien­te, es­pe­ran­do que al­gún día le cas­ti­guen por al­go que es in­ca­paz si­quie­ra de re­co­no­cer­se a sí mismo.

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    ¿Cambiaría en al­go la serie?

    En ab­so­lu­to.

    Tarde o tem­prano, ya que Todd es tan pro­ta­go­nis­ta co­mo Dirk, hu­bie­ra te­ni­do que en­fren­tar­se a sus de­mo­nios in­ter­nos. Aceptar que ha si­do una mier­da de per­so­na y en­men­dar su vi­da. En el peor de los ca­sos, huir eter­na­men­te de ellos y ha­ber muer­to de la peor for­ma po­si­ble: so­lo, en­ga­ña­do y ha­bién­do­se se­pa­ra­do de cuan­tos le ama­ban. Aprender, de la for­ma más de­pri­men­te po­si­ble, que en nues­tro le­cho só­lo so­mos la his­to­ria que he­mos ins­cri­to en la men­te de los otros.

    De ahí que el fi­nal de Dirk Gently sea op­ti­mis­ta. Nos di­ce que en la vi­da exis­te cier­to gra­do de de­ter­mi­na­ción, pe­ro que eso es positivo.

    Porque don­de en la reali­dad to­do per­ma­ne­ce siem­pre igual, en la na­rra­ti­va, con sus cam­bios de pa­ra­dig­ma, es po­si­ble el cambio.

    Esa es la ca­tar­sis que vi­ve y ex­pre­sa Dirk Gently. El joie de vi­vre cuan­do, li­be­ra­dos de aque­llo que nos pe­sa, po­de­mos ser una ver­sión me­jor de no­so­tros mis­mos. ¿Pagando el pre­cio de ha­ber cam­bia­do e ir con­tra el sta­tu quo? Por su­pues­to. Pero pa­ra ver y ha­blar de eso ha­brá que ver si Dirk Gently re­suel­ve de for­ma sa­tis­fac­to­ria su se­gun­da temporada.

    O si pa­ra su des­gra­cia, se pa­re­ce a Perdidos en más co­sas de las que desearíamos.

  • Colores prohibidos (II) — Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (II) — Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Bienvenidos a Colores prohi­bi­dos, el re­su­men se­ma­nal de lo que ha­go y lo que se es­tá ha­cien­do. Esta se­ma­na ve­ni­mos car­ga­dos de con­te­ni­do. Hay mu­cho man­ga, al­gu­na que otra adap­ta­ción in­fa­me e in­clu­so vi­deo­jue­gos. No nue­va en­tra­da de es­te blog, pe­ro no se pue­de te­ner to­do en es­ta vi­da. Con to­do, in­ten­ta­re­mos so­lu­cio­nar eso pa­ra la se­ma­na que viene.

    En otro or­den de co­sas, un pe­que­ño anun­cio. He de­ci­di­do cam­biar la es­té­ti­ca de Colores prohi­bi­dos. A par­tir de aquí, y de for­ma re­tro­ac­ti­va, la ima­gen de ca­be­ce­ra de ca­da uno de los posts se­rá di­bu­ja­da por mí. Dado que to­da­vía es­toy apren­dien­do a di­bu­jar, na­die de­be­ría es­pe­rar mi­la­gros. Es só­lo un pe­que­ño ejer­ci­cio con el cual uni­fi­car y dar co­lor a la se­rie a tra­vés de una es­té­ti­ca co­mún. En prin­ci­pio los di­bu­jos se­rán ele­gi­dos de en­tre los que va­ya ha­cien­do a lo lar­go de la se­ma­na, por lo cual, es po­si­ble que ha­ya va­rios si­guien­do te­mas es­pe­cí­fi­cos. No por na­da, los es­tu­dios en­tien­den po­co de necesidades. 

    Pero no nos en­tre­ten­ga­mos. Entremos di­rec­ta­men­te al con­te­ni­do. Por lo que han ve­ni­do. Y re­cuer­den, el do­min­go que vie­ne, vol­ve­rá Colores prohi­bi­dos. Como, es­pe­re­mos, to­dos los domingos.

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  • Colores prohibidos (I) — Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (I) — Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Aunque pa­rez­ca lo con­tra­rio, The Sky Was Pink no es­tá muer­to. Ni si­quie­ra es­tá mo­ri­bun­do o de pa­rran­da. Es só­lo que, por mo­ti­vos aje­nos al blog, se ha prio­ri­za­do es­cri­bir en otros es­pa­cios di­fe­ren­tes. Pero eso no sig­ni­fi­ca que el blog ya no ten­ga uso. ¡Al con­tra­rio! Además del con­te­ni­do ori­gi­nal que se­gui­rá re­ci­bien­do, ade­más, aho­ra, tam­bién ser­vi­rá co­mo cen­tro prin­ci­pal de di­fu­sión de to­dos los otros tex­tos que escriba.

