Lewis Carroll y el nonsense. La lógica como normatividad en construcción (II)

Lewis Carroll y el nonsense. La lógica como normatividad en construcción (II)

17/04/2012
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Alicia en el país de las ma­ra­vi­llas, de Lewis Carroll

Aunque se tien­de a in­ter­pre­tar el non­sen­se co­mo el sin sen­ti­do pro­pio de los ni­ños, par­ti­cu­lar­men­te si se en­tien­de des­de la fi­gu­ra de Alicia, és­te tam­bién es pro­pio de otra for­ma par­ti­cu­lar de ex­clui­dos de la so­cie­dad: los lo­cos. ¿Pero quien es el lo­co? Es aquel in­di­vi­duo que, en opo­si­ción al com­por­ta­mien­to con­duc­tal es­ta­ble­ci­do co­mo nor­mal, vio­la de for­ma sis­te­má­ti­ca las con­ven­cio­nes so­cia­les que le han si­do im­pues­tas des­de su más tier­na in­fan­cia. Pero por su­pues­to hay ni­ve­les y ni­ve­les de lo­cu­ra, por lo cual ca­bría dis­tin­guir en­tre tres ca­rac­te­res don­de se pre­sen­ta el sin­sen­ti­do de­pen­dien­do del ni­vel, de me­nor a ma­yor pre­sen­cia en él: el in­ma­du­ro, el in­fan­til y el lo­co. De és­te mo­do el in­ma­du­ro se­ría aquel que no es ca­paz de co­no­cer cua­les son las res­pon­sa­bi­li­da­des del mun­do adul­to, el in­fan­til el que se res­guar­da en com­por­ta­mien­tos pro­pios del ni­ño y el lo­co es aquel que ac­túa de for­ma com­ple­ta­men­te aje­na a ló­gi­ca hu­ma­na es­ta­ble­ci­da; só­lo es ma­du­ro y es­tá cuer­do aquel que se plie­ga de for­ma ab­so­lu­ta a la nor­ma­ti­vi­dad im­pues­ta por la so­cie­dad.

A tra­vés de es­ta di­fe­ren­cia­ción de ras­gos nos per­ca­ta­mos de que nues­tra pro­ble­má­ti­ca aca­ba de au­men­tar en va­rios ni­ve­les, pues aho­ra el ni­ño es al­guien irra­cio­nal pe­ro no mu­cho y el lo­co es al­guien que es com­ple­ta­men­te irra­cio­nal. ¿Pero có­mo sa­be­mos que el lo­co es un lo­co? Porque in­cum­ple la nor­ma­ti­vi­dad so­cial. De és­te mo­do, si­guien­do La his­to­ria de la lo­cu­ra de Michel Foucault, po­de­mos per­ca­tar­nos de que la lo­cu­ra es un con­cep­to que evo­lu­cio­na con el tiem­po y que tie­ne un uso ex­clu­si­va­men­te de con­trol, de po­der. A tra­vés de la nor­ma­ti­vi­dad, de per­fi­lar cua­les son los ras­gos nor­ma­les o no-patológicos de las per­so­nas en la so­cie­dad, se pue­de ta­char de lo­co, de en­fer­mo, a aquel que se es­ca­pa de es­tas con­for­ma­cio­nes que el po­der con­si­de­ra pe­li­gro­sas. Acudamos a un ca­so prag­má­ti­co, la pri­me­ra con­ver­sa­ción de Alicia con el Gato de Cheshire:

- ¿Qué cla­se de gen­te vi­ve por aquí?
 — En esa di­rec­ción –di­jo el Gato, ha­cien­do un ges­to con la pa­ta derecha- vi­ve un Sombrerero; y en esa di­rec­ción –ha­cien­do el mis­mo ges­to con la otra pata- vi­ve la Liebre de Marzo. Visita al que plaz­ca: am­bos es­tán lo­cos.
 — Pero yo no quie­ro an­dar en­tre lo­cos –ob­ser­vó Alicia.
 — ¡Ah!, no po­drás evi­tar­lo –di­jo el Gato-; aquí es­ta­mos to­dos lo­cos. Yo es­toy lo­co. Tú es­tás lo­ca.
 — ¿Cómo sa­bes que es­toy lo­ca? –di­jo Alicia.
 — Tienes que es­tar­lo –di­jo el Gato- o no ha­brías acu­di­do aquí.

