Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXI)

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Wrestling Isn’t Wrestling
Max Landis
2015

La na­rra­ti­va es aque­llo que nos co­nec­ta con el mun­do. Aprendemos a tra­vés de fic­cio­nes, cre­ce­mos jun­to con per­so­nas que nun­ca han exis­ti­do, nos sen­ti­mos más pró­xi­mos a las per­so­nas con las cua­les com­par­ti­mos gus­tos en tan­to te­ne­mos en co­mún una se­rie de his­to­rias que só­lo he­mos po­di­do vi­vir de for­ma in­di­rec­ta; sin fic­ción, sin na­rra­ti­va, la vi­da ca­re­ce­ría de la po­si­bi­li­dad de te­ner sen­ti­do. Conectar con los otros re­sul­ta­ría mu­cho más di­fí­cil. En tan­to la exis­ten­cia es so­lip­sis­ta por de­fi­ni­ción, ya que no po­de­mos co­no­cer el pen­sa­mien­to del otro sin me­dia­ción al­gu­na que la con­ta­mi­ne, com­par­tir las ex­pe­rien­cias vi­ta­les de un ter­ce­ro es una for­ma útil de co­mu­ni­car­se con los otros. Esa es la fun­ción del ar­te. Ni en­tre­te­ner­nos ni pro­du­cir al­gu­na cla­se de be­ne­fi­cio pri­ma­rio, sino co­nec­tar­nos con los otros al des­ve­lar­nos reali­da­des com­ple­jas que nos per­mi­tan com­pren­der aque­llo que com­par­ti­mos con to­dos los de­más se­res hu­ma­nos.

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Wrestling Isn’t Wrestling es un do­cu­men­tal pa­ró­di­co que de­cons­tru­ye la na­rra­ti­va del wrestling —des­nu­dán­do­la de ar­ti­fi­cios, de­ján­do­nos en­tre­ver su fun­ción pri­ma­ria: la cons­truc­ción de ar­que­ti­pos, de per­so­na­jes com­ple­jos que van evo­lu­cio­nan­do con el tiem­po; tam­bién lo atroz­men­te ma­chis­ta que pue­de lle­gar a ser el es­pec­tácu­lo, ya que al cam­biar los gé­ne­ros de to­dos los im­pli­ca­dos se ha­ce pa­ten­te su re­cal­ci­tran­te se­xis­mo— pa­ra mos­trar­nos por qué ni es real ni ne­ce­si­ta ser­lo. No es real en el sen­ti­do de que es co­mo una obra de tea­tro, sal­vo que con hos­tias. Sus per­so­na­jes ha­bi­tan un mun­do fic­ti­cio con sus pro­pias re­glas in­ter­nas, en la cual el cua­dri­lá­te­ro es, por de­fi­ni­ción, un mi­cro­cos­mos ce­rra­do don­de se apli­can nor­mas que en la reali­dad no ten­dría ca­bi­da. Exactamente igual que en el tea­tro. Es fic­ción en­can­ta­da de ser­lo. Ahí ra­di­ca su es­pec­ta­cu­la­ri­dad, su ge­nio, su sen­ti­do de la ma­ra­vi­lla: no es un es­pec­tácu­lo de­por­ti­vo, aun­que los in­vo­lu­cra­dos ten­gan una en­vi­dia­ble com­ple­xión atlé­ti­ca, es fic­ción. Narrativa en ac­ción.

Esa fun­ción se nos mues­tra no a tra­vés de una dis­qui­si­ción teó­ri­ca re­ga­da de tes­ti­mo­nios tan in­ne­ce­sa­rios co­mo te­dio­sos, sino a tra­vés de una re­cons­truc­ción pa­ró­di­ca de los vein­te años que lle­va Triple H en la WWE. Deconstruye la na­rra­ti­va a tra­vés de un pro­ce­so na­rra­ti­vo. De ese mo­do lo­gra trans­mi­tir la ló­gi­ca sub­ya­cen­te de­trás de un mun­do en el cual hom­bres de más de cien ki­los se dan de hos­tias sin ma­yo­res mo­ti­vos apa­ren­tes que lo­grar te­ner un cin­tu­rón de cam­peón que, en úl­ti­mo tér­mino, no les apor­ta ab­so­lu­ta­men­te na­da sal­vo el he­cho mis­mo de te­ner­lo, de ser el cam­peón, de ser el más fuer­te en­tre los fuer­tes. Nada más. Nada más, por­que tam­po­co ne­ce­si­ta más: esa es su ló­gi­ca sub­ya­cen­te, el dis­pa­ra­de­ro pa­ra lo que real­men­te desea na­rrar­nos: có­mo evo­lu­cio­nan los per­so­na­jes y sus mo­ti­va­cio­nes des­de ar­que­ti­pos más o me­nos pla­nos has­ta ser in­di­vi­duos com­ple­jos.

Triple H em­pe­zó sien­do el opor­tu­nis­ta de­fi­ni­ti­vo, pe­ro en el pro­ce­so ha si­do otras mu­chas co­sas. Ha si­do lí­der, re­ne­ga­do, hé­roe, vi­llano, di­rec­tor de ope­ra­cio­nes y me­ro grano en el cu­lo; con el tiem­po se han pu­li­do sus aris­tas, se ha ido desa­rro­llan­do su per­so­na­li­dad y, ac­tual­men­te, co­no­ce­mos a Triple H: un in­di­vi­duo con po­ten­cial, pe­ro no el su­fi­cien­te po­ten­cial, que ha sa­bi­do apro­ve­char to­das las opor­tu­ni­da­des que ha te­ni­do pa­ra es­ca­lar. Incluso si eso im­pli­ca­ba uti­li­zar a gen­te con más ta­len­to que él. Y eso es lo que que­ría ex­pli­car­nos Max Landis des­de el prin­ci­pio: que el wrestling, en tan­to fic­ción, nos pue­de per­mi­tir en­ten­der me­jor el mun­do que nos ro­dea. O lo que es lo mis­mo, que el wrestling es una for­ma (es­pec­ta­cu­lar) de ar­te.

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