El arte como lengua. Reflexiones en torno a «El origen de la obra de arte» de Martin Heidegger

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¿Es el ar­te una for­ma del len­gua­je? Si se­gui­mos la in­ter­pre­ta­ción que ha­ce Derrida de Husserl, po­dría­mos afir­mar que «si nos in­te­rro­ga­mos acer­ca del mo­do en que la evi­den­cia sub­je­ti­va del sen­ti­do geo­mé­tri­co con­quis­ta su ob­je­ti­vi­dad ideal, de­be­mos se­ña­lar, an­te to­do, que la ob­je­ti­vi­dad ideal no es so­la­men­te el ca­rác­ter de las ver­da­des geo­mé­tri­cas o cien­tí­fi­cas. Es el ele­men­to del len­gua­je en ge­ne­ral»1 y da­do que «en tan­to se pre­sen­ta la ob­je­ti­vi­dad ideal de la geo­me­tría co­mo ca­rác­ter co­mún a to­das las for­mas del len­gua­je y de la cul­tu­ra»2 no es ab­sur­do abor­dar el ar­te co­mo una for­ma po­si­ble del len­gua­je, de la co­mu­ni­ca­ción de con­cep­tos hu­ma­nos. Del mis­mo mo­do que la geo­me­tría tie­ne su pro­pio ca­rác­ter dis­cur­si­vo, el ar­te dis­po­ne de su pro­pia for­ma ideal a par­tir de la cual edi­fi­ca un len­gua­je pro­pio. Heidegger se­ría ex­plí­ci­to al res­pec­to: «el he­cho de que fre­cuen­te­men­te no se ex­pre­sen “en pa­la­bras”, no es sino el ín­di­ce de un mo­do par­ti­cu­lar de dis­cur­so, ya que el dis­cur­so co­mo tal com­por­ta siem­pre la to­ta­li­dad de las es­truc­tu­ras men­cio­na­das»3.

El ar­te pue­de ser una for­ma del len­gua­je. En par­ti­cu­lar, si­guien­do a Heidegger, la co­mu­ni­ca­ción de las po­si­bi­li­da­des exis­ten­cia­les es la fi­na­li­dad pro­pia de un ti­po de dis­cur­so en par­ti­cu­lar, uno pró­xi­mo al ar­te: el «poe­ti­zan­te»4. Ahora bien, ¿qué en­tien­de Heidegger por «poe­ti­zan­te»? O es más, ¿cuál en­ten­de­ría que es la esen­cia del poe­ma que per­mi­te co­mu­ni­car en el len­gua­je las po­si­bi­li­da­des de la exis­ten­cia? «El poe­ma es­tá pen­san­do aquí en un sen­ti­do tan am­plio y, al mis­mo tiem­po, en una uni­dad esen­cial tan ín­ti­ma con el len­gua­je y la pa­la­bra, que no que­da más re­me­dio que de­jar abier­ta la cues­tión de si el ar­te en to­dos sus mo­dos, des­de la ar­qui­tec­tu­ra a la poe­sía, ago­ta ver­da­de­ra­men­te la esen­cia del poe­ma» 5. Debemos pen­sar que, lo que aquí en­tien­de por poe­ma, no es es­tric­ta­men­te el poe­ma co­mo una cla­se de es­cri­tu­ra, sino que «to­do ar­te es en su esen­cia poe­ma en tan­to que un de­jar acon­te­cer la lle­ga­da de la ver­dad de lo en­te co­mo tal»6. La obra de ar­te eri­ge el pro­pio sen­ti­do de ver­dad del mun­do. Pero en tan­to el mun­do es al­go cu­yo ori­gen se da en la obra de ar­te, en el len­gua­je, la ver­dad se da, por ex­ten­sión, en co­rre­la­ción con el mun­do; el mun­do es el des­cu­bri­mien­to de la ver­dad del ser de lo en­te en su abrir­se a la po­si­bi­li­dad. O, en pa­la­bras de Heidegger en El ori­gen de la obra de ar­te:

La obra de ar­te abre a su ma­ne­ra el ser de lo en­te. Esta aper­tu­ra, es de­cir, es­te des­en­cu­bri­mien­to, la ver­dad de lo en­te, ocu­rren en la obra. En la obra de ar­te se ha pues­to a la obra la ver­dad de lo en­te. El ar­te es ese po­ner­se a la obra de la ver­dad 7.