    ¿A qué me re­fie­ro? A que ya he te­ni­do que­jas de va­rias per­so­nas de la di­fi­cul­tad de se­guir to­do lo que es­cri­bo, ya que voy di­se­mi­nan­do mis tex­tos por mu­chos es­pa­cios di­fe­ren­tes. Algo que me re­sul­ta in­có­mo­do in­clu­so a mí, da­da mi aler­gia a la pro­mo­ción. De ahí que he bus­ca­do una so­lu­ción óp­ti­ma: a par­tir de aho­ra es­cri­bi­ré en el blog un post se­ma­nal, ba­jo el epí­gra­fe Colores prohi­bi­dos, don­de en­la­za­ré to­dos los tex­tos que ha­ya ido pu­bli­can­do a lo lar­go de la se­ma­na ba­jo el epí­gra­fe Lo que ha­go. Además, co­mo que­da­ría po­bre só­lo ha­blar de mí mis­mo, tam­bién in­clui­ré un se­gun­do epí­gra­fe, Y lo que se es­tá ha­cien­do, don­de en­la­zar tex­tos o ví­deos que me ha­yan ido lla­man­do la aten­ción a lo lar­go de la se­ma­na y que crea me­re­cen una vi­si­bi­li­dad es­pe­cial. De ese mo­do, es­pe­ro man­te­ner mis tex­tos or­de­na­dos y, tam­bién, dar bom­bo a quien se lo merece.

    ¿Significa eso que The Sky Was Pink pa­sa a ser un ar­chi­vo de tex­tos ex­ter­nos? Nada más le­jos de la reali­dad. Pero no ade­lan­te­mos acon­te­ci­mien­tos. Eso se irá vien­do con el tiem­po. De mo­men­to, dis­fru­te­mos con la pri­me­ra en­tre­ga de Colores prohi­bi­dos. Del res­to ya ha­brá tiem­po pa­ra ha­blar. ¿Cuándo? Con la se­gun­da en­tre­ga de Colores prohi­bi­dos. ¿Y cuán­do se­rá eso? El do­min­go que viene. 

    Si es que aca­so no hay al­go que leer an­tes de eso.

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  • Perdidos en un tiempo de otro mundo. Lista (de listas) del 2016

    Perdidos en un tiempo de otro mundo. Lista (de listas) del 2016

    Predecir tie­ne el en­can­to del equí­vo­co. Quien pre­di­ce creer te­ner cier­ta cer­te­za so­bre lo que ocu­rri­rá, ¿pe­ro quién pue­de sa­ber qué nos de­pa­ra­rá el ma­ña­na? Todos nues­tros pla­nes pue­den no ser­vir pa­ra na­da. Todo pue­de sa­lir del peor mo­do ima­gi­na­ble. Pero, con to­do, es im­po­si­ble vi­vir al día. Hay que ha­cer pla­nes. Hay que fa­bu­lar so­bre el fu­tu­ro. Es ne­ce­sa­rio vi­vir co­mo si, de he­cho, el fu­tu­ro fue­ra a alcanzarnos.

    Porque aquí es­ta­mos. En el fu­tu­ro. Y si el año pa­sa­do de­cía­mos que fue un año ra­ro, de tran­si­ción, hoy ca­be ha­blar del año que de­ja­mos atrás co­mo uno de te­rror e in­cer­ti­dum­bre. El prin­ci­pio del rag­na­rök. Donald Trump nos sa­lu­da des­de la ata­la­ya alt right, eu­fe­mis­mo pa­ra de­no­mi­nar al reac­cio­na­rio de to­da la vi­da, mien­tras a los hu­mo­ris­tas se les con­ge­la la son­ri­sa iró­ni­ca. Porque tal vez David Foster Wallace te­nía ra­zón. Tal vez el úni­co mo­do de com­ba­tir lo que ya no es­tá por ve­nir, sino que lo te­ne­mos ya en ca­sa, sea la sin­ce­ri­dad. Pero no sin­ce­ri­dad co­mo si­nó­ni­mo de de­cir la ver­dad, sino de mos­trar­se abier­to y em­pa­tí­co. Ser ca­paz de es­cu­char al otro e in­ten­tar en­ten­der por­qué pien­sa co­mo pien­sa. Porqué ha­ce lo que ha­ce. Incluso si sus ac­tos nos re­sul­tan re­pug­nan­tes. Incluso si, co­mo en el ca­so de Donald Trump, más que un ser hu­mano lo que pa­re­ce es una ma­la pa­ro­dia de to­do lo que es­tá mal en es­te mundo.

    Se nos mue­ren los hé­roes. Nos go­bier­nan mons­truos. Pero el ar­te in­sis­te en vi­vir en al­gún pun­to en­tre el op­ti­mis­mo com­ba­ti­vo y la ne­ce­si­dad de ar­ti­cu­lar len­gua­jes que nos ha­gan com­pren­der la reali­dad de otro mo­do di­fe­ren­te. Y no ha­bla­mos só­lo de Pokémon Go!. Pero to­do eso es lo que nos cuen­tan los co­la­bo­ra­do­res y ami­gos de es­te blog. Cada uno con tres ar­te­fac­tos, ca­da uno tram­pean­do más o me­nos las re­glas es­ta­ble­ci­das —¡y ben­di­tos sean por ha­cer­lo! — , han des­gra­na­do to­do lo que ha si­do el pa­sa­do que una vez fue fu­tu­ro en es­te pre­sen­te per­pe­tuo que son nues­tras vi­das. Porque al fi­nal lo úni­co que cuen­ta es la gen­te de la que nos ro­dea­mos. De si po­de­mos con­tar con los de­más cuan­do el fu­tu­ro no lle­gue del mo­do que es­pe­rá­ba­mos. Y, si esa es la cla­ve pa­ra la vi­da, en­ton­ces tal vez es­ta lis­ta du­ra­rá al me­nos otros sie­te años más.

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