¿Por qué es­tán lo­cos es­tos per­so­na­jes? –se pre­gun­ta­rá se­gu­ra­men­te Alicia pa­ra su fue­ro in­ter­no. En el ca­so del Sombrero tie­ne una con­si­de­ra­ción del Tiempo co­mo una per­so­ni­fi­ca­ción de un ab­so­lu­to con la que es­ta­ble­ce una re­la­ción per­so­nal, por lo cual que siem­pre sea la ho­ra del té es com­ple­ta­men­te na­tu­ral cuan­do el Tiempo só­lo pa­sa en los di­fe­ren­tes días pe­ro nun­ca en sus ho­ras. Del mis­mo mo­do la irra­cio­na­li­dad de la Liebre de Marzo es su ac­tua­ción errá­ti­ca, ab­sur­da y sin sen­ti­do que em­pan­ta­na ca­da uno de sus ac­tos. Debemos con­si­de­rar­los lo­cos por­que, de he­cho, ac­túan de una for­ma que nos re­sul­ta ex­tra­ña: to­mar el té du­ran­te las vein­ti­cua­tro ho­ras del día, guar­dar los re­lo­jes en las ta­zas y otras de sus ex­tra­va­gan­cias pro­pias nos son com­ple­ta­men­te aje­nas, nos re­sul­tan una lo­cu­ra. Pero aquí es­ta­mos ha­blan­do des­de la pers­pec­ti­va de no­so­tros en tan­to es­pec­ta­do­res aje­nos, y por tan­to su­mer­gi­dos en una ló­gi­ca aje­na a la del país de las ma­ra­vi­llas, ¿por qué el Gato de Cheshire con­si­de­ra lo­co en­ton­ces a es­tos dos su­je­tos y, es más, se con­si­de­ra a Alicia y a sí mis­mo par­te de es­ta lo­cu­ra? Porque to­dos ellos se en­cuen­tran en un reino re­gi­do por la irra­cio­na­li­dad.

El Gato de Cheshire mues­tra ser auto-consciente de que hay una nor­ma­ti­vi­dad del sen­ti­do ba­sa­do en el res­pe­to de un mí­ni­mo pa­trón de nor­mas a tra­vés de las cua­les se ri­ge el com­por­ta­mien­to nor­mal del mun­do. Es por ello que és­te, que al ver el com­por­ta­mien­to del mun­do com­prue­ba que es com­ple­ta­men­te irra­cio­nal, es ca­paz de di­lu­ci­dar que to­dos los ha­bi­tan­tes del reino de las ma­ra­vi­llas es­tán lo­cos. Y es­tán lo­cos en tan­to ellos no se pa­re­cen a lo que El Gato de Cheshire con­si­de­ra nor­ma­ti­va­men­te nor­mal y, por ex­ten­sión, só­lo él es­tá cuer­do. Esto tam­bién pro­vo­ca que, ne­ce­sa­ria­men­te, to­do el mun­do es­té lo­co en sí en tan­to sea ha­bi­tan­te del lu­gar, lo cual pro­vo­ca que si Alicia ha lle­ga­do has­ta aquí es por­que es­tá lo­ca; en el reino de los lo­cos in­clu­so el cuer­do es lo­co a ojos de los de­más por­que, de he­cho, to­do lo­co se con­si­de­ra cuer­do a sí mis­mo. Lo cual nos lle­va, ya en el úl­ti­mo gi­ro de la cuer­da pa­ra ahor­car­nos epis­te­mo­ló­gi­ca­men­te, a que to­do po­si­ble sen­ti­do nor­ma­ti­vo que se pue­da con­fe­rir al mun­do sea in­trín­se­ca­men­te no-natural, sin sen­ti­do –por­que, de he­cho, no hay una fuer­za su­perior que pue­da de­ter­mi­nar quien es­tá cuer­do o no. Es por ello que to­dos y ca­da uno de los ha­bi­tan­tes del país de las ma­ra­vi­llas es­tán lo­cos por­que, en tan­to no tie­nen un pa­trón nor­ma­li­za­do de con­duc­ta, o bien no hay una fuer­za nor­ma­ti­va que in­di­que que su­po­ne es­tar cuer­do o bien tal fuer­za nor­ma­ti­va es el lec­tor.

En es­ta po­si­ción, ya ahor­ca­dos en nues­tra pro­pia cuer­da, de­be­ría­mos afir­mar que la lo­cu­ra no es al­go na­tu­ral e in­trín­se­co al hom­bre si­no que es al­go que se pro­du­ce en la do­ta­ción de sen­ti­do por par­te de quien os­ten­ta el po­der en la so­cie­dad. Es por ello que, si­guien­do de nue­vo a Foucault, la lo­cu­ra es só­lo una cues­tión de nor­ma­ti­vi­dad por­que el sin sen­ti­do, el non­sen­se, de las ac­cio­nes hu­ma­nas vie­ne de­ter­mi­na­do no por una reali­dad na­tu­ral en sí si­no por una reali­dad con­duc­tal pa­ra sí; ni la hu­ma­ni­dad ni lo real, es­tén co­rre­la­cio­na­dos o no, tie­nen un sen­ti­do ul­te­rior en sí mis­mo: to­do sen­ti­do es crea­do. Y, con es­to, de­ja­mos la puer­ta abier­ta a que el sen­ti­do só­lo sea la cons­truc­ción ori­gi­na­da en la en­de­ble es­truc­tu­ra de po­der pro­pi­cia­da por el len­gua­je.

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