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La obra de ar­te abre el ser de lo en­te, lo cual sig­ni­fi­ca que mun­da­ni­za lo que an­tes era me­ro am­bien­te: con­vier­te en Welt (mun­do), Umwelt (entorno/mundo cir­cun­dan­te) o Mittwelt (co­mu­ni­dad) aque­llo que só­lo era Umgebung (ambiente/espacio geo­grá­fi­co): ha­ce mun­do de lo real. Ahora bien, «¿qué quie­re de­cir aquí eso de real? Para no­so­tros es real lo que es de ver­dad. Es ver­da­de­ro lo que co­rres­pon­de a al­go real y es real lo que es de ver­dad»8; es ver­dad aque­llo que se sos­tie­ne so­bre la reali­dad, el mun­do que se eri­ge des­de lo real y no des­de la na­da; la obra de ar­te es­tá co­rre­la­cio­na­da con la aper­tu­ra del mun­do por­que en la obra de ar­te es don­de se pro­du­ce la aper­tu­ra del mun­do. Por eso «de lo que se tra­ta es de em­pe­zar a abrir los ojos y de ver que hay que pen­sar el ser de lo en­te pa­ra que se apro­xi­men más a no­so­tros el ca­rác­ter de obra de la obra, el ca­rác­ter de uten­si­lio del uten­si­lio y el ca­rác­ter de co­sa de la co­sa»9. Lo que po­de­mos ver con ma­yor fa­ci­li­dad en la obra de ar­te que en el len­gua­je na­tu­ral es co­mo és­ta pue­de ver­se in­vo­lu­cra­da en su pro­pio des­arrai­go del mun­do. Debemos te­ner en cuen­ta que to­do des­arrai­go del len­gua­je im­pli­ca, ne­ce­sa­ria­men­te, una re­sig­ni­fi­ca­ción del mis­mo.

Las «es­cul­tu­ras de Egina» de la co­lec­ción de Múnich, la Antígona de Sófocles en su me­jor edi­ción crí­ti­ca, han si­do arran­ca­das fue­ra de su pro­pio es­pa­cio esen­cial en tan­to que las obras que son. Por muy ele­va­do que si­ga sien­do su ran­go y fuer­te su po­der de im­pre­sión, por bien con­ser­va­das y bien in­ter­pre­ta­das que si­gan es­tan­do, al des­pla­zar­las a una co­lec­ción se las ha sa­ca­do fue­ra de su mun­do10.

En la tra­duc­ción de la len­gua en la cual fue ar­ti­cu­la­da, Antígona de Sófocles es­tá en el exi­lio con res­pec­to de su pro­pio mun­do. Pero in­clu­so aun­que lo lea­mos en grie­go clá­si­co es­ta­ría­mos en la mis­ma si­tua­ción: en tan­to len­gua muer­ta, su co­mu­ni­dad, su Mittwelt, es­tá des­apa­re­ci­da. ¿Significa eso que co­mo obra de ar­te no ten­ga va­lor al­guno? En ab­so­lu­to, ya que «el ser‐objeto no cons­ti­tu­ye el ser‐obra de las obras»11 del mis­mo mo­do que Heidegger en­tien­de que el signo no es só­lo lo que se­ña­la un útil, sino tam­bién un útil en sí12; por tan­to «el úni­co ám­bi­to de la obra, en tan­to que obra, es aquel que se abre gra­cias a ella mis­ma, por­que el ser‐obra de la obra se ha­ce pre­sen­te en di­cha aper­tu­ra y só­lo allí»13: to­da obra de ar­te tie­ne una con­di­ción cultural‐histórica que se da en el Mittwelt, pe­ro su au­tén­ti­co va­lor se da en tan­to ori­gi­na una cier­ta ver­dad pa­ra el Welt. La obra de ar­te que so­bre­vi­ve a los si­glos es por­que se co­mu­ni­ca con aque­llo que hay de eterno en el hom­bre.

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Todo Welt es frá­gil, por­que to­do flu­ye. La co­mu­ni­dad, en tan­to par­te del mun­do y co­mo for­ma del mun­do, es siem­pre una for­ma que es­tá al bor­de de su pro­pia ex­tin­ción; una co­mu­ni­dad que pier­de su len­gua­je de­ja de ser una co­mu­ni­dad. Por eso la co­mu­ni­dad sin una len­gua pro­pia, que no se adap­ta a sus ne­ce­si­da­des ori­gi­na­rias, ja­más pue­de ser una co­mu­ni­dad en tan­to tal. Por esa ra­zón si «en la obra la que obra es la ver­dad, es de­cir, no só­lo al­go ver­da­de­ro»14 —lo cual im­pli­ca, a su vez, que la ver­dad es co­yun­tu­ral al sen­ti­mien­to de las per­so­nas y no só­lo a lo con­sen­suan­do a prio­ri co­mo ver­da­de­ro — , una co­mu­ni­dad sin len­gua­je, sin ar­te, es una co­mu­ni­dad que ca­re­ce de iden­ti­dad. Si co­pia la de otra co­mu­ni­dad, en na­da se di­fe­ren­cia de aque­lla; si ca­re­ce de len­gua­je, en­ton­ces no pue­de co­mu­ni­car­se. Toda co­mu­ni­dad no lo es só­lo en el ám­bi­to del Welt, de un ideal com­par­ti­do por la hu­ma­ni­dad, sino que tam­bién lo es en sus ni­ve­les más par­ti­cu­la­res de có­mo se ar­ti­cu­la el mun­do en co­mu­ni­dad (Mittwelt) o mun­do del yo (Selbstwell). No pue­de exis­tir una co­mu­ni­dad sin len­gua pro­pia, sea es­te un len­gua­je na­tu­ral o una for­ma ar­tís­ti­ca.

«La reali­dad efec­ti­va de la obra se de­ter­mi­na en sus ras­gos esen­cia­les a par­tir de la esen­cia del ser‐obra»15, por lo cual no pue­de eri­gir­se una obra que no im­pli­que un pen­sa­mien­to pro­pio, na­ci­do de un Selbstwell per­so­nal cir­cuns­cri­to en un Mittwelt atra­ve­sa­do por la con­di­ción ne­ce­sa­ria del Welt que ha­bi­ta­mos. Como ya sa­be­mos por Husserl, la ver­dad va de lo más par­ti­cu­lar, el mun­do del yo, a lo más ge­ne­ral, el mun­do: he ahí la im­por­tan­cia de la co­mu­ni­dad.

Teniendo en cuen­ta que «el len­gua­je es aquel acon­te­ci­mien­to en el que se le abre por vez pri­me­ra al ser hu­mano el en­te co­mo en­te»16, la im­por­tan­cia de te­ner una len­gua pro­pia se ha­ce pa­ten­te —por­que sin len­gua pro­pia no po­dría­mos co­mu­ni­car na­da — , pe­ro tam­bién la ne­ce­si­dad de otras len­guas po­si­bles: es im­po­si­ble pen­sar de for­ma ori­gi­nal, crear mun­do, y lle­gar has­ta lo uni­ver­sal, lo in­he­ren­te al ser hu­mano, si no es des­de una len­gua aje­na. O des­de la au­sen­cia de len­gua. Y da­do que to­da len­gua es­tá siem­pre me­dia­da por la co­mu­ni­dad, por el Mittwelt, el ar­te es una for­ma efi­cien­te de adue­ñar­nos del ex­tra­ña­mien­to ne­ce­sa­rio pa­ra po­der co­no­cer ya no só­lo al poe­ta (Selbstwell) o el con­tex­to de la épo­ca que ha­bi­ta­ba (Mittwelt), sino el mun­do en sí mis­mo (Welt).

  1. DERRIDA, J., Introducción a «El ori­gen de la geo­me­tría» de Husserl, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 2000, p. 60 []
  2. DERRIDA, J., Introducción a «El ori­gen de la geo­me­tría» de Husserl, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 2000, p. 60 []
  3. HEIDEGGER, M., Ser y Tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2003, §34, p. 185 []
  4. HEIDEGGER, M., Ser y Tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2003, §34, p. 186 []
  5. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 48, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  6. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 47, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  7. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 20, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  8. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 29, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  9. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 19, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  10. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 21, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  11. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 21, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  12. «El signo no es una co­sa que es­té en esa re­la­ción que es el se­ña­lar ha­cia otra co­sa, sino que es un útil que lle­va a cir­cuns­pec­ción ex­plí­ci­ta un to­do de úti­les, de tal ma­ne­ra que, jun­to con ello, se acu­sa la mun­di­ci­dad de lo a la mano» HEIDEGGER, M., Ser y Tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2003, §34, p. 186 []
  13. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 21, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  14. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 33, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  15. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 44, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []
  16. HEIDEGGER, M., «El ori­gen de la obra de ar­te», Caminos del bos­que, Alianza, Madrid, 1996, p. 48, En li­nea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última re­vi­sión: 18/06/15) []

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